Cuando vuelve una debilidad que creías superada

Cómo mantener tu fidelidad a Dios

Me dicen que tengo que ser más maduro. Que no puede ser que salga con esas inmadureces en el momento menos pensado. Que ya tengo años sobre mis espaldas y no puedo vivir como si fuera un niño.

Me dicen que la vida es exigente y que cumplir años no es nunca sinónimo de madurez. Que el crecimiento es lento. Más de lo que yo pensaba. De dentro hacia fuera. Con altibajos y retrocesos.

A veces me sorprendo sintiendo lo que sentía un día, siendo más joven. Y me turbo, me desconcierto. ¿No había madurado ya? Parece ser que no lo suficiente.

La vida tiene eso, retrocesos que asustan. He cambiado y sigo siendo el mismo. En ese punto en el que parezco volver al origen. Cuando era más niño, más inmaduro y adolecía de tantas cosas.

Pero ahora, pasados los años, ¿cómo es posible? ¿Sigo siendo el mismo inmaduro de entonces? ¿O se trata de la vida no vivida? Esa vida que sofoqué un día buscando altas cumbres. Y tapé entre sábanas queriendo olvidar mis instintos, mis tensiones, mis pasiones, mis heridas.

Olvidarme de quién era para ser distinto… ¿Pero no tenía claro que sólo si me aceptaba en mi verdad podría madurar en lo más hondo?

Yo me fijo en las apariencias de los otros. En los rasgos sublimados. Anhelo el cielo reflejado en la carne herida.

Y me asombro de mí mismo cuando siento, cuando sufro, cuando sigo siendo el mismo. ¿No había pasado ya aquello que ahora me turba?

Vuelve de nuevo. Sigo siendo el de entonces. Había soñado con ideales tan altos. Sublimes. Blancos. Había imaginado la victoria final sobre todas mis debilidades. Era un ascenso lineal hasta la cumbre. Sin caídas.

Pero ahora veo que tropiezo y caigo. Retrocedo. Me veo cayendo metros abajo. Con lo bien que estaba soñando alturas. Y de nuevo la carne, y el barro.

No quiero negar la fragilidad de mis luchas. La inconsistencia de mis decisiones. La vaguedad de mi anhelo profundo.

Toco casi las estrellas con las manos. Y luego soy capaz de lo más sórdido, de lo más mundano. ¿Cómo pueden convivir en mí tantos extremos?

Me impresiona lo blando de mi ánimo. Me levanto dispuesto a cambiar mi historia, la de muchos. Y no lo logro. No sé si es que estoy centrado demasiado en mí mismo.

“Cuanto más maduros seamos tanto más tenemos que eliminar la búsqueda consciente y directa de cobijamiento y descanso. Así es, si buscamos a Dios desinteresadamente, el descanso, la felicidad y el cobijamiento surgirán espontáneamente[1].

Dejo de pensar en mí. No soy el centro. Tendré que buscar a Dios desinteresadamente. Me parece imposible.

Si siempre lo busco para tener paz. Si lo persigo para que me regale su amor misericordioso. Si lo deseo apara descansar en sus brazos y notar el latido de su corazón pegado a mis entrañas.

Si lo que quiero es echar raíces en su interior para que desaparezca de mi vida esa sensación cruel de desarraigo y de abandono.

La palabra resuena en mi interior. Buscarlo desinteresadamente. Yo que soy la persona más interesada que conozco. Quiero el bien para otros. Pero sé que me busco a mí mismo tan a menudo en mis actos aparentemente más altruistas. Que la apariencia no me engañe.

Dios quiere que me descentre. Para que Él nazca y sea mi centro. Me dice el padre José Kentenich que el ideal es y sigue siendo la filialidad madura, depurada. Esta se abre a lo alto, a Dios, sin reservas ni condiciones; pero, hacia los lados, guarda celosamente su secreto; es fuente sellada, es jardín cerrado. Si la filialidad para con Dios mantiene una apertura sin reservas, el Espíritu Santo no sólo descenderá al alma filial por esa puerta abierta, sino que calará hasta en sus más recónditos entresijos”[2].

Estoy llamado a ser hijo. Tal vez eso es lo que más me sana por dentro. A mí que estoy tan roto y necesitado.

Desinterés en mi entrega. Desinterés en mi amor generoso. Desde las raíces más hondas. Sólo así será posible. Un jardín cerrado mi alma. Abierto hacia Dios. Guardado frente a los hombres.

Sólo así aprenderé a crecer. Con inmadureces. Con retrocesos. Con caídas. Pero espero que desde dentro. Desde mi verdad. Desde el lugar en el que Dios viene a hacer su morada. La cueva de pastores. La gruta escondida. Por donde voy y vengo.

Quisiera tener paz. Digo que para darla. O felicidad. Para compartirla. Sigo estando yo siempre en el centro. Y no me descentro buscando a Dios desinteresadamente.

¡Cuánto me falta para crecer desde dentro! ¡Qué lejos me queda esa meta que sueño, que anhelo, que dibujo en el cielo!

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] Kentenich Reader Tomo 3: Seguir al profeta, Peter Locher, Jonathan Niehaus

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