¿Qué hay que hacer para ser eterno? Poca cosa…

Me muevo entre el cielo y la tierra. Deseando el cielo aquí, ahora, en todo lo que hago. Queriendo retener entre los dedos esos momentos de cielo que cuento como sagrados.

Quiero encontrarme con Jesús cada mañana para saber qué piensa, qué quiere, qué necesita de mí.

Como en una entrevista en la que me detengo ante el otro para llenarme de su presencia. Y le pregunto dentro de mi propia alma: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”.

Esa pregunta resuena en mi corazón con fuerza inusitada. ¿Tengo que hacer algo en concreto para poder ser eterno? ¿Hay un manual de instrucciones para saber qué hacer en cada circunstancia de mi vida?

Me gustan las respuestas exactas, los caminos precisos. Marcados con señales que me avisan de todos los riesgos posibles:

Haz esto. Deja de hacer esto otro. Vete y no peques más. Deja de hacer lo que estás haciendo. Compórtate mejor. No estás a la altura”.

¿Qué tengo que hacer para vivir para siempre? En ocasiones me lo planteo. Y pienso que necesito no cometer errores. Hacerlo todo bien.

Vivir con una pureza que desconozco. Sin errores, sin fallos. Creo que tengo que discernir siempre lo correcto, lo que Dios quiere.

¿Estará Jesús desilusionado conmigo cuando me mira al final del día? ¿Como si viera que tengo muchas capacidades, he recibido mucho, y no estoy dando nada? ¿Como si se indignara al ver mi pasividad, mi pereza, mi egoísmo?

¿Me habla Dios cada mañana para mostrarme el camino a seguir? Leía el otro día:

-Te he preguntado, Viktor, si crees que Dios nos oye, si Él piensa realmente en nosotros, gente horrorosamente torturada y humillada. Responde: Tenía yo catorce o quince años cuando descubrí que la mejor definición de Dios es, quizás la de ser el interlocutor de nuestros diálogos más íntimos. Esto significa que lo que uno piensa en su soledad, y en la máxima sinceridad consigo mismo, se lo está diciendo a Dios”.

Miro a Jesús en mi alma. Él escucha mis voces interiores. Me contempla en mis silencios. Y me responde con un abrazo cuando lloro ante Él.

Y me dice qué tengo que hacer, a su manera, cuando lo escucho. Pero a mí me sigue costando entender el significado de la palabra discernimiento.

No sé bien qué quiere que haga para llegar a ser eterno. Reconozco en mi corazón que quiero estar con Él todos los días de mi vida.

Allí no tendré el límite del tiempo y del espacio. ¡Cuánto podré amar! No tendré esos límites que hacen que aquí vaya con prisa de un lado para otro sin descanso. Sin lograr hacer bien todo lo que deseo.

¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”. Resuena en mi alma la misma pregunta. ¿Estoy aprovechando bien la vida que Dios me regala, los días que crecen delante de mis pasos?

Me gusta pensar que Jesús me sonríe cada vez que le miro al final de la tarde. Se da cuenta de mis debilidades, de la enfermedad de mi alma y sonríe.

Sabe cuáles son mis límites y confía en todo lo que puede lograr en mi carne mi sí débil y cansado.

No me recrimina cada vez que llego cargado de omisiones, sólo sonríe. Y simplemente quiere que yo sea feliz. Tan solo eso.

Él sabe el camino que he de seguir para ser más feliz. Lo seré cuando deje de lado todos mis miedos y confíe más en el poder de su abrazo.

Lo seré cuando no me aferre tanto a sueños imposibles que me quitan la paz, y viva el presente con una sonrisa ancha en el alma.

Lo seré cuando haga de mi camino en la tierra el cielo soñado. Lo seré cuando deje de preocuparme antes de tiempo por cosas que no están en mi mano o no tienen solución.

Yo sufro por apegos que tal vez no estén bien ordenados dentro de mí. Ya no lo sé bien. Jesús sólo quiere que ponga mi corazón en el suyo.

Parece tan sencillo, no lo consigo. Sólo quiere que aprenda a dejar mi barca en sus manos. Él conoce la ruta.

No sé muy bien qué hacer para heredar la vida eterna. Para vivir en armonía con Jesús para siempre. Para vivir a su lado, descansando en su pecho. Es el sueño que mueve mis pasos.

Esta pregunta no se convierte en una amenaza. Más bien es un consuelo. No tengo que hacer tanto.

Tal vez necesito más dejarme hacer por Él. Jesús me ama y su amor me cambia. Y entonces hago mías las palabras de S. Agustín: “Ama y haz lo que quieras”.

Si lo que mueve mis actos es el amor, estoy en el camino.

Si el amor prevalece sobre mi orgullo, mi vanidad, mi egoísmo, estoy dejando paso al cielo dentro de mi tierra. Se está haciendo eterno mi presente limitado y esquivo. Yo sé cuándo mi amor es verdadero y eterno.

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