Por qué deberías seguir diciendo que no cuando otros padres dicen que sí

Hay soledad en ser los padres que van a contracorriente, pero por estas razones te animan a seguir remando

Mi hija de 12 años lleva todo el verano preguntándome si puede tener su propia cuenta de Instagram.

Le he dicho que me lo pensaría. Después de todo, todavía ni siquiera tiene móvil. Así que cualquier decisión en relación a este tema, tendría que ser desde mi teléfono y bajo mi supervisión. Así puedo ver las respuestas y las publicaciones en las que se ha etiquetado.

Sería una buena forma de introducirla en el mundo de los medios sociales mientras todavía mantengo límites y vigilancia.

Al menos, eso es lo que me repetía a mí misma. He intentado convencerme de ello, de verdad que sí. Sin embargo, ayer, mientras se preparaba para una fiesta de vuelta al colegio, vi cómo se hacía una coleta tras otra, examinando críticamente cada una antes de suspirar con repulsión y deshacerla para empezar de nuevo. En ese preciso instante decidí que no, que no iba a tener su propia cuenta de Instagram, aunque todos sus amigos, literalmente, tuvieran una.

Odio ser la madre que dice que no, porque ella es quien tiene que vivir con las consecuencias. Sus amigas la miran como si le hubiera brotado una cabeza adicional cuando ella les dice que no tiene móvil ni Instagram ni Snapchat.

Se queda fuera de los juegos y los grupos de mensajes y las bobadas de Snapchat, y odio que se sienta así. Odio que se sienta excluida y odio que sea porque yo he dicho no.

En el sitio web Her View From Home, Whitney Fleming escribió un post sobre este mismo sentimiento, sobre la soledad que acompaña el ser la madre que dice no: 

Se siente soledad cuando eres la madre que dice no en un mundo que siempre parece estar diciendo sí. Y no solo con los medios sociales. Puede ser sobre los límites de horarios o sobre las fiestas de pijamas o sobre ‘Fortnite’. Y ser la única madre que dice no, independientemente de la razón que tengas, puede traer consecuencias para tu preadolescente o adolescente.

Una amiga de bachillerato me llamó durante la época de las graduaciones para decirme que ella era la única madre de los 20 estudiantes que le dijo a su hija que no podía quedarse a una fiesta de pijamas unisex, así que el grupo la dejó antes de lo habitual para que ella no alterara sus planes. Otra amiga me dijo que la habían marginado por no permitir que su hijo de 16 años fuera a México sin ningún adulto durante unas vacaciones de primavera.

Es un equilibrio delicado el criar a niños ya mayores. Quieres que sean independientes, pero un error puede cambiar la trayectoria de sus vidas. Quieres que tu hijo o hija sea aceptado por sus iguales, pero no al precio de poner en riesgo su seguridad. Quieres que sean dignos de confianza, pero a veces sabes que todavía no puedes confiar del todo en ellos.

En última instancia, mi decisión de no permitir que Sienna tenga una cuenta de Instagram fue por dos razones: primero, quiero protegerla de la presión de buscar un cuerpo y una cara perfectos que deriva de ver el mundo a través de retocados y filtros.

La presión ya es muy alta para las adolescentes. Fue alta para mi adolescencia, anterior a la existencia de los medios sociales. Instagram actúa como una olla a presión, aumentando la intensidad de las expectativas sociales y creando una desconexión mucho mayor entre la realidad y la perfección escenificada que aparecía en las revistas de moda que predominaron en mi adolescencia.

Segundo, no quiero ofrecerle tentaciones para las que sé que no está lista. Ya sea la tentación de mirar cosas que no debiera mirar o la tentación de unirse a la crueldad de las chicas de Instagram que avergüenzan a otras para lograr sentirse mejor. No son batallas para las que mi hija esté lista para luchar. Necesita tiempo para desarrollar y fortalecer su carácter y espacio para descubrir quién es y tener confianza en sí misma antes de estar lista para afrontar esas tentaciones.

Detesto que tenga que pagar el precio socialmente de mi no, pero al mismo tiempo sé que es un precio más bajo que el que pagaría si dijera que sí. Y este es un balance que estoy más que dispuesta a asumir, no importa la soledad que nos haga sentir a ambas.

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