Su Palabra es poder



En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Señor, mándame llevar tu nombre a los que no te conocen. Mándame curar enfermos. Mándame llevar la palabra del Reino a los confines de la tierra. Mándame.

Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 9, 1-6

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: "No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto. Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa".

Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El poder y la autoridad le pertenecen al Señor, pues, Él es el cordero sin mancha, digno de recibir todo el poder y la gloria de manos de su Padre. Nosotros no tendríamos ningún poder si no se nos hubiera dado de lo alto. ¿De qué poder hablamos?

No sólo del poder de curar enfermos y someter demonios. Nos referimos al poder de anunciar la buena nueva de la salvación. Proclamar el Reino de Dios es un poder que nos viene del Señor. De Él recibimos fuerza para predicar la Palabra con nuestra palabra. Todavía más, recibimos poder y gracia para hacer de la Palabra nuestro alimento y testimoniarla con nuestras vidas. Es el poder conformar nuestras mentes y corazones con el mensaje del Evangelio y encarnarlo en cada aspecto de nuestras vidas. Es el poder de ser testigos del mensaje de salvación. El testimonio de nuestra vida hace veraz el contenido del mensaje. El contenido es que el Hijo de Dios se encarnó, murió y resucitó para rescatarnos del pecado y la condenación eterna. Vino para estar con nosotros, para que pudiéramos regresar a Dios por medio del Dios-Hombre, Jesucristo.

En Él, Dios es la meta de nuestro peregrinaje, y el hombre el camino que debemos recorrer para llegar a la meta. Su humanidad nos descubre los misterios de su divinidad.

«El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que tienen el reino de este mundo: poseen bienes y tienen comodidades. Pero son reinos que acaban. El poder de los hombres, también los imperios más grandes, pasan y desaparecen. Muchas veces vemos en el noticiero o en los periódicos a aquel gobernador fuerte, poderoso o aquel gobierno que ayer estaba y hoy ya no está más, cayó. Las riquezas de este mundo se van, y también el dinero. Los viejos nos enseñan que el sudario no tenía bolsillos. Es verdad. No he visto nunca detrás de un cortejo fúnebre un camión de mudanzas: nadie se lleva nada. Estas riquezas se quedan aquí. El Reino de Dios es de los pobres de espíritu. Están aquellos que poseen los reinos de este mundo, poseen bienes y tienen comodidades. Sin embargo, sabemos cómo acaban. Reina verdaderamente quien sabe amar el verdadero bien más que a sí mismo. Y este es el poder de Dios».
(Audiencia de S.S. Francisco, 5 de febrero de 2020).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Ayúdame a llevar tu palabra. No quiero otra cosa si Tú no estás en ella. No deseo nada fuera de ti. Todo lo que quiero es que te vean y te escuchen, toma mí manos, mis pies, mi mente y mi voluntad. Haz de mí como mejor te parezca. Sé Tú quien le hable a los demás, sé Tú quien cure. Sé Tú en mí.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Repetiré esta oración a lo largo del día: Jesús, contigo no me falta nada. Lo tengo todo.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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