Estar en el camino



Jesús toma la firme decisión de ir a Jerusalén. Quienes lo siguen, entienden que este es un camino radical. En Jerusalén están las instituciones religiosas y políticas, es el lugar en el que se dan los juicios definitivos y es el lugar en el que se concentran todos los poderes.
El momento en que Jesús se pone en camino, es de inestabilidad; muchos no saben a quién acudir, a dónde ir, y esperan con ansiedad un salvador, pero un salvador local, político y religioso, el mesías davídico. Es el pensamiento de Pedro, un mesías poderoso que no tenga que sufrir ni morir. Jesús es otro tipo de mesías; es uno que dará vida donando la propia.
El momento en que Jesús se pone en camino, es también un momento de parálisis y de miedo, en la que no se sabe qué hacer o adónde ir. Se parece a esta etapa de la humanidad en la que estamos viviendo, rebasada la posmodernidad. Un cambio de época, de cultura, a la que el Papa Benedicto XVI ha llamado de “encrucijada”.  Para definir que nos podemos encontrar pasmados, en la incertidumbre, sin rumbo.
¿Cómo resolver los graves problemas de seguridad, de pobreza, de violencia? ¿Cómo devolver el sentido a la vida? ¿Hacia dónde está el horizonte capaz de contagiar de vitalidad y de esperanza nuestra historia?
Jesús insistirá en mirar a Dios, y en hacer un camino de donación. Ese es el rumbo para salir de la encrucijada desde entonces.
Para estar en camino, la Palabra de Dios nos orienta con estas tres coordenadas:

1 - Hay que dejarse seducir
 Como el profeta, hay que dejarse seducir por el proyecto de Dios, aunque nuestro proyecto personal no se vea con éxito. Lo importante no es que los males que el profeta había anunciado al pueblo se cumplan, como para no hacer quedar mal al comunicador de Dios, sino la misericordia de Dios, que se nota en Su perdón.
Lo importante de nuestra vida no es solo tener éxito, sino responder a un fuego ardiente, encerrado en nuestros huesos, que busca la justicia según Dios.
Cuando estamos seducidos por Dios, podemos parecer extraños a los demás; incluso no ser comprendidos, pero eso no es tan importante como estar atinando en la toma de decisiones del camino.

2 - Hay que saber dar culto
 Es en nuestra ofrenda, en nuestra entrega a los demás, donde se da el culto verdadero a Dios, ahí donde no hay reglas precisas de culto; ahí donde cada uno puede escalar en la perfección de su amor.
Pero para dar culto así, se requiere abandonar la mentalidad del mundo, adoptar la escala de valores de la Cruz, y hacer lo que Dios quiere, actuar: lo bueno, lo perfecto, lo que agrada.
 Lo bueno: cuando busco que todo lo que hago, contribuya al bien.
 Lo perfecto: lo que no se queda en buenas intenciones, aquello que hago llegar hasta su cumplimiento, porque es ahí donde puedo contemplar la bondad de Dios.
 Lo que agrada; es aquello que responde a las necesidades de otro, eso agrada a Dios.

3 - Hay que tomar la Cruz
 Tomar la propia cruz como experiencia del amor. Cuando las realidades del mundo nos deslumbran, como Pedro en este trozo del evangelio, podríamos tropezar por el camino; no existe realidad alguna, por espléndida que sea, que se pueda comparar con el don de una persona, con la persona concreta donada. Esa persona concreta que es Jesús, y después de Él, cada persona donada de mis seres queridos, que está ahí, frente a mí para atestiguar que el mejor camino es el de la donación plena.
La Cruz entonces, abre la solidaridad, y habla del dolor como valor salvífico.
 Si quiero que mi vida tenga sentido, si quiero dar sentido a esta etapa de la humanidad, quiero estar en camino, como Jesús, hasta completar la totalidad de mi donación.

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