Evangélicos y política en América Latina

Los datos históricos sugieren que, durante la mayor parte del siglo XX, desde 1900 hasta la década de 1960, al menos el 90 % de la población de América Latina era católica.

A partir de 1970 el mundo evangélico, especialmente neopentecostal experimenta un crecimiento exponencial.

En 2017 se estima que solo el 57 % de los latinoamericanos se identifican como católicos, mientras que el 22 % pertenecen a las iglesias evangélicas y el 10% son “creyentes sin religión” o “no afiliados”.

Según Latinobarómetro los evangélicos han crecido en toda la región, en su mayoría pentecostales (80%). En Honduras son un 41%, en Guatemala un 40%, en Nicaragua un 37% y en Chile han superado el 25%.

En Brasil según los datos del Censo, en 1970 los católicos eran un 92% y en 2014 un 61%, mientras que los evangélicos llegan al 26% (en su mayoría pentecostal).

En Uruguay el catolicismo ha descendido desde 1970 a 2017 de un 63% a un 38% y los evangélicos llegaron a un 15%.

Pero es importante recordar que los católicos “practicantes” son una ínfima minoría dentro de los “católicos nominales”, en cambio en el mundo evangélico la amplia mayoría son “militantes” en su fe y compromiso religioso.

Por otra parte, la tendencia que más crece en Uruguay (24%) y en el resto de occidente son los “creyentes sin afiliación religiosa”, es decir, personas que tienen creencias religiosas y prácticas espirituales, pero no se consideran pertenecientes a ninguna institución religiosa. Dentro de todo este panorama, el amplio mundo evangélico neopentecostal no solo ha crecido en número, sino también en visibilidad e influencia.

La pérdida de poder e influencia de la Iglesia Católica en varios países ha hecho que muchos líderes políticos vayan a buscar votos en otros sectores religiosos. Además, tanto la Iglesia Católica como las iglesias protestantes históricas no señalan candidatos ni pautan el voto de sus fieles. En cambio, sí lo hacen los evangélicos neopentecostales.

No es casualidad que algunos partidos políticos, habiendo perdido fuerza de convocatoria, hayan abierto sus puertas a figuras que vienen de las megaiglesias neopentecostales, cuyo poder económico, influencia mediática, convocatorias multitudinarias y presión social, se han hecho sentir en la agenda pública de varios países del continente. Muchos políticos han visto en las alianzas con estas iglesias un gran número de votos asegurados.

Dentro de la diversidad “evangélica”

El amplio mundo cristiano en América Latina es muy diverso, plural y cambiante. Si bien muchos se autodenominan “evangélicos” o “cristianos evangélicos”, son muy diferentes entre sí. No son iguales las iglesias protestantes históricas (luteranos y reformados) que las iglesias evangélicas libres (Metodistas, Bautistas, Valdenses, etc) y tienen diferentes posturas respecto a temas éticos y políticos. Tampoco se puede homologar a los evangélicos pentecostales clásicos (Asambleas de Dios, Iglesia de Dios, etc), con los neopentecostales que surgen en la segunda mitad del siglo XX.

Estos últimos crecen a partir de los años 70 y 80 con una gran presencia en los medios de comunicación, marcados por las “teologías de la prosperidad”, posturas conservadoras en cuestiones morales y un marcado fundamentalismo bíblico.

Cuando se usa la palabra “evangélicos” para incluir todo en un mismo conjunto, se comete una grave generalización y se da lugar a incontables malentendidos. Por esa razón nos concentraremos en los neopentecostales, que son quienes han dado un gran giro al compromiso “evangélico” en la política y experimentan una notoria visibilidad en asuntos públicos en los últimos años.

Política y neopentecostalismo

José Luis Pérez Guadalupe, exministro del Interior en Perú, sociólogo, politólogo y teólogo católico, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), en su nuevo libro “Evangélicos y poder en América Latina” (2018), junto a especialistas de diez países, da a conocer cómo se han transformado las relaciones entre el mundo evangélico-pentecostal y la política en el continente latinoamericano. Esta investigación aporta una mirada profunda y aguda sobre un fenómeno complejo y cambiante. Algunas de sus tesis nos dan un panorama muy concreto de las características de las nuevas tendencias que tienen las iglesias neopentecostales en su relación con la política.

Durante décadas los evangélicos más conservadores y los pentecostales en particular tenían un fuerte rechazo a cualquier vínculo con la política, especialmente exhortados a esperar la segunda venida de Cristo y a desentenderse de temas “mundanos”. Pero esto cambió a partir de la década de 1980 y especialmente en los años 90 hasta la actualidad.

A partir de la década del 1990, a medida que iban creciendo en número e influencia mediática, comienzan a reclamar un lugar en la sociedad para iluminar con su mensaje a todos. No hay una instrumentalización de la fe con fines políticos, sino al revés: se ve en la política un instrumento al servicio de la misión religiosa: “ganar a todos para Cristo”. Esto va de la mano en que buscan no tanto las multitudes de pobres como fue en décadas anteriores, sino llegar a sectores de influencia: políticos, grandes empresas, periodistas, comunicadores, y personajes “famosos”, con una visión más estratégica para poder “influir” desde los lugares de poder.

Los neopentecostales en general no se sienten amparados en ninguna tradición evangélica, ni en ninguna agrupación de iglesias cristianas, sino que se apoyan en sí mismos como la máxima autoridad, o en algunos casos buscan “coberturas espirituales” de “apóstoles”, pagando la cuota correspondiente. Sus pastores tienen el control total de sus iglesias, sus emprendimientos y controlan absolutamente todo, con un marcado autoritarismo basados en su “poder espiritual”. La amplia mayoría de los fieles de este tipo de iglesias se acostumbran a obedecer al pastor en todos los aspectos de la vida y hasta en sus decisiones más íntimas, por miedo a perder la bendición del mismo y los beneficios “espirituales” que reciben de su ministerio.

Tienen más impacto electoral que político, porque no han desarrollado un pensamiento social y político propio, ni planes de gobierno. Trasladan con mucha ingenuidad “principios bíblicos” como si la política fuera una megaiglesia.

Cuando se unen lo que los aglutina no es una ideología política compartida, sino una agenda moral común, generalmente provida, profamilia y contraria a la llamada “ideología de género”.

No existen “partidos evangélicos” (confesionales), sino más bien partidos “denominacionales”, es decir, vinculados a un grupo o iglesia particular de corte neopentecostal que busca vincularse a algún partido que le permite incidir. No hay interés en representar a todos los evangélicos, sino de utilizar la influencia y el poder político con fines morales y religiosos.

Lo que les ha funcionado mejor son las “facciones evangélicas”, es decir, colocar congresistas evangélicos en diferentes partidos políticos, sin ningún reparo de pasarse de un partido a otro, buscando siempre los objetivos de la iglesia.

Según Pérez Guadalupe no se ha podido comprobar empíricamente un “voto confesional”, “que lleve a los evangélicos a votar por candidatos evangélicos, ni tampoco se ha demostrado que el factor religioso sea determinante en contiendas electorales”. Considera que “existe una sobrepresentación política de los evangélicos que no se refleja en los votos”. Sin embargo, se sabe que pueden ser apoyados por quienes compartan su agenda moral y que no es igual en todos los países. A pesar de estos matices considera que “lo que ha sucedido en varios países del continente ha significado la consolidación de los evangélicos neopentecostales como los nuevos actores políticos del continente”.

Fuente:

José Luis Pérez Guadalupe – Sebastián Grundberger (Eds), Evangélicos y poder en América Latina. Konrad Adenauer Stiftung. Lima, 2018.

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