La ley del Señor es perfecta



Pbro. Carlos Sandoval Rangel

III domingo de cuaresma

Los mandamientos son un cúmulo de sabiduría que Dios entregó al pueblo de Israel, pero en realidad son de utilidad para toda persona, creyente o no creyente (cfr. Ex. 20, 1-17). Dichos mandatos bien pueden asumirse como referencia para una ética universal, pues atienden perfectamente todas las dimensiones de la persona humana.  Se sustentan en una visión muy clara del significado y grandeza de la vida humana, por lo que hasta la fecha no pierden su valor.

Como sabemos, los tres primeros mandamientos ubican al ser humano en su relación con Dios. Esto, con la intención de que el ser humano nunca pierda el fundamento ni el sentido sagrado de su vida. De ahí el celo que Jesús muestra al entrar al templo y ver que lo han convertido en un mercado (Jn. 2, 13-25). Los otros siete marcan los criterios de convivencia entre los seres humanos y su sana relación con las cosas materiales.

Los mandamientos están tan bien pensados e integran sabiamente la dinámica de la vida humana que, faltar a ellos no es atentar contra Dios, su autor, sino atentar contra la misma persona; mientras que por el contrario, la vivencia de estos significa simplemente facilitar la vida y encontrar el camino de felicidad más seguro.

A Dios le había sido muy difícil sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, primero por la dureza del faraón que no le convenía que el pueblo se fuera, pero sobre todo por los israelitas mismos, que se habían acostumbrado a vivir como esclavos. Los obstáculos que el faraón ponía eran físicos, las resistencias que el pueblo de Israel vivía estaban arraigadas en lo profundo del corazón. De hecho, esta es la parte más difícil de la vida humana, acostumbrarse a vivir libres; a veces la mínima tentación envuelve y ciega el corazón. Pero los mandamientos se encaminan a eso, a ayudarnos a sacudir todo tipo de miedo, apego y de confusión.

Sin embargo, algo debe quedar claro, los mandamientos no lo son todo, pues estos son parte de un proceso, son un medio, no son el fin. El fin es cada persona, que construye su felicidad y que camina hacia Dios. El objetivo que Dios pretende en los mandamientos es que los humanos aprendamos a vivir bien.

Ahora, si los mandamientos, como dice el salmo 18, confortan, dan sabiduría y alegría al corazón; si son luz que alumbra el camino; si son verdaderos y enteramente justos, todo eso Jesús lo resume en “el Amor”. De ahí que los mandamientos tengan cumplimiento pleno en Cristo, que nos trazó el mejor de los caminos, el del amor a Dios y el amor al prójimo. La nueva fe, la que hace enteramente libre al hombre, se fundamenta precisamente, como dice el Papa Benedicto XVI, en que “hemos creído en el amor de Dios” (Dios es amor, n. 1). En ese sentido, el amor no es sólo un mandamiento divino, sino también la respuesta humana al don del amor.

En realidad, podemos decir que los mandamientos eran un preámbulo a ese amor divino y humano mostrado en Jesucristo. Y como dice Benedicto XVI: “Es ahí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad” (Dios es amor, n. 12). Sólo desde el misterio de la cruz el hombre podrá comprender plenamente el amor de Dios. Solo desde la mirada amorosa de Cristo en la cruz, “el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amor” (ibídem, n. 13). Ese es el misterio que celebraremos en Semana Santa y al cual nos estamos preparando en la cuaresma.

No dudemos en vivir los mandamientos que nos encaminan hacia el misterio más sagrado, el amor misericordioso de Dios.

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