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sábado, 13 de enero de 2018

Encontrar al Maestro



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo


Andrés y otro discípulo encontraron al Maestro ahí, en su vida privada, en su intimidad. Esto se escucha simple; sin embargo, fue muy complejo. Digamos que estos dos discípulos encontraron el tesoro por el que una persona podría pasar toda una vida buscando.

Los especialistas coinciden en afirmar que el otro discípulo es el mismo narrador, Juan Evangelista. Ambos eran personas inteligentes, en búsqueda de algo verdaderamente importante para sus vidas. Podemos hoy, después de dos mil años, asomarnos al espejo de estos dos discípulos; en muchos de nosotros aparece desde lo más profundo este deseo de hacer algo importante con nuestra vida; así eran los discípulos de todos los tiempos, desde Samuel en el siglo XI antes de Cristo, Andrés y Juan, hace dos mil años, y hoy nosotros mismos. Se requiere estar en búsqueda, pagar el precio de buscar y esperar, hasta encontrar a la persona que redireccionará nuestra vida.

En el fondo, un discípulo es alguien que tiene esta exigencia máxima en su conciencia: “¿Qué he de hacer con mi vida?” Es uno que sabe que Dios se trae un asunto importante con él, que su vida es importante no solo para sí, sino para otros, y teme fallar.

Así estaban estos dos discípulos; primero, buscando en Juan bautista, pero esperando al Maestro de Maestros, al Mesías, al Ungido.

Parece que el mundo en el que vivimos necesita nuevos discípulos; es decir, gente que se haga la pregunta importante sobre la dirección que tomará su vida; y, al mismo tiempo, necesita nuevos maestros.

Nosotros queremos pensar esta idea: “Encontrar al Maestro”, en un momento importante de la historia, cuando el mundo ya no está en búsqueda de estas cosas, cuando hace falta que muchos se encuentren con el Maestro, cuando hacen falta maestros en todos los ámbitos; maestros, educadores, padres de familia que esclarezcan la dirección de muchas vidas… sobre todo, hacen falta maestros espirituales.

Cada uno habrá experimentado a Jesús como su Maestro, cuando hemos tomado decisiones fincadas sobre los criterios del Evangelio. Más aún, si hacemos memoria, habrá alguien que ha experimentado la cercanía con Jesús en su intimidad, como ha sucedido hace dos mil años con estos discípulos. Sin embargo, para este momento de nuestra vida, conviene encontrar de una manera nueva al Maestro Jesús. Para iniciarnos, hay que intentar estos tres pasos:

1- Conocer por intuición

 Desde una sabiduría que no dominamos, que no es nuestra, que nos sobrepasa. La intuición aquí no significa un conocimiento pobre, no comprobable o poco científico, sino un conocimiento que inicia donde la razón topa.

 Aquí es preciso abandonarse a las incursiones del Espíritu, esperando como el joven Samuel en el templo de Elí. Al principio no se sabe de quién es la voz, de dónde viene, porque no hemos tenido la experiencia de Dios. Conocer a Dios así, implica discernimiento y humildad, para dejarse guiar por otro, “un Maestro”, y mejor, “Jesús Maestro”.

 ¿Cuántas cosas has alcanzado por intuición? ¿Fueron ciertas o no? ¿Fueron muy importantes en tu vida? Es verdad; cuando permitimos que nuestro Espíritu se ensanche libremente en sus búsquedas, quizás en sus imágenes no claras de la noche, como a Samuel, en la incomprensión de gran parte de lo que estamos alcanzando, viene el acontecimiento importante para el que hemos hecho escuela.
Quizás un poco atrevido, digo que: la intuición es, en este caso, como una sonda hacia el infinito, que nos permite asomarnos a un universo que no está al alcance de nuestros sentidos, y no en el solo fenómeno de nuestra existencia humana.

2- Conocer en espíritu

 Porque en Cristo somos un solo ser, miembros de su cuerpo, lo que nos sucede, sucede en Él. Conocer en espíritu, implica ir más allá del conocimiento superficial de nuestras personas, más allá del cuerpo.

 Sería limitante entender la frase “El cuerpo no es para fornicar” con una interpretación meramente sexual. Cierto que Pablo habla a una comunidad de costumbres relajadas en Corinto, pero en la base está su concepción de persona humana, de ser en Dios, una concepción aristotélica de cuerpo y alma.
 Creo que San Pablo quiere llevar a los suyos a un nivel de conocimiento superior. En lenguaje bíblico del Antiguo Testamento, conocer significaba pasar una noche en la intimidad. Pues ahora hay que conocer en espíritu, un conocimiento superior.

Conocer en el espíritu, es dejar que el otro me aborde con el peso de su espíritu, con la especificidad de su persona espiritual que me topa y me embarga; esto sucede en mi cuerpo, pero de una manera distinta. Cuando nos encontramos, su espíritu se asoma y me permite ver más allá de su cuerpo, quizás deteriorado o feo, la belleza irrepetible de su ser espiritual, entonces su espíritu gravita en nuestra relación, a veces hasta permitir la posesión. Si esto es con las personas con quienes nos amamos, ¡cuanto más con Dios!

3- Atreverse a habitar Su morada

Me encanta imaginar a esos dos discípulos siguiendo a Jesús, entenderlos en la ternura de quienes lo siguen respetando el entorno del Maestro, su andar y su silencio. Les llegó el momento más importante de sus búsquedas, cuando Jesús voltea y les hace la pregunta clave: “¿Qué buscan?”.
 Pudo haberles preguntado: “¿Qué quieren?”. Ellos podrían haber respondido: “Queremos tu enseñanza, tu ciencia o tus conocimientos”. De responder así, quizás todo habría terminado en un encuentro impersonal y poco comprometido; pero no, los discípulos fueron inteligentes al decir: “¿Dónde vives, Rabí?” Y con eso le dijeron entre líneas: “No buscamos algo, te buscamos a Ti”.

Jesús se habrá complacido en la respuesta de aquellos discípulos; pudo ver que no eran cualesquiera discípulos, sino unos que estaban dispuestos a llegar hasta donde el Maestro los llevara. Siempre nos goza mostrar nuestro “hábitat más personal”, el lugar donde somos nosotros mismos… pudo ser igual para Jesús.

Los discípulos, al preguntar: “¿Dónde vives, Rabí?”, se están invitando a entrar en la esfera privada y espiritual del Maestro; quieren saber de sus rutinas, no solo sus conocimientos, sino cómo surgen sus conocimientos, cómo realiza la “alquimia” de ser el gran Maestro interior; experimentar las producciones de su amor, hacer una sola causa con Él en Su proyecto, en Su espíritu, en Su intimidad. Su unción los tiene prendidos, “El Ungido” les hace experimentar la impronta de Su espíritu, lo inagotable de Su fuerza comunicadora de vida y de amor.

Jesús dice: “Vengan y lo verán”, porque el camino para conocer a Dios no es la sola razón, sino la experiencia personal, la experiencia de la comunicación gozosa de la persona interior.

Y al final, “Atreverse a habitar en la morada del Maestro”, implica recibir la redirección de la vida. Para Andrés y Juan, a partir de ese momento, la vida tuvo una orientación decisiva, tan definitiva y profunda que la existencia toda no les bastó para terminar su escuela ni para comprender la totalidad del misterio de su Maestro.

Pedro recibió su redirección: “…Tú te llamarás Kefás”. No lo invitó en ese momento a seguirlo, solo dio dirección y sentido a su vida.

Encontrar al Maestro nos conviene, especialmente hoy, cuando hace falta tanto el rumbo de nuestra vida personal y colectiva, cuando hacen falta discípulos y maestros, maestros espirituales.
Si hoy Jesús te pregunta: “¿Qué buscas?” Tú, ¿qué respondes?
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Articulo Revisado: Encontrar al Maestro Puntaje: 5 Reviesado por: Diocesis de Celaya