¿Cómo volver al hogar espiritual cuando no puedes más?

Cuando el corazón está vacío y triste no sabe encontrar el camino de vuelta a casa. Uno recuerda en su angustia tiempos mejores y desea lo que ahora no tiene.

Sueño con lo que un día fue, con lo que ahora no tengo. En momentos de oscuridad siempre recuerdo con luz tiempos pasados mejores.

El hambre es dañina. No me deja ver mi vida con objetividad. Me conduce de forma frenética buscando la satisfacción del deseo. Saciar el hambre cueste lo que cueste.

El hambre es mala consejera. Puede llevarme por caminos difíciles o puede conducirme de vuelta a casa. Todo depende. No siempre el hambre me lleva en busca de un abrazo salvador.

Puede hundirme más y más en la búsqueda enfermiza de mí mismo. Puede ahogarme en lo más profundo de un pozo. Si no pido ayuda puedo morir yo solo enterrado en mi propio barro. Eso lo sé.

Necesito salir de mis miedos, de mi orgullo. Ese orgullo que no me deja pedir ayuda, suplicar que me salven. Es tan difícil dejarme ayudar cuando me he acostumbrado a ser siempre yo el que ayuda… El orgullo no me deja pedir ayuda.

La necesito, estoy vacío, pero no sé volver a encontrar de nuevo el camino, no sé suplicar que me ayuden. Puede que me rodee de los que no me dan respuestas verdaderas o me aconsejan mal. ¿Cómo me pueden ayudar si no me dejo? ¿Cómo hago yo para que me escuche quien no me quiere oír? Comenta H. Nouwen:

“Yo fui herido, como lo fuisteis vosotros y cualquier otro ser humano. La mayoría de los padres son lo mejor y lo más grande, pero, en la experiencia humana, los padres son también personas muy dañadas y limitadas. Cuanto más desean dar a sus hijos lo mejor, sus propias limitaciones les impiden hacerlo y, en contra de sus deseos, comunican un amor limitado”.

Tal vez me han herido de forma involuntaria. La necesidad nubla la vista. Me cierro en mi egoísmo. Me ahogo en la herida de mi alma que me hace sufrir.

El hijo que ha matado en su recuerdo a su padre no quiere volver a ser hijo. Porque ser hijo evoca dependencia, sumisión, obediencia.

Y el que se ha marchado no quiere desandar el camino andado. No quiere estar de nuevo sometido y obedecer. No quiere desaprender los hábitos nuevos aprendidos.

El hijo alejado, el dilapidador, el que lo ha gastado todo. Ese hijo que ha reclamado una herencia que aún no era suya. Ese hijo no quiere vivir en casa.

Prefiere el hambre del camino, la soledad del abandono, la humillación del desprecio. Eso antes que volver a ser esclavo, siervo, dependiente.

Ese hijo autónomo, que ahora pasa hambre, puede seguir dos caminos diferentes. El de la salvación o el de la perdición definitiva. Siempre está esa segunda opción ante sus ojos.

Puede desandar el camino haciendo un acto de humillación. O puede empeñarse en recorrer la senda por la que ha avanzado hasta ahora. Apurando las heces del fracaso.

Siempre es posible caer más bajo. Soy libre. Puedo elegir al padre o el desierto. La casa o el camino sin descanso. El agua de la fuente o la sed. El alma saciada de alimentos o el hambre.

Soy libre. O al menos tengo esa libertad enferma herida por el pecado, por mi pobreza. ¡Cuántas personas conozco que han seguido el camino equivocado!

Hubiera deseado decidir por ellos. Es la gran tentación del padre. Querer reemplazar la voluntad enferma del hijo por la propia más sana. Querer evitar su sufrimiento, su hambre, su caída.

Es el deseo de abusar del poder que el hijo le da al padre. Para que no se equivoque, para que no recorra caminos confusos y perdidos.

¡Cuánto respeto debo tener como padre frente a mi hijo! No puedo evitar que reclame su herencia. Ni que tenga hambre y sufra. Ni que trabaje para nada. Y cometa un error tras otro sin nadie que le dé el consejo adecuado.

El padre que aguarda, que respeta, que mira desde lejos. El padre que no interviene para evitar la caída. Deja libertad y espera confiado a que el hijo decida correctamente.

Me gusta mirar a ese hijo asustado. ¿No he sido yo ese hijo muchas veces? ¿No vuelvo a huir de casa de vez en cuando buscando una libertad que anhelo?

Quiero ser feliz a mi manera. Sin control, sin un padre que vigile y guarde mis pasos. Quiero gastarme lo que tengo. Aunque pierda toda mi fortuna y no sea feliz, y tenga hambre.

Yo soy ese hijo perdido que soñó una vida plena sin tener que obedecer a nadie. Y lo vuelvo a ser cuando me alejo, me entristezco, pierdo el sentido de mis pasos y me creo capaz de gobernar mi vida sin ayuda.

Soy yo cuando reclamo al mundo que me dé aquello a lo que creo tener derecho. Soy ese hijo sin padre buscando hogar. ¡Cuántas personas conozco que no tienen padre ni hogar, que no descansan y mendigan obsesivamente el amor de los hombres!

Ojalá el hijo encuentre siempre el camino de vuelta a casa. Ojalá sepa elegir bien dónde encontrar un hogar de paz.

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