¿La necesidad de cumplir te está haciendo inflexible?

Siempre tengo opciones de cambiar y hacerlo mejor. Es cierto que puedo permanecer blindado, cerrado en mi justicia, en el cumplimiento de las normas.

Puedo permanecer rígido e inflexible sin perdonar a nadie, sin ser yo misericordia para otros. Las palabras de un hijo mayor que permaneció siempre en casa son muy duras:

“El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo”.

Ese hijo tampoco cree en la misericordia. Es como el policía Jabert de la obra de Los miserables. No acepta el perdón como camino de vida.

Yo también corro el peligro de convertirme en ese hijo mayor. Me comparo con otros y veo mi alma inmaculada. No me siento valorado por todo lo que hago, siendo así que cumplo y hago las cosas bien.

Miro a mi alrededor y veo a tantos que pecan, ofenden, odian. Tantos que se alejan de Dios y dilapidan su vida. Pero yo no. Yo cumplo. Yo me exijo. Soy guardián de la norma. Soy un alma pura e impecable. ¿No es verdad que me siento así a veces?

No me tienen que perdonar nada porque hago las cosas bien. Estoy en casa con mi padre, llevo la hacienda, trabajo para él. No hay nada que pueda mejorar en mi conducta. Soy intachable, un alma sin mácula.

Y miro con desprecio a los que no son como yo. Miro desde lo alto de mi posición. El hijo mayor me conmueve. Su problema es que no sabe ser feliz en la casa de su Padre.

Vive la norma como una carga insoportable. Resiste bajo el peso del cumplimiento casi como un esclavo que cumple una condena. No disfruta de la vida porque parece que alegrarse y reír puede ser pecaminoso. No piensa en fiestas cuando las desea en su corazón. Las palabras que el Padre le dirige son sinceras:

“Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Él ha encontrado al hijo perdido. Como la viuda que encontró la moneda perdida. O el pastor que fue a buscar la oveja perdida.

La conversión del pecador alegra a Dios. Y yo tengo que alegrarme por estar en casa. Todo me pertenece. No merezco un premio especial. Simplemente me alegra disfrutar la vida y los sueños.

Veo la norma como un camino de vida y plenitud. Y el ser honrado y hacer el bien como la mejor forma de vivir, la más alegre. No quiero ver una carga en el hecho de renunciar a aquello que no me hace feliz a la larga.

El hijo mayor tiene una imagen tan pobre de su padre y de su casa… No lo conoce y no vive con alegría en su hogar. Yo no quiero ser como él, pero caigo a menudo en sus mismos juicios.

Critico la excesiva misericordia en la Iglesia. Me quejo de la mano blanda del papa Francisco. Alzo la voz reclamando el cumplimiento de lo que Dios exige. Yo cumplo, yo estoy a la altura. El papa Francisco me habla de la misericordia en su Bula y me conmueve:

“Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Es el primer paso, necesario e indispensable”.

Para ser su hijo tengo que practicar la misericordia. Debo tener una mirada comprensiva como la de Jesús. Una mirada que salva y levanta.

Si no he experimentado el perdón, si no he vivido la gratuidad, ¿cómo voy a ser misericordioso con los que caen y se alejan, con los que no cumplen y no están a la altura? Le suplico a Dios:

“Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados. Crea en mí, Señor, un corazón puro. Un corazón contrito te presento, tú nunca lo desprecias”.

Sólo podré ser misericordioso si he vivido la misericordia como una gracia en mi vida. Miro mi corazón avergonzado. He tocado la fragilidad. Necesito tocar su perdón. Su abrazo al final del camino. En la puerta de su casa espera mi regreso.

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