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jueves, 30 de noviembre de 2017

Coco: Aventura en la Tierra de los Muertos

A lo largo de la última década, mi sensación es que las películas de Pixar han ido cayendo en un cierto anquilosamente creativo, demasiado apegadas a las fórmulas que habían funcionado en sus obras más populares –tampoco ha ayudado, claro está, la cantidad de secuelas que se han producido después de Up: cinco continuaciones frente a tres ideas originales–, y, quizás, excesivamente pendientes de lo técnico.

Precisamente por ello, el hecho de que, para aproximarse con mayor fidelidad al Día de los Muertos –y para esquivar la polémica que surgió cuando Disney intentó registrar comercialmente el término–, la compañía haya decidido rodearse de artistas y creadores mexicanos que les ayudaran en su empeño, ha acabado redundando en beneficio del resultado de sus esfuerzos, Coco, que resulta ser su mejor producción, como mínimo, desde Brave… Que, no casualmente, también introducía –o intentaba introducir– savia creativa nueva a través de la animadora Brenda Chapman.

Por encima de todo, el largometraje es una auténtica celebración de la cultura de México que, más allá de las referencias y los guiños autóctonos –en general, poco o nada subrayados, algo muy de agradecer en una industria en la que tienden a sobreexplicarse los chistes–, hace un esfuerzo muy consciente por reproducir la atmósfera, la luz y los colores del país, pero sobre todo por transmitirle al espectador sus tradiciones, sus creencias y sus valores.

No únicamente por ese concepto del Más Allá inspirado en la imaginería del Día de los Muertos –y que supone un espléndido despliegue de imaginación visual–, sino también por la importancia que adquiere, a nivel dramático, la utilización de la música.

No tanto porque, al menos, tres de los personajes principales de Coco sean músicos o aspirantes a músico, como porque las canciones sirven, de forma parecida a las películas de Ernesto de la Cruz –e igual que las de una de sus referencias reales, el actor y cantante Pedro Infante– que ve el protagonista, Miguel, para darle estructura al largometraje.

Y es que la repetición de las melodías, y muy especialmente la maravillosa Remember Me –no casualmente, compuesta por Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez, los responsables de la banda sonora de Frozen: atención a los emotivos instantes en los que se interpreta en pantalla–, sirve para enfatizar los vínculos sentimentales de los personajes o, al contrario, para negarlos.

Y es que el largometraje no es solamente el proceso de confirmación del talento innato de Miguel, sino también su reencuentro y reconciliación con su familia en ambos planos de la existencia. Pero no solamente, y eso es esencial para entender lo que hace Coco tan especial, desde el niño hacia los adultos que le rodean, sino también al contrario: el hecho de que, desde la inocencia de su deseo de hacer música, rompa las (estrictas) reglas culturales de la cultura mexicana, los descoloca a todos y les obliga a enfrentarse a que, quizás, la realidad en la que se han acomodado no es tan inamovible como habían pensado.

Lo que Lee Unkrich y Adrian Molina apuntan no anda, en realidad, tan lejos de lo que tantas veces ha reivindicado Hayao Miyazaki: la importancia de, incluso en una sociedad moderna y desarrollada, no perder de vista nuestra herencia y nuestras tradicionales culturales. Mirar hacia adelante, pero sin perder jamás de vista lo que dejamos atrás.

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Articulo Revisado: Coco: Aventura en la Tierra de los Muertos Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos