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sábado, 27 de enero de 2018

Jesús cada domingo: Enseñar con autoridad



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

El Evangelista Marcos nos presenta a un Jesús que le gusta enseñar: es parte importante de su ministerio. Lo presenta enseñando en el lago de Galilea, en la montaña, en las plazas y en las sinagogas, como en el texto de hoy.

Podemos imaginar a la gente en aquella sinagoga, acostumbrada a escuchar la repetición de una doctrina que ya les decía muy poco, especialmente porque sus maestros, los escribas, no tenían autoridad para enseñar, dado que decían una cosa y hacían otra.
Jesús es capaz de impresionar a los presentes y de sacudirlos en su conciencia adormilada. Es capaz de provocarlos en la confrontación de sus ideologías.

Jesús enseña como quien tiene autoridad, no solo porque es coherente con su vida: o sea, no solo porque tiene autoridad moral, que en esto rebasa con mucho a los maestros de su tiempo, sino porque es capaz de expulsar a los espíritus inmundos, como es el caso del hombre a quien liberó en esta escena del Evangelio.

Enseñar con autoridad, entonces tiene esta característica: el efecto de la liberación.
Nosotros queremos enseñar con autoridad, igual que Jesús hace dos mil años. Esto es posible porque el mismo Espíritu que impulsó a Jesús a enseñar así, lo hemos recibido desde el bautismo. Ejercer el poder del Espíritu que hemos recibido no es una alegoría, es una realidad constatable.

¡Qué importante pensar en vivir como nuevos pedagogos o educadores; enseñar con autoridad, cuando el mundo adolece de las dos cosas: de educadores y de autoridad! Actualmente es más fácil para las instituciones y para los medios de comunicación social y cibernética, entretener que educar. Muchos padres de familia hacen esto sin pensarlo siquiera. Y en cuanto a las autoridades educativas, las podemos descubrir rebasadas.

¿Cómo enseñas tú? ¿Con qué autoridad? Recordemos las enseñanzas que hemos tratado de transmitir a los demás y preguntémonos si fuimos auténticos y si nuestras enseñanzas actuaron como una liberación.

Parece que es necesario exorcizar el mundo, expulsarle los espíritus inmundos que marginan al ser humano con tantas ideologías contrarias al Espíritu y la Verdad de Dios.
Pero, ¿cómo hacernos enseñantes con autoridad? ¿Cómo ser buenos educadores? El Espíritu de Dios nos deja conocer lo propio, pero siguiendo su Palabra en este domingo, podemos avanzar con estas tres ideas:

1- Vivir sintonizando la voz profética

 Hay que escuchar lo que dice el Espíritu, no solo las voces que se escuchan en los medios o en la calle. A veces estamos tan enajenados con las voces del ser humano, que la voz de Dios parece ausente.
En la primera lectura escuchamos a un pueblo que desea una voz profética, una voz que le garantice que las decisiones que estamos tomando van de la mano de la voluntad de Dios. Podemos preguntarnos: “¿Dónde se encuentra la voz profética?”. Y entender que se encuentra en muchos lugares, pero los lugares privilegiados de la voz profética que necesitamos oír, se encuentran adheridos al amor: primero en la Palabra de Dios, que se proclama domingo a domingo, Dios habla con toda claridad y penetra en nuestro corazón llevándonos a entender una sabiduría que supera a la de los hombres.
En un segundo lugar, en las instituciones que Dios ha fundado: la Iglesia y la Familia. En la autoridad compartida de los padres de familia, por ejemplo. Hemos de creer esto, que detrás de la voz un paterfamilias o materfamilias, Dios habla, porque Él les ha dado la responsabilidad sobre la prole. ¡Qué tesoro cuando un hijo entiende esto y sintoniza con una comunicación que trasciende la voz de sus padres! Y, por último, la voz de la pareja o del amigo, que como son personas que se mueven en la línea de la comunicación de la vida y del amor, son capaces de sintonizar con la voz de lo que nuestro espíritu está pidiendo para nuestras vidas.
Sería bueno experimentar cada vez más que las decisiones que tomo en el diario vivir, vienen no de una enajenación o de una ideología; no de mis propias producciones aisladas, sino de mis convicciones que ya han pasado por la sintonía de la voz de Dios.

2- Servir con libertad

 Aunque San Pablo está entendiendo una vocación específica, de especial consagración, su propuesta es universal; solo quien es capaz de sacudirse el peso de las actividades diarias para dar lugar a la experiencia de Dios, puede servir con libertad a la familia, y a Dios.
Para enseñar con autoridad, como Jesús lo hacía, es preciso servir con libertad, cimentados en la experiencia fundacional de Dios, esta experiencia es incontestable y, por lo mismo, se reviste de autoridad.

3- Actuar con la fuerza del Espíritu

 La autoridad de Jesús para enseñar, no le viene de sus conocimientos. Él no es un repetidor de doctrinas como lo eran los escribas de su tiempo. Jesús es una persona que vive la dimensión espiritual de Dios en sí mismo. De su interior brotan convicciones que son capaces de contagiar a cualquiera. Con su manera de proponer las verdades, es capaz de modificar la mentalidad de los presentes, sobre todo de los que están sometidos por una ideología, o de los que se conducen con un espíritu inmundo, es decir: con un espíritu contrario al de Dios.
Aquí está lo fascinante: que la autoridad de Jesús viene cuando se confronta la ideología de las personas con La Verdad del Espíritu de Dios.
Nosotros, igual que Jesús, podemos actuar con la fuerza del Espíritu. No se trata solo de actuar con autoridad moral, que esto ya es buenísimo, sino actuar con coherencia y sostener nuestra propuesta de servicio y bondad a los demás. Es preciso lograr que el resultado de la enseñanza sea eficaz, operativo, que libere personas como el caso del poseído.
Creo que muchos podemos constatar los momentos en que hemos actuado así, desde dentro, desde una fuerza que no es solo nuestra, no es una fuerza violenta sino un poder que convence. Aquí se entiende lo incontestable de nuestra enseñanza, de nuestra autoridad, cuando con la fuerza del Espíritu somos capaces, incluso, de comprometer la vida misma.
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Articulo Revisado: Jesús cada domingo: Enseñar con autoridad Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos