¡Señor, cómo se nos ocurre querer mostrarte a ti el camino!


¡Señor, cómo se nos ocurre querer mostrarte a ti el camino!

XXII domingo del tiempo ordinario

Después de que Pedro confesó que Jesús era “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, Jesús empezó a anunciar a sus discípulos que “tenía que ir a Jerusalén para padecer allí mucho… que tenía que ser condenado a muerte (en cruz) y resucitar al tercer día”. Ante lo cual, Pedro trató de disuadirlo diciéndole: “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti” (Mt. 16, 21-22).

En ningún momento podemos dudar del amor sincero y sagrado que Pedro le tenía al Señor Jesús; pero como todo ser humano, también Pedro, en diversas ocasiones cayó en la tentación de querer mostrarle el camino a Jesús. Esas son a veces las tentaciones, no sólo de quien vive lejos de Dios, sino también de quien profesa su fe y amor a Dios. Pedro cree de verdad que Jesús es el Mesías, el que viene a dar la verdadera libertad; pero por el amor que le tiene y creyendo conocer las circunstancias de la vida y la mentalidad del pueblo, siente miedo de que Jesús vaya a equivocar el camino; por lo cual, eso de morir en la Cruz, “No lo permita Dios, Señor. Eso no te puede suceder a ti”.

Sin duda, la debilidad de Pedro la vemos redimensionada en el tiempo actual, pues el hombre cuanto más seguro está de conocer y manejar las circunstancias temporales, más se le complica entender los caminos de Dios. La persona que se centra y vive demasiado en las circunstancias laborales, económicas, políticas, lúdicas, etc., corre el riesgo de él mismo irse disolviendo y enajenando en tales circunstancias, al grado de que, muchas veces, sin ser consciente de ello, va degradando su propia identidad (Cfr. L. Romera, El hombre ante el misterio de Dios, Ed. Palabra).

“¡Apártate de mí, satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres! (Mt. 16, 23).” Esta reprensión de Jesús a Pedro no es sólo porque Jesús se sienta traicionado, sino porque a Jesús le preocupa que Pedro, y todo ser humano, se aferre a construir sólo desde las visiones humanas, que confíe más en los alcances humanos y temporales, que en la sabiduría que viene de Dios.

Crecer y cultivarse, de modo honesto, en las dimensiones del tiempo y la materia es algo importante, pero se trata de algo parcial, mientras que el hombre para ser pleno necesita de lo que le da plenitud, como es el amor de Dios, trazado por Cristo en el Evangelio.

“Necesitamos detenernos en oración para pedirle a Jesús que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial… ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance  a comunicar su vida nueva!” Necesitamos detenernos ante su evangelio, contemplarlo con amor, detenernos en sus páginas y leerlo con el corazón. “Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez” (Papa Francisco, E. G. 264).

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24); el camino de la Cruz, que nos propone Jesús en el Evangelio, es el camino a través del cual Él recogió los dolores y las alegría, todo cuanto el hombre vive; es el camino que rescata al hombre desde la misma muerte, para permitirle gozar sin límites del amor que da la vida. Sin la Cruz no entenderemos la grandeza del amor, el amor que nos hace creer y confiar en Él.

Necesitamos detenernos, aprender a detenernos frente al misterio de Dios, mostrado en Jesús, sólo así aprenderemos a caminar con Él. El camino mostrado a lo largo del Evangelio, el camino de la Cruz, es lo único que responde “a las necesidades más profundas de las personas, porque todos hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno” (Papa Francisco, E. G. 265). Si el Evangelio nos muestra el camino completo y verdadero, ¿por qué nosotros, como Pedro, lo habríamos de modificar, para acomodarlo a nuestro entender?

¡Señor, tu amor lo llena todo!

Pbro. Carlos Sandoval Rangel

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