Historia real de la trata: "Tenía que escapar como fuera"


Salió de Rumanía buscando una vida mejor. Su esperanza era ganar dinero para poder comprarle una casa a su madre. Pero la engañaron y acabó ejerciendo la prostitución para proteger a su familia. Gracias a un cliente poco habitual y a la policía, Stella pudo escapar y conocer el Proyecto Esperanza, de las religiosas adoratrices. Hoy sigue en España.

“Al final me escapé”


Stella tenía 16 años cuando dejó su país, Rumanía, para venir a España a trabajar. Su objetivo era ganar dinero para poder comprar una casa a su madre donde vivir las dos juntas. Ella desconfiaba del hombre que le había ofrecido trabajo, pero él insistió tanto que al final cedió y dejó que su hija se fuera. Sin embargo, al llegar a Madrid, Stella se encontró algo que no esperaba.


Acabó en una calle donde había mujeres ejerciendo la prostitución. Ella también tenía que hacerlo. Al darse cuenta de dónde estaba, quiso hablar con la persona que la había llevado hasta allí. La encerraron en una habitación durante tres días. La amenazaron con extorsionar a su familia. Stella terminó prostituyéndose por miedo a que le ocurriese algo a los suyos.


“Pensaba que tenía que escapar como fuera”, cuenta Stella en un informe recopilatorio de testimonios del Proyecto Esperanza. “La calle estaba llena de mujeres de todas las nacionalidades, que tenían su sitio reservado. Nosotras también teníamos el nuestro. Él nos vigilaba de lejos, y cada vez que llegábamos a casa nos cogía el bolso y se quedaba con todo. Si no traíamos dinero, nos pegaba”, añade.


Tras dos semanas ejerciendo la prostitución, fue un cliente que le inspiraba cierta confianza quién la ayudó a escapar del infierno en el que la habían metido a base de engaños. “Fuimos a la policía y con una intérprete les conté todo lo que me pasó. Desde allí llamaron al Proyecto Esperanza, que se hizo cargo”.


El Proyecto Esperanza, de las religiosas adoratrices, se encarga de cuidar de aquellas mujeres víctimas de trata desde que consiguen salir. Las acompañan en la denuncia -si es que deciden denunciar-, y, después, en el proceso de reintegración en la sociedad, un punto clave para que las heridas vayan cicatrizando bien.


“Es fundamental trabajar con una mirada positiva hacia estas mujeres, que sepan captar sus fortalezas y sus capacidades. Desde ahí, las ayudamos a desarrollarlas”, explica Marta González, coordinadora del proyecto, en un video explicativo del proceso que siguen con las chicas. Esto, “sumado al acceso a sus derechos, de los que por el hecho de ser víctima carecía, hacen que estas mujeres pueda ir recuperando el control sobre sus vidas, sus sueños, aquello por lo que vinieron a España” añade González.


“El juicio tardó un año, yo estuve presente en una habitación arriba con una televisión, por videoconferencia y el juicio era abajo. Sólo me vieron la abogada suya y el fiscal, a él lo sacaron de la sala del juicio. Le condenaron 5 años por agresión sexual, ahora está en la cárcel, creo, supongo, espero” continúa Stella.


A pesar de todo, las mujeres que llegan a nuestro país y salen de esta forma de esclavitud, no siempre lo tienen fácil para poder quedarse y rehacer sus vidas. A veces, la complicada burocracia para conseguir asilo o los papeles para regularizar su situación en el país, se alarga tanto que las víctimas no salen a la calle por miedo a que les pare la policía y les pida los papeles. “Esto nos limita mucho porque hay muchas chicas aquí que quieren trabajar pero no pueden porque, como no tienen papeles, no pueden” confiesa Marie, víctima de trata, que llegó de Camerún en 2011 huyendo de los maltratos de su marido.



Salió de Rumanía buscando una vida mejor. Su esperanza era ganar dinero para poder comprarle una casa a su madre. Pero la engañaron y acabó ejerciendo la prostitución para proteger a su familia. Gracias a un cliente poco habitual y a la policía, Stella pudo escapar y conocer el Proyecto Esperanza, de las religiosas adoratrices. Hoy sigue en España.

“Al final me escapé”


Stella tenía 16 años cuando dejó su país, Rumanía, para venir a España a trabajar. Su objetivo era ganar dinero para poder comprar una casa a su madre donde vivir las dos juntas. Ella desconfiaba del hombre que le había ofrecido trabajo, pero él insistió tanto que al final cedió y dejó que su hija se fuera. Sin embargo, al llegar a Madrid, Stella se encontró algo que no esperaba.


Acabó en una calle donde había mujeres ejerciendo la prostitución. Ella también tenía que hacerlo. Al darse cuenta de dónde estaba, quiso hablar con la persona que la había llevado hasta allí. La encerraron en una habitación durante tres días. La amenazaron con extorsionar a su familia. Stella terminó prostituyéndose por miedo a que le ocurriese algo a los suyos.


“Pensaba que tenía que escapar como fuera”, cuenta Stella en un informe recopilatorio de testimonios del Proyecto Esperanza. “La calle estaba llena de mujeres de todas las nacionalidades, que tenían su sitio reservado. Nosotras también teníamos el nuestro. Él nos vigilaba de lejos, y cada vez que llegábamos a casa nos cogía el bolso y se quedaba con todo. Si no traíamos dinero, nos pegaba”, añade.


Tras dos semanas ejerciendo la prostitución, fue un cliente que le inspiraba cierta confianza quién la ayudó a escapar del infierno en el que la habían metido a base de engaños. “Fuimos a la policía y con una intérprete les conté todo lo que me pasó. Desde allí llamaron al Proyecto Esperanza, que se hizo cargo”.


El Proyecto Esperanza, de las religiosas adoratrices, se encarga de cuidar de aquellas mujeres víctimas de trata desde que consiguen salir. Las acompañan en la denuncia -si es que deciden denunciar-, y, después, en el proceso de reintegración en la sociedad, un punto clave para que las heridas vayan cicatrizando bien.


“Es fundamental trabajar con una mirada positiva hacia estas mujeres, que sepan captar sus fortalezas y sus capacidades. Desde ahí, las ayudamos a desarrollarlas”, explica Marta González, coordinadora del proyecto, en un video explicativo del proceso que siguen con las chicas. Esto, “sumado al acceso a sus derechos, de los que por el hecho de ser víctima carecía, hacen que estas mujeres pueda ir recuperando el control sobre sus vidas, sus sueños, aquello por lo que vinieron a España” añade González.


“El juicio tardó un año, yo estuve presente en una habitación arriba con una televisión, por videoconferencia y el juicio era abajo. Sólo me vieron la abogada suya y el fiscal, a él lo sacaron de la sala del juicio. Le condenaron 5 años por agresión sexual, ahora está en la cárcel, creo, supongo, espero” continúa Stella.


A pesar de todo, las mujeres que llegan a nuestro país y salen de esta forma de esclavitud, no siempre lo tienen fácil para poder quedarse y rehacer sus vidas. A veces, la complicada burocracia para conseguir asilo o los papeles para regularizar su situación en el país, se alarga tanto que las víctimas no salen a la calle por miedo a que les pare la policía y les pida los papeles. “Esto nos limita mucho porque hay muchas chicas aquí que quieren trabajar pero no pueden porque, como no tienen papeles, no pueden” confiesa Marie, víctima de trata, que llegó de Camerún en 2011 huyendo de los maltratos de su marido.


¿Y ahora qué?


“Cuando empezamos a hablar un poco español, empezamos a formarnos. Yo hice un curso para cuidar a personas mayores, otro de cuidados sanitarios, de jardinería, de atención al cliente y luego, luchando con la abogada de aquí, conseguí el permiso de trabajo y pude empezar a trabajar por cuatro meses” explica Marie. El proyecto de las religiosas adoratrices pone a disposición de sus protegidas todos los medios a su alcance para que, poco a poco, puedan recuperar la ilusión, las ganas de vivir y la seguridad en sí mismas y en la sociedad.


“La parte que nos da más fuerza para seguir trabajando cuando volvemos a retomar el contacto con las mujeres después de meses o años, es la capacidad de lucha que tienen, la fuerza que tienen, la capacidad de mirar al futuro, de no desanimarse, de mantener la esperanza firme y seguir sacando fuerza cada día para luchar por aquello en lo que creen” confiesa Marta González.


¿Y qué esperan estas mujeres ahora? Algunas piden justicia, que los que las hirieron tan gravemente lleguen a la cárcel; otras, buscan volver a ser la chica de antes y hay quienes, simplemente, como Marie, quieren ser felices, “por una vez en mi vida”.


Stella rehízo su vida, se enamoró y hoy es madre de una niña. “Puede que vuelva a Rumanía”, comenta, “de vacaciones o para quedarme ¿quién sabe?”. Ella tuvo el valor y la gracia de escapar, pero hay mujeres que siguen en ese mundo, sin que nadie se acuerde de ellas. Son víctimas invisibles que a veces no pueden hablar por temor a las represalias que tomen contra ellas o contra sus familias. La reintegración es posible, y, como ha dicho, el Papa Francisco recientemente: “que cada uno de nosotros se sienta comprometido a ser voz de estos hermanos y hermanas nuestros, humillados en su dignidad".


Por Alicia Gómez-Monedero



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