Jesús alecciona a los fariseos: “serpientes, raza de víboras”

¿Cómo habría contado la prensa el día a día de Jesús en esta Semana Santa? Vive con Aleteia desde una mirada distinta los acontecimientos de estos días

The Jerusalem Times BC. Edición vespertina del martes.

Tras un día que el periodismo coincidió en definir como “de furia”, Jesús de Nazaret tuvo un martes de polémica con los sacerdotes, pero sin milagros ni actos extraordinarios.

Los soldados del Prefecto Poncio Pilatos respiraron, ya que la información que les había llegado de ayer, con el activista echando mercaderes e insistiendo con su visión apocalíptica para la ciudad les hacía temer lo peor.

¿Se apagará la amenaza? El supuesto profeta visitó el templo una vez más. Peregrinos y ciudadanos de Jerusalén estaban expectantes, lo rodeaban, no pidiendo milagros sino esperando verlos. Pero no los vieron.

Los recién llegados comenzaron incluso a dudar de quiénes hablaban del milagroso Jesús, y los mismos que los habían presenciado el domingo, comenzaron a desentenderse.

Una anciana, con muchas pascuas en sus espaldas, Sara, preguntó a este cronista al identificarlo como tal: “¿No fue el domingo que lo recibieron con palmas, y que quedaron asombrados con sus milagros? ¿Ya se olvidaron todos?”.

Sin milagros, el Nazareno se dedicó a hablar todo el día. Primero con los sacerdotes en el templo. Conversando con Mateo, uno de sus alfiles, pudimos recrear algunos de los diálogos con algunos de los hombres más sabios de la ciudad. “

¿Con qué autoridad pretendes enseñar?”, le preguntaron, pero Jesús evitó responder haciéndoles otra pregunta, en este caso sobre su primo Juan el Bautista.

La misma anciana Sara, nos confirmó esa discusión entre risas: “La pregunta de Jesús los descolocó por completo. Si le quitaban mérito al Bautista, aquel que injustamente mató Herodes, se pondrían en contra a todos. Encima luego comenzó a hablarles en parábolas. No sé si le entendían, pero la ira por saberse menos inteligentes que este hijo de carpintero se sentía a leguas de distancia”.

Otra encerrona armada para Jesús vino de parte de un grupo de fariseos. Un infiltrado de Pilatos la presenció y la recreó con precisión para hacerla llegar al Prefecto.

Cuando le preguntaron si estaba permitido pagar impuestos al César, al que, es sabido, muchos defenestran, aunque no en público para no sufrir represalia, Jesús, un paso adelante, les respondió: “Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto”.

Y al ver el denario y mostrarles el rostro del César, les replicó: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Al igual que la anciana, el agente de seguridad de Pilatos sonrió al relatar el diálogo. El Nazareno podrá ser un ilusionista, pero no se ha visto quién domine la palabra y la discusión como él en años.

Ya sobre la tarde, cuando la falta de milagros comenzó a hacer que la mayoría se alejen, repitió su retórica contra los fariseos del Templo. Lo hizo con una vehemencia nunca antes vista, aseguró Sara.

Mateo confirmó las palabras con precisión, aunque evitó hacer comentarios. Sabe que es de los discípulos más preparados para asumir la portavocía de su Maestro, pero quiere evitar hacer comentarios personales. Podría tranquilamente ser periodista.

Insensatos, ciegos, hipócritas “que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno”, son solo algunos de los comentarios que les dedicó el Nazareno antes de cerrar con un “serpientes, raza de víboras”. La dureza de las palabras contrastaba con un rostro triste, “y más se notó cuando dijo que no lo verían más allí”, atinó a decir Mateo.

Cuando Pilatos oyó los comentarios de Jesús sobre los fariseos y escribas explotó a carcajadas; hubiese querido estar ahí para oírlas. Pero uno de sus asesores lo frenó y le advirtió de la furia del Sanedrín, incluso mayor que la del lunes tras el escándalo de los mercaderes. Y le confirmó que comenzaron los sondeos para lograr una condena efectiva contra él, e incluso acabar con su vida.

“¿Por qué lo juzgarán?”, preguntó el Prefecto, según nos confirmó un testigo presencial de la reunión. Ante el silencio, Pilatos reprendió a sus agentes por la falta de información. Pero uno se defendió: “Es que ni ellos saben”.

La higuera

Sobre el final del día, y antes de regresar a la redacción del diario para la elaboración de esta crónica, visitamos la Higuera que el día anterior el Nazareno había maldecido. Estaba seca. No es tiempo de higos, está claro.

Pero se necesitarían varias jornadas de sol sin noche para secar una higuera con hojas frescas tan rápido y de esta manera. Imposible pensar que era una higuera sana un día atrás. Es una incógnita más que deja el camino del Nazareno, un hombre ante el que este mismo periodista, incrédulo y escéptico de todo, comienza a dudar.

¿Será quién dice ser? Tampoco es tan claro al respecto. Logramos dialogar unos segundos con él en el día de hoy, y la pregunta, más personal que profesional, fue justamente “¿Quién eres?”. Y su respuesta, incluso sin preguntar quién era el que preguntaba- parecía conocerme- fue: “Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo”. La autoridad con la que se expresó dejó sin palabras para la réplica, aún a un periodista.

Mateo vio mi estupor, sonrió, y me prometió hablar más pasada la Pascua.

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