Vivir el matrimonio distanciado por migración, exilio, enfermedad o prisión

El matrimonio implica siempre una situación de convivencias compartiendo mesa, techo y lecho, mas no siempre puede ser así, como vemos en este caso atendido en el consultorio matrimonial y familiar de Aleteia. 

La economía de nuestra pequeña ciudad se vino a pique, por lo que mi padre perdió su trabajo. Fue un trance difícil en el que lo escuché hablar con mi acongojada madre acerca de la decisión de emigrar a otro país, para trabajar y enviarnos desde ahí el dinero suficiente para sufragar los gastos familiares. Consolaba a mi madre afirmándole que más pronto que tarde nos reuniríamos todos de nuevo bajo el mismo techo.

Mi padre viajó al extranjero y durante un largo tiempo lo vimos solo una vez al año. Enviaba religiosamente remesas de dinero que nos sacaron adelante, y en cuanto pudo, regresó para retomar felizmente nuestra vida familiar juntos.

¿Cuáles fue la asignatura que mis padres hubieron de pasar para preservar lo esencial de su matrimonio?

Lo fui comprendiendo desde el plano de la propia experiencia, cuando al formar mi propio hogar, hube de pasar por la dificilísima prueba de una sentencia penal por la que mi esposo fue a prisión en lo que serían en principio, cinco largos años.

Durante este tiempo decidí seguir el ejemplo de mis padres, para lo cual, acudí a recibir ayuda profesional que me diera la capacidad de trasmitir a mi esposo todo mi amor y la certeza de que su familia lo esperaría siempre. Mientras tanto seguiríamos formando nuestra propia historia como matrimonio y como familia. Era consciente de que necesitaba profundamente ese aliciente para superar sus momentos de desesperanza.

Y esto fue es lo más importante que aprendí:

Que la experiencia de mis padres, fue en su momento un ejemplo, de que, si bien el matrimonio implica siempre una comunidad de vida en una situación de convivencia, compartiendo mesa, techo y lecho, no siempre puede ser así, y puede caber entonces el derecho de una relación de convivencia, por la que los esposos siguen siendo copartícipes y solidarios de un destino común.

Que puede haber verdadero matrimonio, y existir comunidad conyugal con una vida matrimonial muy reducida, en situaciones como lo puede ser el caso de inmigrantes, exiliados, encarcelados. Internados por enfermedad mental grave, etc.

Y que por tanto “situación de convivencia” y “relación de convivencia” no son lo mismo.

Comprendí entonces que, velando por la relación de convivencia, podía resguardar las propiedades esenciales de nuestro matrimonio, y que aun cuando careciéramos de la alegría de estar y convivir juntos bajo el mismo techo, nada impedía el que hubiera entre nosotros una verdadera e íntima comunicación en medio de las circunstancias.

Fue por ello que me decidí a perseverar en un propósito fundamental.

Ser para mi esposo. Seguir compartiendo con él los mismos horizontes y la mutua consciencia de las cosas del mundo que nos rodeaba, sobre todo en lo relativo a nuestra familia.

Por ello, en medio del esfuerzo por resolver las necesidades que se iban presentando, me esforzaría por impedir que mi esposo se convirtiera en un extraño que no entrara ya en el ámbito de nuestras relaciones familiares, teniéndolo siempre en cuenta como un ser de necesidades de todo tipo, y sobre todo de afecto.

Aceptaría que aun cuando mi esposo en vez de ofrecernos compañía o ayuda en nuestras necesidades cotidianas, me presentaba una situación carencial y problemática, debía estar dispuesta a la abnegación y al sacrificio, como algo que por amor le correspondía. 

Poco a poco a mi esposo comprendió, que, si bien no estaríamos físicamente juntos e igual no conviviríamos por un tiempo, yo y mis hijos seguíamos siendo de él y para él. Eso le ayudó a recuperar su dignidad y trabajó duro en los talleres internos del reclusorio aportando económicamente, mientras seguía de cerca todos los acontecimientos familiares como cabeza de familia, cercano y cariñoso en nuestras visitas familiares.

Aprendí finalmente que en medio de las adversidades el “único nosotros“ fue la nave segura que pudo llevar a puerto nuestro matrimonio y que esa había sido la asignatura que habían aprobado mis padres.

Por su buen comportamiento la pena de mi esposo fue reducida a solo tres años, mismos que no impidieron que en el trance nos uniéramos más.

“Ser para el otro” en cuanto entrega plena y total, permite que nazca un “único nosotros” que define profundamente la naturaleza del matrimonio y de la misma familia, de tal modo que sus conflictos solo aparecen en la medida en que sus miembros se instalan solo en un mero “estar junto al otro” o “estar con o frente al otro” sin aspirar a llegar a niveles más altos en el amor conyugal.

Por Orfa Astorga de Lira

Consúltanos a: consultorio@aleteia.org 

  

 

Let's block ads! (Why?)

Etiquetas:
Reacciones:

Publicar un comentario

Su mensaje será revisado antes de publicarse. Contenido ofensivo o agresivo será eliminado. No es un sitio de debate sino de formación religiosa y evangelización.

[facebook][blogger]

Diocesis de Celaya

Forma de Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets