El mundo lucha contra las bolsas de plástico, mientras EE.UU. hace cosas curiosas

Diez Estados de la Unión aprueban leyes que prohiben... ¡prohibir las bolsas de plástico!

El plástico es un material muy práctico y por ello es omnipresente en la vida de cada día. De hecho, es muy maleable, es más, es tan maleable que se le llama precisamente “plástico”; además es muy ligero, y finalmente es casi indestructible.

Es precisamente este último punto fuerte el que hace que el plástico (o mejor las “materias plásticas”, porque de hecho hay de muchos tipos) sea altamente problemático desde el punto de vista ambiental. No solo se descompone muy lentamente, sino que además se fracciona en los llamados “microplásticos”, que acaban en la cadena alimentaria, y al final en nuestra propia mesa.

De hecho, están presentes hasta en el agua que bebemos, tanto en la del grifo como en la embotellada, y también son ingeridos por muchos organismos marinos, como por ejemplo el famoso krill. Estos pequeñísimos crustáceos, que constituyen el alimento base de numerosos animales marinos, son capaces de transformar, a través del proceso digestivo, los microplásticos en los llamados “nanoplásticos”. Se trata de “una dinámica anteriormente no identificada en la amenaza que representa la contaminación plástica”, observa Bengtson Nash, de la Griffith University, en Queensland (Australia), citado por La Repubblica.

Las bolsas de la compra

La aplicación considerada más problemática del plástico son las clásicas bolsas de la compra, y también las bolsitas ligeras de plástico, en la que en los supermercados se embolsan (o embolsaban, pues se han prohibido en varios países europeos) la fruta y la verdura.

Según el sitio Priceonomics, citado por el diario alemán Die Welt, a nivel global se usan cada año unos 500.000 millones, de las que cada unidad se utiliza un tiempo medio de apenas 12 minutos, o sea, ese breve arco de tiempo que cuesta llevar la compra del supermercado o de la tienda a casa.

Cuando estas bolsas se tiran, explica Priceonomics, no sólo obstruyen el sistema de alcantarillado y los canales de vertido, sino que matan cada año, según las estimaciones, a casi 100.000 mamíferos marinos (por ejemplo por sofocación u obstrucción intestinal) y contaminan los mares y el ambiente (vertidos incluidos) durante mil años.

Normas anti-plástico

Para hacer frente a la contaminación de las bolsas de plástico, muchos países del mundo han introducido medidas para frenar o incluso detener su difusión. Hasta ahora, 32 países, entre ellos 18 – más de la mitad africanos — las han prohibido directamente. En la lista destacan nombres, junto a Francia o Italia, los de Camerún, India, Kenia, Papúa-Nueva Guinea y Senegal.

La prohibición más drástica es la que se ha llevado a cabo en Kenia. De hecho, quien produce, vende o importa bolsas de plástico puede ser sancionado con multas de hasta 19.000 dólares o incluso 4 años de cárcel, explica Priceonomics. Que África esté liderando a los continentes ‘prohibicionistas’ se explica también por preocupaciones de carácter higiénico-sanitario: las alcantarillas atascadas aumentan el riesgo de brotes de malaria. En India en cambio, la prohibición introducida en 2002 tiene una motivación religiosa: hasta 20 vacas (consideradas sagradas en la religión hindú) mueren cada día en el país tras ingerir bolsas de plástico.

Otros países, en cambio, han decidido introducir un impuesto especial a las bolsas de plástico. Entre estos 18 países se encuentran Botswana, Bulgaria, Dinamarca, Sudáfrica, Suecia y Turquía. Otros 17 países, como Brasil, Japón, Somalia y España, han introducido una prohibición parcial o una tasa.

La anomalía estadounidense

En este panorama no demasiado oscuro, en el sentido de que al menos 67 naciones del mundo han introducido legislaciones anti contaminación sobre las bolsas de plástico, falta Estados Unidos. Como explica el sitio Priceonomics, la situación en la Unión es anómala e incluso contracorriente.

De hecho, sólo dos Estados han establecido leyes que prohiben el uso de las controvertidas bolsas de plástico de usar y tirar: son las Islas Hawaii y California. Y mientras el Distrito Federal de Washington DC ha introducido una tasa sobre el uso de las bolsas, en 4 Estados — Delaware, Maine, Nueva York y Rhode Island — se han puesto en marcha programas para reciclar y reutilizar las bolsas.

Sin embargo, otros diez Estados — y esta es la gran anomalía — tienen leyes que prohiben la prohibición de las bolsas de plástico. Son diez Estados, observa el artículo de Priceonomics, en los que “el influyente lobby de la industria del plástico ha dado sus frutos”. Se trata de (en orden alfabético): Arizona, Florida, Idaho, Indiana, Iowa, Michigan, Minnesota, Mississippi, Missouri y Wisconsin.

En tres de estos Estados, Arizona, Idaho y Missouri, la ley prohibe “inexplicablemente” a las ciudades y condados que prohiban el uso de las bolsas, observa a su vez el Mercury News en un editorial publicado el pasado mes de noviembre.

Las normas anti-plástico funcionan

En su editorial, el Mercury News explica que la decisión de California de reducir la montaña de plástico funciona, y muy bien. De hecho, la cantidad de bolsas de plástico recogida durante la última Coastal Clean-up Day, organizada cada año en el mes de septiembre, ha descendido el año pasado un 72% (casi tres cuartas partes) respecto del 2010. Las bolsas de plástico constituyen ya solo el 1,5% de toda la basura recogida a diario, respecto al casi 10% en 2010.

Antes del referendum de 2016 y del “sí” del electorado californiano a la llamada Proposition 67, la industria del plástico producía unos 15.000 millones de bolsas de usar y tirar para los consumidores del Golden State, utilizando para ello casi 2 millones de barriles de petróleo, subraya el sitio. De toda esta marea de plástico, los californianos reciclaban sólo el 3%.

Otro ejemplo es China, donde según Priceonomics la situación estaba tan degradada que se acuñó la expresión “contaminación blanca” para indicar la causada por las bolsas de plástico. Con la prohibición, decidida hace diez años, la presencia de bolsas de plástico en los vertidos ha bajado del 60 a casi el 80% circa, “una reducción efectiva de casi 40.000 millones de bolsas”, escribe el sitio.

Salvar los océanos

Como ya se ha dicho, el impacto de la contaminación del plástico en los mares y en los océanos es enorme. Según un estudio publicado en la revista Current Biology y realizado por la University of Queensland, Australia, y por la Wildlife Conservation Society, sólo el 13% de los océanos puede ser considerado todavía wilderness, o sea, naturaleza incontaminada o intacta. Pero se trata de un ambiente muy vulnerable, ya que la mayor parte no esta protegida, advierte la investigación.

De hecho, en la superficie de los océanos flotan auténticas islas formadas por trozos de plástico. El ejemplo más aterrador es el Pacific Trash Vortex, situado a medio camino entre California y las islas Hawaii. Según la fundación Ocean Cleanup, la enorme masa está compuesta por unos 1,8 billones de fragmentos de plástico, de los que las piezas más grandes (los megaplásticos, de 50 centímetros en adelante) representan el 53% de su composición. Numéricamente, la categoría más grande de esta “sopa”, conocida también como Great Pacific Garbage Patch, es la de los peligrosos microplásticos (da 0,05 a 0,5 cm), que representan el 94% del total, es decir, unos 1,7 billones de elementos.

El próximo mes de septiembre, la fundación, lanzada por el holandés Boyan Slat, de 24 años, pondrá en marcha un controvertido proyecto para liberar el Océano Pacífico de al menos una parte de este “caldo”. El objetivo es “limpiar el 50% de la masa en cinco años”, explica Slat al sitio Business Insider. No faltan las voces escépticas. Varios expertos afirman que el sistema propuesto por la fundación no funcionara, y que al contrario, provocará más daños que beneficios.

Una cosa está clara. Hay que hacer algo, porque “los océanos son la herencia común de la familia humana”, como se lee en la carta enviada en nombre del papa Francisco por el secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, a los participantes de la cuarta Conferencia de alto nivel: “Nuestro océano. Un océano por la vida”, que tuvo lugar en octubre de 2017 en Malta. En el documento, el Pontífice invita a todos a “trabajar con mayor responsabilidad para salvaguardar nuestros océanos, nuestra Casa común y a nuestros hermanos y hermanas, hoy y en el futuro”.

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