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miércoles, 8 de agosto de 2018

El increíble viaje de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el primer escritor “norteamericano”

Exploró lo que hoy es Texas, Luisiana, Misisipi y Arizona, y se consideró a sí mismo "embajador de Cristo" entre los indígenas

Cuando uno piensa en el “descubrimiento” de las Américas, probablemente le viene a la mente nombres como Colón, Cortés o Pizarro. Álvar Núñez Cabeza de Vaca no es exactamente uno de los nombres más familiares de la historia americana. Sin embargo, este explorador español del siglo XVI dejó una profunda huella en la historia temprana de la exploración europea del nuevo continente.

Nacido en Jerez de la Frontera, andaluza provincia de Cádiz, España, Cabeza de Vaca debe su peculiar apellido a un ancestro materno que ayudó a ganar una batalla contra los moros  marcando un pasaje secreto en la montaña con una calavera de vaca. En 1527, después de una temporada como soldado en Italia, se unió a una expedición ordenada por el rey Carlos I de España para explorar los territorios más allá de lo que entonces se llamó “La Florida”, literalmente, “tierra de flores”.

La expedición iba dirigida por Pánfilo de Narváez, un adelantado (título dado a conquistadores y exploradores que representaban al rey en el extranjero) que había liderado anteriormente una misión a México. Narváez partió de España con cinco navíos y 600 hombres. Dos se perdieron en una brutal tormenta cerca de la costa de la actual Trinidad y Tobago, mientras que los restantes barcos consiguieron encontrar cobijo en Cuba.

Unos cuantos meses después, Narváez condujo a los restantes tres barcos hacia Florida, pero se encontró con una serie de tormentas todavía más inclementes en las costas de la isla de Galveston, en la actual Texas, que aniquilaron casi toda la flota.

Los pocos hombres que sobrevivieron el naufragio recibieron órdenes de Narváez de intentar llegar a Florida a pie para buscar oro, una estrategia que tuvo pocos resultados más allá de una experiencia rayana a una inanición fatal: supuestamente, el grupo sobrevivió comiéndose sus propios caballos. Después de esta exploración fracasada, Narváez y otros pocos supervivientes construyeron unas balsas improvisadas con troncos y se aventuraron a la mar para intentar seguir la costa hasta México.

Cabeza de Vaca se quedó atrás. Junto con otros tres miembros de la expedición, Andrés Dorantes, Alonso Castillo y un moro llamado Estebanico, inició la que resultaría una exploración épica de ocho años por el suroeste americano.

La travesía quedó cuidadosamente detallada en La relación de Cabeza de Vaca, que se publicó en España en 1542 con el título completo de Relación del viaje de Pánfilo de Narváez al Río de las Palmas hasta la punta de la Florida, hecha por el tesorero Cabeza de Vaca. (Año 1527). Según algunos investigadores, podría considerarse el primer ejemplo de literatura norteamericana o como “el primer libro europeo que se desarrolló completamente en América del Norte”.

La relación es una descripción etnográfica no profesional de las muchas y diferentes tribus indígenas que Cabeza de Vaca y sus hombres encontraron a lo largo de su trayecto entre Texas y México, incluyendo zonas de lo que hoy día es Luisiana, Misisipi y Arizona. Entre las tribus descritas están los karankawa, atakapa, jumanos, pimas, caddos, avavares y mariames.

La comida era uno de los aspectos que fascinaron a los españoles, que señalaron que la dieta de los indígenas se componía en su mayoría de maíz, fruto de cactus y ocasionalmente “corazones abiertos de venado” (los indios de la costa también comían ostras a veces).

La curación, la medicina y las creencias religiosas también eran una fuente de interés para el explorador escritor. Probablemente en torno al 1531, tres años después del inicio de su travesía americana, una tribu nativa de la actual Texas pidió a Cabeza de Vaca que tratara a un hombre herido por una flecha. Después de extraer la punta del pecho del hombre, el español realizó algunas curaciones y limpiezas rudimentarias para ayudar a la sanación de la herida. El hombre se recuperó y Cabeza de Vaca se ganó de repente entre los locales una reputación de chamán. Los cuatro hombres se aplicaron en esta tarea y empezaron a ofrecer tratamientos médicos básicos que les ganaron el título de “Hijos del Sol”.

De forma paralela a esta función chamánica, el explorador asumió una identidad de embajador. Gracias a su visita, tribus en conflicto encontraban puntos de acuerdo y hacían las paces. Según describió en su propio cuaderno de viaje, Cabeza de Vaca consideraba esta capacidad de facilitar la paz como un deseo de Dios para su misión en América, algo que le valió otro título más, el de “Embajador de Cristo”.

Fue durante este tiempo que el explorador empezó a reflexionar sobre la humanidad común que unía a europeos e indígenas, a paganos y cristianos. Cuanto más aprendía a ver el mundo desde la perspectiva de los “indígenas”, más podía valorar la diversidad de la experiencia humana como algo que proteger en vez de aniquilar a través de la “civilización”. Su actitud le distingue de otros conquistadores que a menudo demostraron poco o ningún interés en conocer a los pueblos locales y tristemente realizaron violentos actos de “conquista”.

Para cuando, en 1536, los cuatro supervivientes de la fracasada misión de Florida terminaron por encontrar a otros colonos españoles cerca del campamento de San Miguel de Culiacán, en México actualmente,  siguiendo un viaje en zigzag que les llevó a lo largo del Río Grande, a través de Sierra Madre y por el desierto de Sonora, habían asimilado tantísima cultura local que sus compañeros paisanos apenas creyeron que “aquellos cuatro indios” eran en realidad cristianos.

Después de saber de la historia de su épico viaje, el virrey de México hizo unas ofrendas muy generosas a los cuatro supervivientes. A Cabeza de Vaca  le ofrecieron una gran porción de tierra en lo que hoy es Nuevo México, junto con una oferta de trabajo para liderar una nueva expedición hacia el norte para buscar oro. Sin embargo, el explorador-escritor rechazó la oferta y, en su lugar, regresó a Europa para presentar sus descubrimientos al rey.

Sus sensacionales hallazgos lograron impresionar al rey Carlos I de España, aunque fue rechazada su petición de ser enviado de vuelta a las Américas para continuar explorando Florida. Esa posición, explicó el rey, ya se había asignado a Hernando de Soto, que más tarde se convertiría en el primer europeo en cruzar el río Misisipi.

Sin embargo, tres años después, en 1540, el monarca terminó por ofrecer a Cabeza de Vaca el título de adelantado y un contrato para convertirse en gobernador de la colonia española de Río de la Plata, que ocupaba desde el actual Perú hasta el estrecho de Magallanes, abarcando parte de las actuales Argentina, Uruguay y Paraguay.

Sus viajes por América del Sur llegaron a igualar la heroicidad de su aventura norteamericana: fue el primer europeo en llegar a las cataratas de Iguazú y su descripción de los murciélagos vampiro de la selva de Paraguay explican en parte por qué la literatura europea empezó a incluir vampiros en los años siguientes a su misión.

En cambio, esta vez su actitud empática hacia los indígenas le causó muchos problemas. El anterior gobernador de Río de la Plata, Domingo Martínez de Irala, consideraba a los locales como mera mano de obra y no le impresionaba la actitud progresista de su sucesor. Estando Cabeza de Vaca fuera en una misión para explorar posibles rutas hacia Perú, Irala incitó una revuelta hacia el nuevo gobernante por parte de la élite colonial de Buenos Aires. En 1544, acusó a Cabeza de Vaca de mala administración y el explorador fue arrestado y devuelto a España para juicio.

Tras un largo y polémico proceso judicial, el autor de La relación logró defenderse de los cargos de incompetencia profesional y fue designado juez del Tribunal de Sevilla, un puesto que mantuvo hasta su muerte en 1556.

En su edición de 1555 de La relación, incluyendo su tiempo en Río de la Plata, Cabeza de Vaca hizo hincapié en la manera en que concibió su diario de viajes: “no solo un informe de posiciones y distancias, flora y fauna, sino de las costumbres de los numerosos indígenas con los que hablé y entre los que habité, así como cualquier otro asunto que pudiera escuchar u observar”.

Y sin duda es en parte gracias a sus relatos etnográficos que los historiadores pudieron representar una imagen ligeramente más objetiva de la vida indígena en la Norteamérica precolonial, un relato que no encasillaba al “otro” como un mero súbdito colonial. En palabras del arquitecto y escritor Baker H. Morrow, un experto en Cabeza de Vaca: “fue uno de los mayores memoristas primitivos, el padre de la literatura de Norteamérica y un gran humanitario (al menos según los estándares del siglo XVI)”.

A pesar de su importante contribución a la historia del suroeste de América, no queda mucho para recordar el legado del “gran campeón de las indias”, tan solo una escultura de 1986 en bronce construida por la artista española Pilar Cortella de Rubin, que en la actualidad se encuentra en el parque Hermann, Houston, Texas.

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