Que nuestra vida sea muy fecunda


V Domingo de Pascua

Pbro. Carlos Sandoval Rangel 

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Al sarmiento que no da fruto en mí, Él lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. “Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanecen en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí” (Jn. 15, 1ss).

Pero ¿cuáles son esos frutos que nos pide Jesús? Se trata de los frutos que nos humanizan, los que nos permiten una convivencia más sana, que a la vez nos permiten crecer en santidad. El Papa Francisco nos pone algunos ejemplos muy simples: si una señora va al mercado y ahí se encuentra a su vecina “y comienzan a hablar, y vienen las críticas. Pero esta mujer dice en su interior: No, no hablaré mal de nadie”. Y si esa misma señora escucha con paciencia y afecto a su hijo que le cuenta acerca de sus fantasías. “Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Esos son los frutos que nos pide Jesús (Gaudate et exsultate, 16). A veces la oportunidad de dar fruto aparece en las cosas más cotidianas de la vida, otras veces las circunstancias nos pone exigencias más altas. Lo importante es, que mientras el mundo merece personas más amables, serviciales, emprendedoras, nobles y abiertas a los demás, nosotros, como dice el Papa, no nos instalemos en nuestro modo cómodo de vida.

No podemos dar frutos solo desde una interpretación pragmática y materialista, tan común del tiempo actual, donde se valora a las personas en la medida que produzcan bienes y servicios en bien del fortalecimiento socio-económico de una sociedad. Esta mentalidad el Papa Francisco la denomina la cultura del bienestar, que nos anestesia, lo cual nos lleva a excluir a los que no producen, viéndolos como un estorbo (E. G. 54). Por eso al progreso material hay que infundirle mucha esencia humana y cristiana.

Bajo la mentalidad meramente materialista, siempre habrá personas que estorban, que se ven mal, que se convierten en una seria carga, como pueden ser los enfermos, los ancianos, los discapacitados, entre otros. Cuesta trabajo sentirles parte de nuestra vida. Incluso a muchos que no producen pero sí consumen, sutilmente se les va quitando la categoría de personas. Cuando idolatramos lo material, perdemos la primacía del ser humano (E. G. 55), lo cual es el origen de tantos males en el mundo.

Los frutos que Jesús nos pide son algo mucho más sencillo y profundo. Él quiere que trabajemos por la consolidación de comunidades verdaderamente humanas, cimentadas en los valores del evangelio, como ocurría con los primeros cristianos: “En aquellos días, las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando” (He. 9, 26-31). Los buenos frutos del Evangelio favorecen la paz, fortalecen la fe, crean compromiso con la comunidad y, en consecuencia, tenemos sociedades sanas y fuertes. Una sociedad llena de exigencias externas, cada día nos dará más y más sorpresas lamentables como las que estamos viviendo en México y en muchas partes del mundo.

Daremos frutos en la medida que permanezcamos unidos a las propuestas de Jesús: “Permanezcan en mí y yo en ustedes”. Mientras sigamos absolutizando lo que son sólo herramientas, como sucede a menudo, por ejemplo, con las tecnologías, sobre todo las de la comunicación, al grado de darle más tiempo a ellas que a las personas que tenemos a nuestro lado; mientras sigamos idolatrando el dinero, el poder terrenal y otros factores, olvidando que son medios y no fines, la humanidad seguirá sufriendo los estragos de la maldad. Pero por desgracia, como decía Pablo VI, el hombre moderno está educado, por encima de todo, a la vida exterior; ahí radica el drama humano del tiempo actual, y no solo por el deterioro espiritual, sino también material y civil. El humanismo suscitado desde las propuestas del evangelio es garantía de vida verdadera. La propuesta de Jesús no nos excluye de lo externo, sólo nos permite darle orden. En cambio, la exigencia exterior tan común en el hombre de hoy sí limita muchas veces para apreciar la bondad, la belleza y la verdad, valores máximos de la vida.

Mientras las inercias del mundo nos llevan a impresionarnos con lo exterior, Dios nos lleva a descubrir lo que más nos ennoblece y dignifica, de donde surgen los frutos más sagrados que nos pide Jesús en el evangelio.

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