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sábado, 27 de enero de 2018

Señor, que no seamos sordos a tu voz


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

IV domingo del tiempo ordinario

Nunca nos atrevamos a desechar el tesoro sagrado de la Palabra de Dios. Es una Palabra bella, fuerte y trasformadora. Se trata de la Palabra creadora, como lo patentiza el libro del Génesis y nos lo recuerda el prólogo del evangelio de San Juan. Es palabra que libera, por eso Moisés le habló al pueblo en nombre de Dios, anunciándoles su liberación de la esclavitud de Egipto. Es Palabra que da firmeza y esperanza, como sucedió con los profetas. Y así podemos señalar muchos otros aspectos. Por eso la sorpresa y molestia de Dios cuando el pueblo en Horeb dice: “No queremos volver a oír la voz del Señor, nuestro Dios” (Dt. 18, 16).

Pero más allá de la negatividad y la resistencia, Dios no deja de hacernos llegar su Palabra. De ahí que anuncia que hará surgir un profeta: “Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo. A quien no escuche las palabras que él pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas” (Dt. 18, 19). Simplemente no podemos vivir sin la Palabra de Dios. Por eso, la exhortación del salmista: “Hagámosle caso al Señor que nos dice: No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras” (Ps. 94).

Esa Palabra divina se hace presente, de modo pleno, para nosotros, en Jesús. Si en el pasado Dios nos habló de muchos modos, especialmente a través de los profetas, ahora nos ha hablado a través de su Hijo (Heb.). Jesús es la Palabra de Dios. Por eso, marca diferencia con respecto a cualquier otro.  Como dice San Marcos: llegó a Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga, se puso a enseñar y “los oyentes quedaron asombrados de sus palabas, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los maestros de la ley” (Mc. 1, 22). Él es la Palabra creadora que salva, que da esperanza, que hace nuevas las cosas, por eso su autoridad. Con la autoridad de su Palabra expulsa a los demonios, por lo que la gente comenta: “Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen” (Mc. 1, 27).

Quien no quiera crecer y prefiera mantenerse en el conformismo, en la mediocridad, en la indiferencia o en sus propios caminos no le abra el corazón a esta palabra; porque aquel que le abre el corazón empieza a ser sacudido, empieza a ser cuestionado de su confort. De hecho, el demonio que poseía a aquel hombre de la sinagoga cuestiona a Jesús: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret?” Es decir, no te metas con nosotros, déjanos adormecer el corazón de este hombre. 

La vida del verdadero creyente no puede darse de modo pasivo, debe irse haciendo día a día entorno a la Palabra. Dice el Papa Francisco: Dios no nos pide “que seamos inmaculados, pero sí que estemos siempre en crecimiento, que vivamos el deseo profundo de crecer en el camino del Evangelio, y no bajemos los brazos” (E. G. 151). Necesitamos acercarnos a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo los pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una realidad nueva (Cfr. E. G. 149).

Detenernos en la Palabra, para meditar y orar, nos permite comprender y profundizar lo esencial, en vez de quedarnos simplemente en los aspectos circunstanciales o en las periferias de la fe. El Papa Francisco pone como ejemplo de esto al sacerdote que habla mucho sobre la templanza, pero poco sobre la caridad y la justicia; que habla más sobre la ley o el cumplimiento de las normas, pero no es capaz de enamorar a su pueblo en el amor de Dios. Dice el Papa: “se produce una desproporción” (E. G. 38). No podemos, por ejemplo, desgastar todo el tiempo y el potencial de la fe paseando imágenes de santos casi sin dedicarnos a enseñar al pueblo cómo los santos hicieron del Evangelio su camino.

Que por la lectura, el estudio y la meditación brille la palabra de Dios (cfr. D. V. 26). Que empiece a dar luz en cada corazón.
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Articulo Revisado: Señor, que no seamos sordos a tu voz Puntaje: 5 Reviesado por: Hermanos Franciscanos