Alabemos al Señor, nuestro Dios


Pbro. Carlos Sandoval Rangel

V Domingo Tiempo Ordinario

Que en nuestra dinámica de la vida jamás falte la oración. San Marcos nos presenta un esquema de las típicas jornadas de trabajo de Jesús. Busca sus apóstoles, va a la casa de otros, cura a la suegra de Pedro, recibe y cura muchos enfermos, expulsa demonios, se aparta para orar y continúa con la predicación a otros pueblos (Mc. 1, 29-39). ¿Qué tiene de especial esta y otras jornadas de Jesús? Nunca pierde de vista sus objetivos. Para ello hay un secreto: la oración.

Todo proyecto enfrenta muchos riesgos que pueden ser de orden financiero, claridad de ideas, circunstancias sociales y de otra índole. Pero lo más peligroso de todo proyecto es cuando nosotros mismos nos desubicamos, cuando dejamos de poner los pies en la tierra. Pensemos por ejemplo en Jesús, cuántas veces quisieron proclamarlo Rey. Podría haber aceptado, lo hubiera logrado y, sin duda, lo hubiera hecho bien. En la misma Cruz, le pedían, bájate y creeremos en ti; lo podría haber hecho y efectivamente aquellos hubieran creído en Él. Más, la pregunta es: ¿Y con ello hubiera logrado lo fundamental que era mostrarnos la grandeza del reino de Dios, el camino del amor y merecer para todos la salvación? Claro que no. En cambio, cuántos líderes sociales, en el fondo, pueden tener un deseo sincero de sacar adelante tareas nobles en bien de su pueblo, pero luego pierden el piso, se confunden y terminan haciendo cosas equivocadas. Así sucede cuando falta la riqueza interior.

Un periodista, una vez, se preguntaba: ¿cómo le hace Juan Pablo II, para mover masas y seguir siendo humilde y no sentirse un dios? Y lo mismo podríamos decir del Papa Francisco. La respuesta es: ellos hacen oración. Pero eso, que valía para Jesús y que sacó adelante a Juan Pablo II y hoy a Francisco, vale también para todo ser humano. No podemos sacar de nuestras jornadas de vida los momentos sagrados de la oración. Dice el libro de Job: “Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo” (Job, 7, 7); efectivamente, así nos volvemos cuando sacamos a Dios de nuestras vidas. Pero Él estará siempre presente cuando nos damos un espacio propio para nutrirnos de Él.

Aconsejaba San Alfonso María de Ligorio: “Trata con Dios tus asuntos, tus proyectos, tus trabajos, tus temores y todo lo que te interese”; no con el afán de que Él se adapte a lo que tú pretendes, sino con la finalidad de que Él te ilumine para hacer lo justo.  Decía: “hazlo sobre todo con confianza y con el corazón abierto”.

No encontraremos a nadie que nos escuche y atienda con tanto interés como Dios. Nadie tomará tan en serio nuestras palabras como Él. Ni tampoco encontraremos a alguien con palabras tan nutrientes como las de Dios. En ninguna parte, encontraremos tanta fortaleza y claridad de vida como sucede en un profundo y humilde acto de oración, porque la oración infunde una chispa especial al corazón.

   El amor de Jesús por los enfermos y su deseo de predicar la buena nueva a las multitudes nunca fue a menos, gracias a que siempre guardaba ese momento sagrado de encuentro con su Padre en la oración.

El mundo necesita de personas activas, dispuestas a trasformar y a servir, pero también necesita personas de alta interioridad. El que aprende a orar, no solo se fortalece y descansa, sino que aprende a vivir, pues es en el silencio del corazón donde a Dios más se le facilita aconsejarnos.

La oración transforma los corazones, los prepara para la lucha de la vida y les facilita el encuentro amable con los demás. El mundo se transformaría con oración.

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