¿Pero cómo voy a exaltar la cruz?

La cruz no es algo que se deba exaltar si es que no se entiende. No me malinterpreten, pero a la cruz de Cristo, ¿quién la comprende verdaderamente?

Ni siquiera los apóstoles, los doce hombres más cercanos a Jesús, la entendieron. No la entendieron porque, como nos pasa a nosotros hoy en día, no creemos que Jesús es Dios, y lo rechazamos, precisamente, porque es Dios.

Es doloroso decir y reconocer esto, pero la historia está llena de ese rechazo. ¿Acaso no murieron perseguidos todos los profetas? ¿Acaso ha sido dulce la vida de los santos? El hombre odia todo lo que le excede.

Graham Greene ya lo dijo antes con palabras terribles: “Dios nos gusta… de lejos, como el sol, cuando podemos disfrutar de su calorcillo y esquivar su quemadura”.

Por eso cuando hizo la “locura” de bajar de los cielos y acercarse a nosotros lo matamos antes de comprenderlo.

Él siempre ha sido más grande que nuestras pobres cabezas y mucho mayor aún que nuestros pequeños corazones.

A veces irradia tanta luz, que no lo podemos ver y sus palabras son tan hondas, que nos resultan inaudibles. Por eso, cuando Dios se mete en nuestro interior, nos quema.

Y, qué decir de su Cruz, de su sufrimiento inaudito. Miles de veces nos hemos preguntado, como José Luis Martín Descalzo: “¿Para qué todo esto? ¿Fecunda algo este dolor, o solamente es una estéril esterilidad?”. Y nos cuesta hallar la respuesta…

Es que solo el Espíritu Santo nos puede dar el “suplemento de alma” necesario para comprender. Solo Él en la oración puede ampliar nuestra mente y ensanchar nuestro corazón para que ellos, en sintonía con Él lleguen a entender un poquito…

Porque, ¿cómo podríamos acusar a sus contemporáneos de ceguera y sordera quienes, hoy, veintiún siglos más tarde, decimos creer en Él y seguimos tan infinitamente lejos de entenderle?

Y es que las respuestas están en Jesús, solo en Él, y nos falta conocerle mucho.

En este intento Dios nos dice que no tiene más respuestas que las que ya nos dio en su hijo. Porque, solo entendiendo bien su carne, estudiando bien las heridas de su cuerpo y compartiéndolas con Él, encontraremos el porqué de las cosas.

“Eso es, hijo mío. Comienzas a entender, ningún dolor se pierde. Vuestro llanto y el mío, “nuestro” llanto es la sal que conserva el universo. ¿Sabes? Hay en el mundo tanta semilla de corrupción que es necesario un poco de dolor de contrapeso, un poco de redención que restablezca el equilibrio. El dolor no es un sueño, ni un invento sádico. No existiría si no hubiera pecado. Por el odio y la envidia sufrí los latigazos, por las crueles guerras se desgarró su carne, la frialdad y el sucio dinero araron sus espaldas. Los verdugos no eran unos monstruos sacados del infierno, eras tú, fuiste tú, “eres” tú, son tus manos las que aún hoy me flagelan. ¿Y preguntas por qué el dolor y para qué tu llanto? ¿Lo preguntas y siembras cada día esa fruta maldita del odio, que sabes que germinará muerte? Ea, lujo: déjate de preguntas, toma tu cruz conmigo y construyamos juntos la redención, como una casa grande y feliz para todos” (José Luis Martín Descalzo)

Tal vez un día comprendamos -los que ahora en el mundo subimos el Calvario de nuestras propias vidas- que Él venció a la muerte, y que vuelve; está volviendo, y tiene suficiente resurrección para todos.

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