2023
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2/06/2023 12:35:00 p. m.
, 06 Feb. 23 (ACI Prensa).- Cáritas Chile, la Arquidiócesis de Concepción, la Vicaría de Arauco y la Diócesis de Chillán ya han organizado campañas de ayuda para los afectados por los devastadores incendios forestales que azotan las zonas centro y sur del país.

Los incendios forestales en Chile continúan extendiéndose, y ya son más de 50 los focos detectados, con un saldo de 24 muertos y cerca de 1.000 heridos, 26 de ellos graves.

El ministro del Interior, Manuel Monsalve, dio a conocer que hay 10 personas detenidas por su presunta implicación en el origen de algunos focos de fuego.

Como respuesta inmediata a esta situación, Cáritas Chile inició la campaña nacional “Enfrentemos esta catástrofe JUNTOS”, para recaudar fondos y así cubrir “las múltiples necesidades humanitarias que están originando los incendios”, trabajando en red con organismos públicos y de la sociedad civil, explicaron.

Desde el primer momento, y a través del Programa de Medioambiente, Gestión del Riesgo y Emergencias (MAGRE), Cáritas nacional y los equipos diocesanos han acompañado a las comunidades afectadas con el fin de evaluar la magnitud de la catástrofe y las acciones a llevar adelante.

Mientras tanto, los equipos especializados de Bomberos y la Corporación Nacional Forestal (CONAF) combaten los incendios en curso.

Cáritas convoca a los chilenos de buena voluntad “a aportar y promover ampliamente esta campaña, que se suma a las iniciativas diocesanas, para enfrentar juntos esta catástrofe que requiere del compromiso de todos y todas”.

Los fondos serán destinados a los procesos de respuesta humanitaria, recuperación y reconstrucción, como también a proveer ayuda inmediata. 

La Arquidiócesis de Concepción se sumó al llamado a la solidaridad. Su Arzobispo, Mons. Fernando Chomali, envió un video mensaje llamando a colaborar con agua, alimentos no perecibles, útiles de aseo y barras de cereal. 

Las donaciones pueden acercarse a Casa Betania (Julio Parada 490, Concepción) o a las parroquias de la Arquidiócesis. El Prelado llamó a vivir la solidaridad “más que nunca”, y aseguró que “juntos saldremos adelante”.

Por su parte, el Vicario Episcopal de Arauco, Mons. Oscar García, expresó: “Son muchos los hermanos que han resultado damnificados, que han quedado sin sus enseres, que han tenido que salir de sus casas, muchas de las cuales han sido devoradas por el fuego”.

Por eso, llamó a “tender la mano a estos hermanos nuestros” y a implorar “la bondad y la misericordia del Señor, para que también ayude a quienes están para poder detener el fuego y para que pueda volver la paz, la serenidad y la esperanza para tantos hermanos nuestros que ahora están pasando por momentos difíciles”.

Quienes deseen colaborar con enseres, alimentos y elementos de aseo, pueden hacerlo en su parroquia más cercana o transferir su aporte a la parroquia San José. Cuenta Corriente Nº54700020501. RUT: 80066524-8 (Banco Estado). Correo electrónico: parroquiasanjosearauco@gmail.com. 

Un equipo de la Diócesis de Chillán recorrió en las últimas horas los sectores más afectados, para constatar la situación y las necesidades de los damnificados y los trabajadores que buscan combatir el fuego.

Iniciaron también una campaña solidaria para entregar alimentos y ropa en la región de Ñuble.

Hasta el martes 7 de febrero, se recibirán donaciones en la Catedral de Chillán de 10:00 a 17:00 horas.

Desde la Diócesis llamaron a los fieles a acercar sus aportes, ya que “la situación es compleja tanto para las personas que han perdido sus viviendas como para quienes están combatiendo las llamas en distintos sectores de la región”.

También se habilitó una cuenta para recibir aportes en dinero: Obispado de Chillán. Rut: 70.220.900-5. Banco Santander. Cuenta Corriente N° 22034979. Correo: tesoreria@diocesisdechillan.cl.

Argentina, España y otros países de Latinoamérica enviaron ayuda para combatir los incendios.

“Se trata de 50 profesionales que llegan desde España para dar apoyo a autoridades, Ejército, Bomberos y brigadistas en la extinción de los incendios forestales”, publicó el Gobierno de Chile en su cuenta de Twitter.

Desde Argentina llegaron 64 brigadistas, 1 helicóptero, 15 camionetas con equipamiento forestal y materiales para combatir el fuego.

El presidente de Colombia, Gustavo Petro, que enfrenta una serie de graves crisis en su país, anunció que enviará material y personal experto. 

2/06/2023 11:35:00 a. m.
Vaticano, 06 Feb. 23 (ACI Prensa).- El cuerpo sin vida del P. Imad Daher, sacerdote de la parroquia Virgen María de los greco-católicos melquitas de Alepo (Siria), fue hallado bajo los escombros del terremoto que por el momento ha dejado más de 2.300 muertos en Turquía y Siria, en la madrugada de este lunes.

Entre los lugares afectados se encuentra Alepo, una de las ciudades más habitadas de Siria, donde muchos cristianos han sido perseguidos durante años por el terrorismo islámico y donde se encontraba el P. Imad Daher en el momento del seísmo. 

Según informó ACI Mena, agencia en árabe del grupo ACI, el sacerdote se mantuvo con vida durante más de 8 horas bajo los restos derruidos de su parroquia. 

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Los católicos en Turquía y Siria

Tal y como recoge ACI Mena, las comunidades católicas en Turquía no superan las 30 mil personas, y la mayoría se encuentran en Estambul, aunque también hay en Ankara.

En la ciudad turca de Alejandreta, situada en la frontera con Siria, se ha derrumbado la catedral de la Anunciación, construida en el siglo XIX. 

Los armenios católicos en Turquía son alrededor de 2.000 y los sirios católicos unos 1.000. Además, los católicos latinos de Estambul son un millar y el resto son trabajadores filipinos o africanos que están en Turquía y se encuentran en diversas zonas, pero sobre todo en Estambul.

En Mardin, ciudad del suroeste de Siria y uno de los lugares donde el trágico terremoto ha sido más violento, hay una comunidad católica armenia y otra siríaca.

Esta ciudad está construida con piedra caliza extraída durante siglos en las canteras de la zona y no muy lejos se encuentra el monasterio de Mor Hananyo, fundado en 493. 

Además, Mardin es el obispado titular de la Iglesia católica armenia, la Iglesia católica caldea y la Iglesia católica siríaca. 

Ayuda humanitaria

Según informó ACI Mena, Cáritas en Turquía, dirigida por el obispo latino de Alejandreta, se ocupará en general de los refugiados y desplazados y aportará su máxima contribución.

Por su parte, el rector del Colegio Armenio de Roma, el P. Naamo Nareg Luis, compartió con ACI Stampa -agencia en italiano del grupo ACI-, que ha tenido noticias de su parroquia en Alepo y “están bien”.

Además, el P. Bahjat Karakach, fraile franciscano de la Custodia de Tierra Santa, de la parroquia latina de Alepo, confirmó que en la ciudad hay al menos “unos 40 edificios destruidos y muchas personas atrapadas aún bajo los escombros”.

Tras el terremoto, ocurrido alrededor de las 2:30 de la madrugada de este lunes 6 de febrero, los frailes abrieron las puertas de su convento a los habitantes. 

“Celebramos la Misa y abrimos la sala para acoger a la gente y dar de comer a todo el mundo; nuestra cocina de caridad, que habitualmente ofrece 1.200 comidas al día para los pobres, hoy estará a pleno rendimiento para ayudar a todos los que se han quedado sin casa y no pueden comer”, señaló. 

Por último, el sacerdote lamentó que “los daños no se limitan a la ciudad de Alepo, también los hay en el norte, en los pueblos donde están nuestros hermanos franciscanos en Qnaye, en Latakia y Al Yacoubiya”.

Grave terremoto

En la madrugada de este lunes 6 de febrero, un fuerte terremoto de magnitud 7,8 sacudió el sudeste de Turquía y el noroeste de Siria, dejando alrededor de 2.300 muertos y más de 7 mil heridos. 

Algunas horas más tarde, en torno a las 13:30 (hora local), un segundo terremoto de escala 7,5 sacudió el centro de Turquía y derribó más edificios.  

Cabe destacar que Turquía se encuentra en una de las zonas sísmicas más activas del mundo. 

El gobierno turco ha decretado el nivel 4 de alarma y ha pedido ayuda internacional después de que más de mil edificios de varias provincias del sur de Turquía y norte de Siria fueran derribados por el fuerte terremoto.

El número de víctimas continúa aumentando a medida que se van retirando los escombros.

2/06/2023 10:35:00 a. m.
, 06 Feb. 23 (ACI Prensa).- Los obispos de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) emitieron un comunicado en referencia al libro "La verdad los hará libres. Tomo I: La Iglesia católica en la espiral de la violencia de la Argentina entre 1966 y 1983", publicado por Editorial Planeta.

La obra consta de tres tomos y fue escrita por los sacerdotes Carlos Galli, Luis Liberti y Juan Durán; y por Federico Tavelli.

Al respecto, los Prelados reconocieron que es el fruto de un largo proceso de "sistematización e investigación" impulsado por la CEA, con la colaboración de organismos de la Santa Sede.

Dicho proceso "comenzó en el año 2012 con la clasificación de la documentación existente en torno a la década del 70 del siglo pasado y custodiada en los archivos de la Conferencia Episcopal y de la Santa Sede”, añadieron.

Los obispos destacaron el material de archivo contenido en el libro, y valoraron la investigación, realizada por la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina.

En esa línea, agradecieron a quienes participaron por "la audacia de aceptar tamaño encargo, así como la seriedad y el empeño" con el que trabajaron.

El primer tomo, que ya se encuentra en librerías, "ofrece un marco de comprensión de la realidad social y eclesial argentina en la segunda mitad del siglo XX".

El Tomo II, precisaron, tiene la intención de "revelar, de forma cronológica e integral, todo el ciclo de los acontecimientos desde el Golpe de Estado de 1976 hasta el regreso a la democracia en 1983".

El tercer tomo consta de “una serie de ensayos con diversas lecturas teológicas e históricas acerca de lo sucedido en aquel tiempo”.

“La verdad los hará libres”, afirmaron los miembros de la Comisión Ejecutiva, “quiere ser un aporte a la historiografía argentina en orden a comprender mejor un periodo tan doloroso de nuestra historia reciente”. 

Durante el proceso llevado a cabo por la CEA se ordenaron los archivos y se encargó la investigación a especialistas.

Además, la Conferencia Episcopal presentó a la Justicia argentina los documentos encontrados que pudieran ser de ayuda para lograr justicia, aseguraron.

De esta manera, retomaron el compromiso tomado en 2012, de “promover un estudio más completo de esos acontecimientos, a fin de seguir buscando la verdad, en la certeza de que ella nos hará libres”.

Los obispos alentaron también a otros interesados e investigadores a hacer lo propio en los ámbitos que les corresponden.

También exhortaron "a quienes tengan datos sobre el paradero de niños robados, o conozcan lugares de sepultura clandestina", a acudir a las autoridades pertinentes.

La obra intenta plasmar el papel de la Iglesia durante un período en el que se sucedieron golpes de Estado y gobiernos militares de facto en Argentina.

Fue un tiempo marcado por la violencia, la violación de derechos humanos, la censura, la desaparición de personas y la apropiación de bebés.

La editorial Planeta explicó que "por primera vez y de forma excepcional, se ha trabajado con toda la documentación del Archivo de la Conferencia Episcopal Argentina y del Archivo corriente de la Santa Sede".

Esta originalidad, aseguraron, "convierte a la obra en la primera en su tipo a nivel mundial".

2/05/2023 01:35:00 p. m.
Redacción Central, 05 Feb. 23 (ACI Prensa).- Esta tarde, el Papa Francisco visitó la Basílica de Santa María la Mayor (Roma) para rezar ante la imagen de la Virgen María y agradecerle su cuidado durante el reciente viaje apostólico a la República Democrática del Congo y Sudán del Sur.

Como es habitual al inicio y final de cada viaje apostólico, el Pontífice se detuvo en oración por varios minutos ante el icono de la Salus Populi Romani, que en español significa “protectora del pueblo romano”.

Después, al final de la visita, regresó al Vaticano.

Horas antes de arribar a Roma, el Papa Francisco escribió en Twitter que encomendaba a Nuestra Señora de África la causa de la paz en Sudán del Sur y en todo el continente africano, así como la paz en el mundo.

La Basílica de Santa María la Mayor tiene un significado especial para el Santo Padre, ya que es el lugar que visitó por la mañana del primer día de su pontificado, el 14 de marzo de 2013, para encomendar su ministerio petrino a la Madre de Dios ante el antiguo ícono de María.

El Papa Francisco realizó visita apostólica a la República Democrática del Congo y Sudán del Sur del 31 de enero al 5 de febrero de 2023, día en que arribó a Roma a las 4:49 p.m (hora local).

 

2/05/2023 12:35:00 p. m.
Redacción Central, 05 Feb. 23 (ACI Prensa).- El Papa Francisco arribó este domingo 5 de febrero a Roma, tras haber concluido su viaje apostólico a la República Democrática del Congo y Sudán del Sur.

El avión despegó del aeropuerto internacional de Yuba, en la capital sudanesa, a las 11:56 a.m. (hora local) y aterrizó en el aeropuerto internacional Leonardo da Vinci de Roma-Fiumicino a las 4:49 p.m.

El Papa voló junto con el Arzobispo de Canterbury, Mons. Justin Welby, y el moderador de la Iglesia de Escocia, Mons. Iain Greenshields. Durante el vuelo dio una conferencia de prensa a los periodistas que los acompañaban.

El Santo Padre comenzó su 40° viaje apostólico el miércoles 31 de enero en la República Democrática del Congo, y llegó a Sudán del Sur tres días después, el viernes 3 de febrero.

El último día de su visita, este domingo, el Santo Padre celebró una Misa final en el Mausoleo de John Garang ante la presencia de unos 100 mil fieles sudaneses.

El Papa calificó su visita a Yuba como una “peregrinación de paz”.

En las últimas palabras del Papa al pueblo de Sudán del Sur, antes de dirigirse al aeropuerto, Francisco expresó cuánto lo conmovió el viaje.

“Queridos hermanos y hermanas, vuelvo a Roma con vosotros aún más cerca de mi corazón. Permítanme repetir: están en mi corazón, están en nuestros corazones, están en los corazones de los cristianos en todo el mundo”, dijo.  

“Nunca pierdan la esperanza. Y no pierdan ninguna oportunidad de construir la paz. Que la esperanza y la paz habiten entre vosotros. ¡Que la esperanza y la paz habiten en Sudán del Sur!”, agregí,

 

2/05/2023 10:35:00 a. m.
Redacción Central, 05 Feb. 23 (ACI Prensa).- La dictadura en Nicaragua, liderada por Daniel Ortega, condenó a 10 años de prisión al sacerdote católico Óscar Danilo Benavidez Dávila, por supuestos delitos de “conspiración” y “propagación de noticias falsas” en perjuicio del régimen.

El 4 de febrero, el sitio de noticias Despacho 360, tuvo acceso al fallo a puertas cerradas del Décimo Juzgado de Distrito Penal de Juicio de Managua, presidido por la jueza Nancy Aguirre, que habría sido dictado el 24 de enero.

Según la sentencia, tras un juicio plagado de irregularidades, al presbítero le dieron cinco años por el delito de “propagación de noticias falsas” y otros cinco por “menoscabo a la integridad nacional”.

Además, se le impuso el pago de una multa de 49,917 córdobas, que equivale a unos 1350 dólares americanos.

El P. Benavidez, de 50 años, conocido por ser crítico de la dictadura, estaba detenido desde el pasado 14 de agosto, cuando fue apresado después de celebrar una Misa en la capilla Concepción de María, en la Diócesis de Siuna.

Él había sido declarado culpable el 16 de enero y la Fiscalía pidió ocho años de prisión en su contra. Sin embargo, la pena fue finalmente ampliada.

Despacho 360 señala que el P. Benavidez es el primer sacerdote sentenciado por “conspiración y ciberdelitos, delitos inventados por el régimen Daniel Ortega y Rosario Murillo para encarcelar a opositores”.

Según manifestó la defensa del sacerdote, durante el juicio, el supuesto “delito” que cometió fue opinar en una publicación en redes sociales.

El medio nicaragüense Mosaico informó que la única audiencia del juicio se realizó en menos de 8 horas.

En total son nueve los sacerdotes nicaragüenses que la dictadura ha acusado por el delito de “conspiración”, incluido Mons. Álvarez, quien fue capturado junto a otros sacerdotes el 19 de agosto de 2022.

Un reciente informe del Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas, avalado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), indicó que los presos políticos en Nicaragua aumentaron a 245 hasta enero de 2023.

 

2/04/2023 11:35:00 a. m.
Vaticano, 04 Feb. 23 (ACI Prensa).- Este sábado 4 de febrero, la Oficina de Prensa de la Santa Sede publicó el videomensaje del Papa Francisco en ocasión de la III Jornada Mundial de la Fraternidad Humana. 

A continuación, el mensaje completo del Papa Francisco:

  Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  

Saludo con afecto y estima al Gran Imán Ahmed Al-Tayyeb, con quien, hace exactamente cuatro años en Abu Dhabi, firmé el Documento sobre la Hermandad Humana para la Paz Mundial y la Convivencia Común.  

Doy las gracias a Su Alteza el Jeque Mohammed bin Zayed por su compromiso con el camino de la fraternidad; al Alto Comité para la Fraternidad Humana por las iniciativas promovidas en diversas partes del mundo; y también doy las gracias a la Asamblea General de las Naciones Unidas por establecer el 4 de febrero como Día Internacional de la Fraternidad Humana en su resolución de diciembre de 2020. También me complace asociarme a la encomiable iniciativa de conceder el Premio Zayed a la Fraternidad Humana 2023.  

Al compartir sentimientos de fraternidad mutua, estamos llamados a ser promotores de una cultura de paz que fomente el diálogo, la comprensión mutua, la solidaridad, el desarrollo sostenible y la inclusión. Todos llevamos en el corazón el deseo de vivir como hermanos, en ayuda mutua y armonía.

El hecho de que a menudo esto no ocurra -y desgraciadamente tenemos signos dramáticos de ello- debería  estimular aún más la búsqueda de la fraternidad.  

Es cierto que las religiones no tienen fuerza política para imponer la paz, pero al transformar al hombre desde dentro, al invitarle a desprenderse del mal, le guían hacia una actitud de paz. Las religiones  tienen, pues, una responsabilidad decisiva en la convivencia de los pueblos: su diálogo teje una red pacífica, repele las tentaciones de desgarrar el tejido civil y libera de la instrumentalización de las  diferencias religiosas con fines políticos.

También es relevante la tarea de las religiones al recordarnos que el destino del hombre va más allá de los bienes terrenales y se sitúa en un horizonte universal, porque toda persona humana es criatura de Dios, de Dios venimos todos y a Dios volvemos todos.  

Las religiones, para estar al servicio de la fraternidad, necesitan dialogar entre sí, conocerse, enriquecerse mutuamente y profundizar sobre todo en aquello que une y cooperar por el bien de todos. 

Las distintas tradiciones religiosas, cada una de las cuales se nutre de su propio patrimonio espiritual, pueden aportar una gran contribución al servicio de la fraternidad. Si somos capaces de mostrar que es posible vivir la diferencia en fraternidad, podremos poco a poco liberarnos del miedo y de la  desconfianza hacia el otro que es diferente de mí. Cultivar la diversidad y armonizar las diferencias no es  un proceso sencillo, pero es el único camino que puede garantizar una paz sólida y duradera; es un  compromiso que nos exige reforzar nuestra capacidad de diálogo con los demás.

Hombres y mujeres de distintas religiones caminan hacia Dios por senderos que se entrecruzan cada vez más. Cada encuentro puede ser una oportunidad para oponerse unos a otros o, con la ayuda de  Dios, para animarse mutuamente a avanzar como hermanos y hermanas. Porque no sólo compartimos un origen y una descendencia comunes, sino también un destino común, el de criaturas frágiles y  vulnerables, como nos muestra tan claramente el periodo histórico que estamos viviendo.  

Queridos hermanos y hermanas, somos conscientes de que el camino de la fraternidad es largo y difícil. ¡A los numerosos  conflictos, a las sombras de un mundo cerrado, contraponemos el signo de la fraternidad! Nos insta a  acoger a los demás y a respetar su identidad, nos inspira a trabajar con la convicción de que es posible  vivir en armonía y paz.  

Doy las gracias a todos los que se unirán a nuestro camino de fraternidad, y les animo a comprometerse con la causa de la paz y a responder a los problemas y necesidades concretas de los últimos, los pobres, los indefensos, los que necesitan nuestra ayuda.  

Y en esta dirección va el Premio Zayed a la Fraternidad Humana. Muchas gracias, muchas gracias por esta sesión de ustedes con el premio de este año que es el que se premió a la comunidad de San Egidio y a la Sra. Shamsa Abubakar Fadhil. Muchas gracias por su trabajo, por su testimonio. Y a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, mi saludo y bendición. 

2/04/2023 10:35:00 a. m.
REDACCIÓN CENTRAL, 04 Feb. 23 (ACI Prensa).- Este sábado 4 de febrero, en su segundo día de visita en Sudán del Sur, el Papa Francisco mantuvo un encuentro con los desplazados internos del país. En su discurso, contó que “los veo a ustedes que tienen las manos vacías pero el corazón lleno de fe”, y los alentó a que se “puede nacer, como de la tierra desnuda, una semilla nueva que dará fruto”.

A continuación el discurso del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas: ¡buenas tardes!

Les agradezco sus oraciones, sus testimonios y sus cantos. He pensado mucho en ustedes, llevando en el corazón el deseo de encontrarlos, de mirarlos a los ojos, de darles la mano y abrazarlos. Finalmente estoy aquí, junto a los hermanos con los que comparto esta peregrinación de paz, para expresarles toda mi cercanía, todo mi afecto. Estoy con ustedes, sufro por ustedes y con ustedes.

Joseph, has puesto una pregunta decisiva: «¿Por qué estamos sufriendo en un campo para desplazados?». ¿Por qué? ¿Por qué tantos niños y jóvenes como tú están allí, en vez de ir a la escuela a estudiar o a un hermoso lugar al aire libre a jugar? Tú mismo nos has dado la respuesta, diciendo que es «por los conflictos que atraviesa actualmente el país». Es precisamente a causa de las devastaciones que produce la violencia humana, además de las que producen las inundaciones, que millones de hermanas y hermanos nuestros, como ustedes, entre los cuales muchísimas madres con sus hijos, tuvieron que dejar sus tierras y abandonar sus aldeas, sus casas. Lamentablemente en este país martirizado ser desplazado o refugiado se ha convertido en una experiencia normal y colectiva.

Renuevo, por tanto, con todas las fuerzas, el más apremiante llamamiento a que cese todo conflicto, a retomar seriamente el proceso de paz para que finalicen las agresiones y la gente pueda volver a vivir de manera digna. Sólo con la paz, la estabilidad y la justicia podrá haber desarrollo y reintegración social. Pero no podemos esperar más. Un gran número de niños nacidos en estos años sólo ha conocido la realidad de los campos para desplazados, olvidando el ambiente del hogar, perdiendo el vínculo con la propia tierra de origen, con las raíces, con las tradiciones.

No puede haber futuro en los campos para desplazados. Se necesita, precisamente como pedías tú, Johnson, que todos los jóvenes como tú tengan la posibilidad de ir a la escuela y también el espacio para jugar al fútbol. Es necesario crecer como sociedad abierta, mezclándose, formando un único pueblo atravesando los desafíos de la integración, también aprendiendo las lenguas habladas en todo el país y no sólo en la propia etnia. Es necesario abrazar el maravilloso riesgo de conocer y acoger a quienes son diferentes, para volver a encontrar la belleza de una fraternidad reconciliada y experimentar la aventura impagable de construir libremente el propio futuro junto al de toda la comunidad. Es absolutamente necesario evitar la marginalización de grupos y la segregación de seres humanos. Pero para satisfacer todas estas necesidades se necesita paz. Y la ayuda de muchos, de todos.

Por eso quisiera agradecer a la vicerepresentante especial Sara Beysolow Nyanti el habernos dicho que hoy es la ocasión para que todos vean lo que está sucediendo en este país desde hace años. Aquí, en efecto, perdura la mayor crisis de refugiados del continente, con al menos cuatro millones de hijos de esta tierra que han sido desplazados; con inseguridad alimentaria y malnutrición que afectan a dos tercios de la población; y con las previsiones que hablan de una tragedia humanitaria que puede empeorar aún más en el transcurso del año. Pero, sobre todo, quisiera agradecerle porque, tanto usted como muchas otras personas, no se detuvieron a estudiar la situación, sino que se pusieron manos a la obra. Usted, señora, recorrió el país, miró a los ojos a las madres siendo testigo del dolor que experimentan por la situación de sus hijos. Me conmovió cuando afirmó que, a pesar de todo lo que sufren, la sonrisa y la esperanza nunca se apagaron en sus rostros.

Y comparto cuanto ha dicho sobre ellas: las madres, las mujeres son la clave para transformar el país. Si reciben las oportunidades adecuadas, por medio de su laboriosidad y su actitud de proteger la vida, tendrán la capacidad de cambiar el rostro de Sudán del Sur y de proporcionarle un desarrollo sereno y cohesionado. Pero, les ruego, ruego a todos los habitantes de estas tierras: que la mujer sea protegida, respetada, valorada y honrada. Por favor, protejan, respeten, valoren y honren a cada mujer, niña, adolescente, joven, adulta, madre, abuela. Si no, no habrá futuro.

Y ahora, hermanos y hermanas, los sigo mirando, veo sus ojos cansados pero luminosos, que no han perdido la esperanza; sus labios que no han perdido la fuerza de rezar y de cantar; los veo a ustedes que tienen las manos vacías pero el corazón lleno de fe; a ustedes que llevan dentro un pasado marcado por el dolor, pero no dejan de soñar con un futuro mejor. Nosotros hoy, encontrándonos con ustedes, quisiéramos dar alas a vuestra esperanza. Lo creemos, creemos que ahora, también en los campos para desplazados, donde, lamentablemente, la situación del país los obliga a estar, puede nacer, como de la tierra desnuda, una semilla nueva que dará fruto.

Quisiera decirles que ustedes son la semilla de un nuevo Sudán del Sur, la semilla para un crecimiento fértil y lozano del país; ustedes, de las distintas etnias, ustedes que han sufrido y están sufriendo, pero que no quieren responder al mal con otro mal. Ustedes, que eligen desde ahora la fraternidad y el perdón, están cultivando un mañana mejor. Un mañana que nace hoy, allí donde están, de la capacidad de colaborar, de tejer tramas de comunión e itinerarios de reconciliación con quienes, aun siendo de diferentes etnias y procedencias, viven junto a ustedes. Sean ustedes semillas de esperanza, en las que ya se percibe el árbol que un día, esperemos cercano, dará fruto. Sí, ustedes serán los árboles que absorberán la contaminación de años de violencia y restituirán el oxígeno de la fraternidad. Es verdad, ahora están “plantados” donde no quieren, pero precisamente en esta situación de sufrimiento y precariedad pueden tender la mano al que está a su lado y experimentar que están enraizados en la misma humanidad; de ahí es necesario recomenzar para redescubrirse hermanos y hermanas, hijos en la tierra del Dios del cielo, Padre de todos.

Queridos hermanos y hermanas, lo que nos recuerda que una planta nace de una semilla son las raíces. Es hermoso que aquí la gente les dé tanta importancia a sus raíces. He leído que en estas tierras “las raíces nunca se olvidan”, porque “los antepasados nos recuerdan quiénes somos y cuál debe ser nuestro camino. Sin ellos estamos perdidos, temerosos y sin brújula. Sin pasado no hay futuro” (cf. C.CARLASSARE, La capanna di Padre Carlo. Comboniano tra i Nuer, 2020, 65). En Sudán del Sur los jóvenes crecen atesorando los relatos de los ancianos y, si bien la narrativa de estos años estuvo caracterizada por la violencia, es posible, más aún, es necesario inaugurar una nueva a partir de ustedes: una nueva narrativa del encuentro, donde lo que se ha sufrido no se olvide, sino que esté habitado por la luz de la fraternidad; una narrativa que ponga en el centro no sólo el dramatismo de la crónica, sino el deseo ardiente de la paz. Sean ustedes, jóvenes de etnias diferentes, las primeras páginas de esta narrativa. Aunque los conflictos, la violencia y los odios hayan arrancado los buenos recuerdos de las primeras páginas de la vida de esta República, sean ustedes los que vuelvan a escribir la historia de paz. Yo les agradezco su fortaleza de ánimo y todos sus gestos de bien, que son tan agradables a Dios y hacen valioso cada día que viven.

También quisiera dirigir una palabra agradecida a quienes los ayudan, a menudo en condiciones no sólo difíciles, sino de emergencia. Gracias a las comunidades eclesiales por sus obras, las cuales merecen ser sostenidas; a los misioneros, a las organizaciones humanitarias e internacionales, en particular a las Naciones Unidas por el gran trabajo que realizan. Ciertamente, un país no puede sobrevivir con ayudas externas, sobre todo teniendo un territorio tan rico de recursos; pero ahora dichas ayudas son extremadamente necesarias. Quisiera también honrar a los numerosos trabajadores humanitarios que han perdido la vida, así como exhortar a que se respeten las personas que ayudan y las estructuras de apoyo a la población, que no pueden ser objeto de asaltos y vandalismo. Junto a las ayudas urgentes, creo que es muy importante, en perspectiva de futuro, acompañar a la población en la vía del desarrollo, por ejemplo, ayudándola a adquirir técnicas actualizadas para la agricultura y la ganadería, de manera que se facilite un crecimiento más autónomo. Les pido a todos, con el corazón en la mano: ayudemos a Sudán del Sur, no dejemos sola a su población, que tanto ha sufrido y sigue sufriendo.

Por último, deseo dirigir un recuerdo a los numerosos refugiados sursudaneses que están fuera del país y a cuantos no pueden regresar porque su territorio está ocupado. Estoy cerca de ellos y espero que puedan volver a ser protagonistas del futuro de su tierra, contribuyendo a su desarrollo de manera constructiva y pacífica. Nyakuor Rebecca, me has pedido una bendición especial para los niños de Sudán del Sur precisamente para que puedan crecer todos juntos en la paz. La bendición será realmente especial, porque la daré junto con mis hermanos Justin e Iain. Que, con ella, les llegue la bendición de tantos hermanos y hermanas cristianos en el mundo, que los abrazan y alientan sabiendo que en ustedes, en su fe, en su fuerza interior, en sus sueños de paz resplandece toda la belleza del ser humano.

2/04/2023 03:35:00 a. m.
REDACCIÓN CENTRAL, 04 Feb. 23 (ACI Prensa).- En su segundo día en Sudán del Sur, el Papa Francisco sostuvo un encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos y seminaristas en la Catedral de Santa Teresa.

A continuación el texto completo de su discurso:

Queridos hermanos obispos, presbíteros y diáconos,
queridos consagrados y consagradas, queridos seminaristas, ¡buenos días!

Desde hace tiempo tenía el deseo de encontrarme con ustedes; por eso hoy quisiera agradecer al Señor. Agradezco a Mons. Tombe Trille su saludo y a todos ustedes su presencia. Algunos hicieron días de camino para estar aquí. Llevo siempre grabados en el corazón algunos momentos que hemos vivido antes de esta visita, como la celebración en San Pedro en el 2017, durante la cual elevamos una súplica a Dios pidiendo el don de la paz; y el retiro espiritual del 2019 con los líderes políticos, que fueron invitados para que, por medio de la oración, acogieran en sus corazones la firme resolución de trabajar por la reconciliación y la fraternidad en el país. Nuestra necesidad primordial es acoger a Jesús, nuestra paz y nuestra esperanza.

En mi discurso de ayer me inspiré en el curso de las aguas del Nilo, que atraviesa vuestro país como si fuera su espina dorsal. En la Biblia, a menudo se asocia el agua a la acción de Dios creador; a la compasión que sacia nuestra sed cuando atravesamos el desierto; a la misericordia que nos purifica cuando caemos en el pantano del pecado. Él, en el Bautismo, nos ha santificado «por el baño del nuevo nacimiento y la renovación del Espíritu Santo» (Tt 3,5). Precisamente desde una perspectiva bíblica, quisiera mirar nuevamente las aguas del Nilo. Por una parte, en el lecho de este curso de agua se derraman las lágrimas de un pueblo inmerso en el sufrimiento y en el dolor, martirizado por la violencia; un pueblo que puede rezar como el salmista: «Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar» (Sal 137,1). Las aguas del gran río, en efecto, recogen el llanto desgarrado de vuestra comunidad, el grito de dolor por tantas vidas destrozadas, el drama de un pueblo que huye, la aflicción del corazón de las mujeres y el miedo impreso en los ojos de los niños. Pero, al mismo tiempo, las aguas del gran río nos evocan la historia de Moisés y, por eso, son signo de liberación y de salvación. Moisés, de hecho, fue salvado de las aguas y, al haber conducido a los suyos por el Mar Rojo, se convirtió en instrumento de liberación, icono del auxilio de Dios que ve la opresión de sus hijos, escucha sus gritos y baja a liberarlos (cf. Ex 3,7). Contemplando la historia de Moisés, que guio al Pueblo de Dios por el desierto, preguntémonos qué significa ser ministros de Dios en una historia marcada por la guerra, el odio, la violencia y la pobreza. ¿Cómo ejercitar el ministerio en esta tierra, a lo largo de la orilla de un río bañado por tanta sangre inocente, mientras que los rostros de las personas que se nos confían están surcados por lágrimas de dolor?

Para intentar responder, quisiera concentrarme en dos actitudes de Moisés: la docilidad y la intercesión.

Lo primero que nos impacta de la historia de Moisés es su docilidad a la iniciativa de Dios. Pero no debemos pensar que siempre haya sido así; en un primer momento pretendió llevar adelante por su cuenta el esfuerzo por combatir la injusticia y la opresión. Habiendo sido salvado por la hija del faraón en las aguas del Nilo, cuando ya había descubierto su identidad se conmovió por el sufrimiento y la humillación de sus hermanos, tanto que un día decidió hacer justicia por sí mismo, hiriendo de muerte a un egipcio que maltrataba a un hebreo. Sin embargo, después de este episodio tuvo que escapar y permanecer muchos años en el desierto. Allí experimentó una especie de desierto interior: había pensado afrontar la injusticia sólo con sus fuerzas y ahora, como consecuencia, se había convertido en un fugitivo; tenía que esconderse, vivir en soledad y experimentar el amargo significado del fracaso. ¿Cuál había sido el error de Moisés? Pensar que él era el centro, contando solamente con sus propias fuerzas. Pero, de ese modo, se había quedado prisionero de los peores métodos humanos, como el de responder a la violencia con más violencia.

Algo parecido nos puede pasar también en nuestra vida como sacerdotes, diáconos, religiosos y seminaristas: en el fondo, pensamos que nosotros somos el centro, que podemos confiar —si no en teoría, al menos en la práctica— casi exclusivamente en nuestras propias habilidades; o, como Iglesia, pensamos dar respuestas a los sufrimientos y a las necesidades del pueblo con instrumentos humanos, como el dinero, la astucia, el poder. En cambio, nuestra obra viene de Dios. Él es el Señor y nosotros estamos llamados a ser dóciles instrumentos en sus manos. Moisés aprendió esto cuando, un día, Dios fue a su encuentro, apareciendo «en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza» (Ex 3,2). Moisés se dejó atraer, dio espacio al asombro, adoptó una actitud dócil para dejarse iluminar por la fascinación de ese fuego, ante el cual pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?» (v. 3). Esta es la docilidad que se necesita en nuestro ministerio: acercarnos a Dios con asombro y humildad, dejarnos atraer y orientar por Él; para que confiemos en su Palabra antes de usar nuestras palabras, para que acojamos con mansedumbre su iniciativa antes de centrarnos en nuestros proyectos personales y eclesiales; pues la primacía no es nuestra, sino de Dios.

Este dejarnos modelar dócilmente es lo que nos hace vivir el ministerio de manera renovada. Ante el Buen Pastor, comprendemos que no somos los jefes de una tribu, sino pastores compasivos y misericordiosos; que no somos los dueños del pueblo, sino siervos que se inclinan a lavar los pies de los hermanos y las hermanas; que no somos una organización mundana que administra bienes terrenos, sino la comunidad de los hijos de Dios. Entonces, hagamos como Moisés en la presencia de Dios: quitémonos las sandalias con humilde respeto (cf. v. 5), despojémonos de nuestra presunción humana, dejémonos atraer por el Señor y cultivemos el encuentro con Él en la oración; acerquémonos cada día al misterio de Dios, para que queme la maleza de nuestro orgullo y de nuestras ambiciones desmedidas y nos haga humildes compañeros de viaje de las personas que se nos encomiendan.

Purificado e iluminado por el fuego divino, Moisés se convierte en instrumento de salvación para sus hermanos que sufren; la docilidad a Dios lo hace capaz de interceder por ellos. Esta es la segunda actitud de la que quisiera hablarles: la intercesión. Moisés hizo experiencia de un Dios compasivo, que no permanece indiferente frente al clamor de su pueblo y desciende a liberarlo. Es hermoso este verbo: descender. Dios, por su condescendencia hacia nosotros, vino entre nosotros hasta asumir en Jesús nuestra carne, experimentar nuestra muerte y nuestros infiernos. No deja de descender para levantarnos. Quien es un experimentado de Él, está llamado a imitarlo. Eso hace Moisés, que “desciende” entre los suyos. Lo hará más veces durante el paso por el desierto. Él, en efecto, en los momentos más importantes y difíciles, sube y baja del monte de la presencia de Dios para interceder por el pueblo, es decir, para entrar en su historia y acercarlo a Dios. De hecho, interceder «no quiere decir simplemente “rezar por alguien”, como casi siempre pensamos. Etimológicamente significa “dar un paso al medio”, o sea, dar un paso para ponernos en medio de una situación» (C.M. MARTINI, Diccionario Espiritual, Madrid, 1997). Interceder es, por tanto, descender para ponerse en medio del pueblo, “hacerse puentes” que lo unen con Dios.

A los pastores se les pide que desarrollen precisamente este arte de “caminar en medio”: en medio de los sufrimientos y las lágrimas, en medio del hambre de Dios y de la sed de amor de los hermanos y hermanas. Nuestro primer deber no es el de ser una Iglesia perfectamente organizada, sino una Iglesia que, en nombre de Cristo, está en medio de la vida dolorosa del pueblo y se ensucia las manos por la gente. Nunca debemos ejercitar el ministerio persiguiendo el prestigio religioso y social, sino caminando en medio y juntos, aprendiendo a escuchar y a dialogar, colaborando entre nosotros ministros y con los laicos. Quisiera repetir esta palabra importante: juntos. Obispos y sacerdotes, sacerdotes y diáconos, pastores y seminaristas, ministros ordenados y religiosos, siempre en el respeto de la maravillosa especificidad de la vida religiosa. Tratemos de vencer entre nosotros la tentación del individualismo, de los intereses de parte. Es muy triste cuando los pastores no son capaces de comunión, ni logran colaborar entre ellos, ¡incluso se ignoran! Cultivemos el respeto recíproco, la cercanía, la colaboración concreta. Si eso no sucede entre nosotros, ¿cómo podemos predicarlo a los demás?

Volvamos a Moisés y, para profundizar en el arte de la intercesión, miremos sus manos. A este respecto, la Escritura nos ofrece tres imágenes: Moisés con el bastón en sus manos, Moisés con las manos extendidas y Moisés con las manos alzadas al cielo.

La primera imagen, la de Moisés con el bastón en sus manos, nos dice que él intercede con la profecía. Con ese bastón realizará prodigios, signos de la presencia y del poder de Dios, en cuyo nombre está hablando, denunciando a voz en grito el mal que sufre el pueblo y pidiendo al faraón que lo deje partir. Hermanos y hermanas, para interceder en favor de nuestro pueblo, también nosotros estamos llamados a alzar la voz contra la injusticia y la prevaricación, que aplastan a la gente y utilizan la violencia para sacar adelante sus negocios a la sombra de los conflictos. Si queremos ser pastores que interceden, no podemos permanecer neutrales frente al dolor provocado por las injusticias y las agresiones porque, allí donde una mujer o un hombre son heridos en sus derechos fundamentales, se ofende a Cristo. Me alegró escuchar en el testimonio del Padre Luka que la Iglesia no deja de llevar adelante un ministerio que es al mismo tiempo profético y pastoral. ¡Gracias! Gracias porque, si hay una tentación de la que tenemos que cuidarnos, es la de dejar las cosas como están y no interesarnos por las situaciones a causa del miedo a perder privilegios y conveniencias.

Segunda imagen: Moisés con las manos extendidas. Él, dice la Escritura, «extendió su mano sobre el mar» (Ex 14,21). Sus manos extendidas son el signo de que Dios está a punto de obrar. Más tarde, Moisés sostendrá entre sus manos las tablas de la Ley (cf. Ex 34,29) para mostrarlas al pueblo; sus manos extendidas indican la cercanía de Dios que está obrando y que acompaña a su pueblo. Para liberar del mal no es suficiente la profecía; es necesario extender los brazos hacia los hermanos y hermanas, apoyar su camino. Podemos imaginar a Moisés que indica el recorrido y estrecha las manos de los suyos para animarlos a seguir adelante. Durante cuarenta años, como anciano, permanece junto a los suyos; esta es la cercanía. Y no fue una tarea fácil; a menudo tuvo que alentar a un pueblo abatido y cansado, hambriento y sediento, que se dejaba arrastrar por la murmuración y la pereza. Y para ejercitar esa tarea también tuvo que luchar consigo mismo, porque, en algunas ocasiones, vivió momentos de oscuridad y desolación, como aquella vez que le dijo al Señor: «¿Por qué tratas tan duramente a tu servidor? ¿Por qué no has tenido compasión de mí, y me has cargado con el peso de todo este pueblo? [...] Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto» (Nm 11,11.14). Sin embargo, Moisés no se retiró; siempre cerca de Dios, nunca se alejó de los suyos. También nosotros tenemos esta tarea: extender las manos, levantar a los hermanos, recordarles que Dios es fiel a sus promesas, exhortarlos a seguir adelante. Nuestras manos han sido “ungidas por el Espíritu” no sólo para los ritos sagrados, sino para alentar, ayudar, acompañar a las personas a salir de aquello que las paraliza, las encierra y las vuelve temerosas.

Por último —tercera imagen— las manos alzadas al cielo. Cuando el pueblo cayó en el pecado y se construyó un becerro de oro, Moisés subió de nuevo al monte —¡pensemos cuánta paciencia!— y pronunció una oración que es una auténtica lucha con Dios para que no abandone a Israel. Llegó a decir: «Este pueblo ha cometido un gran pecado, ya que se han fabricado un dios de oro. ¡Si tú quisieras perdonarlo, a pesar de esto...! Y si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito» (Ex 32,31-32). Se pone del lado del pueblo hasta el final, alza la mano en su favor. No piensa en salvarse solo, no vende al pueblo por sus propios intereses. Intercede, lucha con Dios; mantiene los brazos alzados en oración, mientras que sus hermanos combaten en el valle (cf. Ex 17,8-16). Sostener con la oración ante Dios las luchas del pueblo, atraer el perdón, administrar la reconciliación como canales de la misericordia de Dios que perdona los pecados; esa es nuestra tarea como intercesores.

Queridos hermanos y hermanas, estas manos proféticas, extendidas y alzadas cuestan trabajo. Ser profetas, acompañantes, intercesores, mostrar con la vida el misterio de la cercanía de Dios a su Pueblo puede requerir dar la propia vida. Muchos sacerdotes, religiosas y religiosos —lo hemos escuchado en el testimonio de Sor Regina— fueron víctimas de agresiones y atentados donde perdieron la vida. En realidad, su existencia la ofrecieron por la causa del Evangelio y su cercanía a los hermanos y hermanas nos dejan un testimonio maravilloso que nos invita a proseguir su camino. Podemos recordar a san Daniel Comboni, que con sus hermanos misioneros realizó en esta tierra una gran labor evangelizadora. Él decía que el misionero debía estar dispuesto a todo por Cristo y por el Evangelio, y que se necesitaban almas audaces y generosas que supieran sufrir y morir por África.

Pues bien, yo quisiera agradecerles por lo que hacen en medio de tantas pruebas y fatigas. Gracias, en nombre de toda la Iglesia, por su entrega, su valentía, sus sacrificios y su paciencia. Les deseo, queridos hermanos y hermanas, que sean siempre pastores y testigos generosos, cuyas armas son sólo la oración y la caridad, que se dejan sorprender dócilmente por la gracia de Dios y son instrumentos de salvación para los demás; profetas de cercanía que acompañan al pueblo, intercesores con los brazos alzados. Que la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.

2/04/2023 12:35:00 a. m.
REDACCIÓN CENTRAL, 04 Feb. 23 (ACI Prensa).- Cada 4 de febrero la Iglesia recuerda a Santa Catalina de Ricci, dominica italiana que recibió los estigmas de Cristo. Catalina es una de las más importantes místicas del siglo XVI, conocida por los milagros que obró en vida y por haber sido parte de la renovación espiritual de la Iglesia Católica en tiempos de la reforma decretada por el Concilio de Trento.

La Pasión de Cristo

Alessandra Lucrezia Romola de Ricci -nombre de pila de Catalina- nació en Florencia el 23 de abril de 1522. Sus padres, Pier Francesco de Ricci y Caterina Bonza, formaban parte de las familias acaudaladas de la ciudad. Entre los seis y siete años, Catalina inició su formación, a cargo de las monjas del monasterio benedictino de Monticelli -cuya abadesa era su tía, Luisa de Ricci-.

Desde pequeña Catalina se mostró como una persona de gran devoción, especialmente tocada por el misterio de la Pasión de Cristo. A los doce años, en 1534, permaneció unos días con las hermanas del convento de San Vicente en Prato, localidad cercana a Florencia. Allí quedó impactada por el estilo de vida de estricta observancia que se vivía.

En 1535 pidió ser admitida en dicha comunidad y recibió el hábito de manos de su tío, Timoteo de Ricci, confesor del monasterio. San Vicente (Prato, Toscana) era un convento de clausura habitado por religiosas pertenecientes a la Tercera Orden de Santo Domingo. Al año siguiente profesó los votos solemnes. Allí cambió el nombre de Alessandra por el de Catalina, en honor a su santa patrona, Santa Catalina de Siena.

Mística y administradora

Los años del noviciado fueron especialmente difíciles para Catalina. Durante este periodo se acentuaron los arrebatos místicos, muchas veces en el tiempo regular de oración o del servicio doméstico, por lo que surgieron sospechas sobre su idoneidad para la vida religiosa.

Sus hermanas creían que andaba con descuido o se quedaba dormida en el coro, cuando en realidad estaba en éxtasis. Gracias a Dios, su sencillez y dedicación a la oración contribuyeron a que la jovencita persevere y sus hermanas la comprendan.

Para cuando cumplió los 30 años, Catalina ya se desempeñaba como superiora de la comunidad, cargo que ocupó hasta el final de sus días. Siendo mujer de profunda oración, también fue una gran administradora.

Esta etapa de su vida estuvo marcada por las visiones y encuentros místicos. Catalina sostuvo en sus brazos a Jesús Niño, que se le aparecía y recibía sus cuidados. En otras oportunidades Jesús se le presentaba como adulto y permitía que lo acompañase en los distintos momentos de su Pasión. A Catalina también le fue revelado el dolor que tuvo la Virgen María mientras acompañaba a su Hijo moribundo.

Dios le concedió estas gracias extraordinarias para provecho de su alma y de quienes, a través suyo, también querían conocer y amar más a Cristo sufriente.

Compartiendo los dolores de Cristo y su Madre

El anhelo afectivo por acercarse al misterio de la Pasión del Señor la hizo sangrar espontáneamente y llevar los estigmas. En momentos de oración profunda aparecía en uno de sus dedos un anillo de coral como signo de su matrimonio espiritual con Cristo.

San Felipe Neri, que mantuvo correspondencia con la santa por años, dio testimonio de que ella se le apareció, cuando a ambos los separaban miles de kilómetros.

Santa Catalina de Ricci vivió una época de grandes santos y de profunda renovación. Entre sus contemporáneos se encuentran, además de San Felipe Neri, San Carlos Borromeo y Santa Maria Magdalena de Pazzi.

Falleció el 2 de febrero de 1590 después de una larga y dolorosa enfermedad, a la edad de 68 años. Fue beatificada en 1732 por el Papa Clemente XII y canonizada por el Papa Benedicto XIV en 1746.

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Biografía

2/03/2023 10:36:00 a. m.
Vaticano, 03 Feb. 23 (ACI Prensa).- Como cada 3 de febrero, la Iglesia celebra el día de San Blas, el patrón de las enfermedades de garganta. Lo que muy pocos saben es que parte de su propia garganta se guarda como reliquia en una iglesia ubicada en una de las calles más emblemáticas de Roma.

En el número 63 de la histórica calle Via Giulia de Roma se encuentra la iglesia de San Biagio (San Blas), que desde el siglo XIX es el templo al que asisten los armenios católicos en la capital italiana. 

En el interior del templo se encuentran las reliquias de la garganta de San Blas, el patrón de las enfermedades de garganta y muy conocido en su tiempo por haber obrado numerosas curaciones milagrosas. 

Cuenta la tradición que cierto día San Blas salvó a un niño que se había atragantado con una espina de pescado. Por ello surgió la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta, y por eso también es patrono de los otorrinolaringólogos.

Además, de acuerdo a las Actas de San Blas, fue condenado a morir por ahogamiento, pero, cuando fue arrojado a las aguas, el santo empezó a caminar sobre ellas, repitiendo el milagro que hizo Jesucristo. 

Tradición del pan bendecido en la fiesta de San Blas

A esta iglesia romana donde se guardan las reliquias del santo se le suele llamar también “San Biagio della Pagnotta” (San Blas de la barra de pan).

Este curioso nombre se le concede debido a que cada año, en el día de la fiesta del santo, se reparten pequeños panes bendecidos sobre todo a los más desfavorecidos. 

Además, en la región de Lombardía, al norte de Italia, y especialmente en la ciudad de Milán, existe la tradición de comer cada 3 de febrero un trozo de panettone, el dulce navideño típico italiano.

Esto se debe a una leyenda que ha ido pasando de generación en generación, y que cuenta la historia de una campesina que pidió a su párroco que le bendijera un panettone antes de la Navidad. 

Debido a que la mujer no volvió a por el dulce, el sacerdote terminó por comérselo. Sin embargo, meses después, la mujer regresó a la parroquia para recoger su panettone bendecido. 

El sacerdote, al ir a entregarle lo poco que quedaba del dulce, de pronto vio que estaba entero e incluso parecía más grande que el anterior. Era un 3 de febrero, día de San Blas. 

Desde entonces, los italianos tienen la costumbre de reservar un trozo de panettone durante Navidad que conservan hasta el día de San Blas. 

El 3 de febrero, los fieles llevan el pan dulce a la iglesia, y normalmente durante la primera Misa de la mañana el sacerdote bendice el panettone restante. Después de la Misa, suelen comerlo en familia para bendecir la garganta y la nariz.

2/03/2023 05:36:00 a. m.
, 03 Feb. 23 (ACI Prensa).- El misionero paúl español P. José Vicente Nácher recibirá la ordenación episcopal el próximo 25 de marzo en la Archidiócesis de Tegucigalpa (Honduras) donde sustituirá al Cardenal Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga. 

La basílica de Nuestra Señora de Suyapa será el templo en el que el religioso paúl iniciará una nueva etapa de su desempeño misionero en la capital de honduras, país al que llegó procedente de España en el año 2000. 

Nacido en 1964 en Valencia, al este del país, y tras estudiar Sociología en Alicante, ingresó en el seminario mayor de los padres paúles en Barcelona, donde cursó Filosofía y Teología. 

El P. Nácher se define como un “hijo de la huerta Valenciana”, según ha difundido la Archidiócesis de Valencia y desde su más tierna infancia tuvo contacto con los paúles, que atendían su parroquia. Los estudios primarios y secundarios estuvieron a cargo de los Salesianos. Ambas experiencias le llevaron a ingresar en el seminario en 1985. 

Tras realizar su profesión religiosa solemne en 1990, fue ordenado sacerdote al año siguiente por el Arzobispo de Valencia, Mons. Miguel Roca. 

Tras dedicar nueve años a las misiones populares y la pastoral juvenil, estuvo tres más en la ciudad del río Turia hasta que la Congregación de la Misión le destinó a San Pedro Sula, en Honduras en el año 2000.

Allí ha ejercido como párroco y vicario episcopal de la zona indígena de La Mosquitia en la Diócesis de Trujillo. En 2016 fue nombrado superior de los misioneros paúles en Honduras. 

“Toda mi experiencia misionera la he adquirido aquí. Aquí he aprendido, me he desarrollado y me he sentido muy feliz”, rememora el futuro obispo.

Desde la responsabilidad episcopal, deberá afrontar ahora las necesidades de un país muy joven y con importantes dificultades.

“La mitad es menor de 25 años, pero existe un alto índice de migración, tanto hacia Europa como hacia Estados Unidos. Esto está motivado por la falta de oportunidades en el país, por las perspectivas sobreestimadas de lo que van a encontrar fuera, pero también por la inseguridad en sus lugares de origen. La migración marca mucho la vida aquí”, explica el futuro Arzobispo electo de Tegucigalpa. 

Una radio en medio de la selva

A lo largo de su desempeño misionero estos años, el religioso paúl ha impulsado en la zona de la Mosquitia dos centros educativos que atienden a 1.1000 jóvenes. Allí ofrece meriendas, atención pediátrica, cursos de danzas típicas e idiomas, charlas formativas y de refuerzo escolar y actividades deportivas.  

Además, creó una radio parroquial que funciona con energía solar para poder evangelizar, formar y facilitar la comunicación entre los parroquianos de la selva que carecen de acceso a Internet o cobertura telefónica. 

“La emisora se llama ‘Kupia Kumi’”, explica el P. Nácher y está ubicada en La Mosquitia, una zona incomunicada. “No hay carreteras para poder llegar a las aldeas más remotas donde tampoco llega señal del móvil, ni de televisión”, detalla. 

La radio ha sido, a su juicio, “un gran instrumento de acercamiento y comunicación. Es una emisora muy popular porque hay unas horas en las que la gente puede entrar y transmitir mensajes a su familia, hacer llegar su mensaje a los que están lejos. Es una de las ofertas que la hacen tan popular”, expone.

“Donde tú estés, estamos los tres”

De sus 22 años en Honduras, concluye que ha vivido “muchos más momentos de alegría, aunque por el ambiente en que nos movemos hemos tenido también muchas dificultades, pero nunca han sido de especial gravedad”, explica. 

Ante su llegada inminente a Tegucigalpa, el misionero se muestra dispuesto a “servir con todo el amor y toda la disposición a una Arquidiócesis a la que quiero mucho, a unos fieles y a unos sacerdotes a los que envío mi saludo y mi aprecio. Voy a estar a su disposición para encontrarme con ellos, escucharles y juntos discernir la voluntad de Dios y de la Iglesia”.

Al tiempo, se siente muy unido a sus raíces españolas y espera poder acudir a la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa en agosto y aprovechar la ocasión para ver a sus ancianos padres en su pueblo natal, Monteolivete. 

Aunque no puedan acudir a su ordenación episcopal el misionero refiere que “están muy alegres y rezando” y, como ellos dicen, “donde tú estés, estamos los tres”.

2/03/2023 04:35:00 a. m.
Vaticano, 03 Feb. 23 (ACI Prensa).- La visita del Papa Francisco a República Democrática del Congo ha llegado a su fin. Tras la ceremonia de despedida, el Santo Padre puso rumbo a Sudán del Sur, el segundo país que visitará en su Viaje Apostólico a África. 

A las 10:49 horas (hora local), el avión que traslada al Papa Francisco despegó del aeropuerto internacional “Ndjili” de Kinsasa con destino a Yuba, la capital de Sudán del Sur. 

El Papa Francisco llegó hasta el avión en silla de ruedas acompañado del presidente de la República Democrática del Congo y otras autoridades.

En la segunda parada de su 40° viaje papal, el Pontífice irá acompañado por el Arzobispo de Canterbury, Mons. Justin Welby, y por el Moderador de la Asamblea General de la Iglesia de Escocia. 

El Papa Francisco estará en Sudán del Sur hasta el domingo 5 de febrero, cuando regresará a Roma. 

Tras su llegada a este país africano azotado por la guerra, habrá una ceremonia de bienvenida y el Santo Padre hará la tradicional visita de cortesía al Presidente de la República en el Palacio Presidencial. 

Más tarde, a las 16:15 horas (hora local), será recibido por los vicepresidentes del país antes de presidir un encuentro con las autoridades, sociedad civil y cuerpo diplomático en el jardín del Palacio Presidencial. 

Su apretada agenda continuará al día siguiente, el sábado 4 de febrero, donde tiene previsto varios encuentros con obispos y sacerdotes del país, así como una reunión privada con un grupo de jesuitas y un encuentro con desplazados internos. 

El día concluirá con una oración ecuménica a las 18:00 horas (hora local) en el Mausoleo John Garang. 

El domingo 5 de febrero, el Papa Francisco regresará a Roma tras celebrar una Misa de despedida en el citado mausoleo a las 8:45 horas (hora local).

2/03/2023 03:35:00 a. m.
, 03 Feb. 23 (ACI Prensa).- En el cuarto día de su visita apostólica a la República Democrática del Congo, el Papa Francisco mantuvo un encuentro con los obispos este 3 de febrero en la sede de la Conferencia Episcopal  Nacional del Congo (CENCO).

A continuación, el texto completo de las palabras del Papa Francisco:

Queridos hermanos obispos, ¡buenos días!

Me alegra encontrarme con ustedes y les agradezco de corazón la calurosa acogida. Gracias a Mons. Utembi Tapa por el saludo que me ha dirigido y por haberles dado voz con sus palabras: les agradezco cómo anuncian con valentía el consuelo del Señor, caminando en medio del pueblo, compartiendo sus fatigas y sus esperanzas.

Ha sido hermoso para mí pasar estos días en vuestra tierra, que con su gran selva representa el “corazón verde” de África, un pulmón para el mundo entero. La importancia de este patrimonio ecológico nos recuerda que estamos llamados a conservar la belleza de la creación y a defenderla de las heridas causadas por el egoísmo rapaz. Pero esta inmensa extensión verde que es vuestra selva, es también una imagen que habla a nuestra vida cristiana. Como Iglesia necesitamos respirar el aire puro del Evangelio, expulsar el aire contaminado de la mundanidad y custodiar el corazón joven de la fe. Así imagino a la Iglesia africana y así veo a esta Iglesia congoleña, una Iglesia joven, dinámica, alegre, animada por el anhelo misionero, por el anuncio de que Dios nos ama y de que Jesús es el Señor. Vuestra Iglesia está presente en la historia concreta de este pueblo, enraizada de modo capilar en la realidad, protagonista de la caridad; una comunidad capaz de atraer y contagiar con su entusiasmo y, por tanto, al igual que vuestras selvas, con mucho “oxígeno”. ¡Gracias por ser un pulmón que da aliento a la Iglesia universal! 

Es triste comenzar un párrafo con la palabra “por desgracia”, pero debo hacerlo. 

Por desgracia, sé bien que la comunidad cristiana de esta tierra tiene también otra fisonomía. En efecto, vuestro rostro joven, luminoso y hermoso está surcado por el dolor y la fatiga, marcado a veces por el miedo y el desaliento. Es el rostro de una Iglesia que sufre por su pueblo, es un corazón en el que palpita intensamente la vida de la gente con sus alegrías y tribulaciones. Es una Iglesia signo visible de Cristo que, aún hoy, es rechazado, condenado y despreciado en tantos crucificados del mundo, y llora nuestras mismas lágrimas. Es una Iglesia que, como Jesús, quiere también secar las lágrimas del pueblo, comprometiéndose a asumir las heridas materiales y espirituales de la gente, y derramando sobre ella el agua viva y sanadora del costado de Cristo.

Con ustedes, hermanos, veo a Jesús que sufre en la historia de este pueblo crucificado y oprimido, devastado por una violencia que no perdona, marcado por el dolor inocente, obligado a convivir con las aguas turbias de la corrupción y la injusticia que contaminan la sociedad; y que sufre la pobreza en tantos de sus hijos. Pero veo al mismo tiempo a un pueblo que no ha perdido la esperanza, que abraza con entusiasmo la fe y mira a sus Pastores, que sabe volver al Señor y confiar en sus manos, porque la paz que anhela, sofocada por la explotación, por egoísmos de grupos, por el veneno de los conflictos y las verdades manipuladas, pueda finalmente llegar como un don de lo alto.

Cabe preguntarse, ¿cómo ejercer el ministerio en esta situación? Pensando en ustedes, pastores del Pueblo santo de Dios, me vino a la mente la historia de Jeremías, un profeta llamado a vivir su misión en un momento dramático de la historia de Israel, en medio de injusticias, abominaciones y sufrimientos. Él gastó su vida para anunciar que Dios nunca abandona a su pueblo y lleva adelante proyectos de paz incluso en las situaciones que parecen perdidas e irrecuperables. Pero este anuncio consolador de fe, Jeremías lo vivió ante todo en su persona, él fue el primero en experimentar la cercanía de Dios. Sólo así pudo llevar a los demás una valiente profecía de esperanza. También vuestro ministerio episcopal vive entre estas dos dimensiones, de las que quisiera hablarles: la cercanía de Dios y la profecía para el pueblo.

Ante todo, quisiera invitarlos a que se dejen abrazar y consolar por la cercanía de Dios. La primera palabra que el Señor dirige a Jeremías es esta: «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía» (Jr 1,5). Es una declaración de amor que Dios esculpe en el corazón de cada uno de nosotros, que nadie puede borrar y que, en medio de las tormentas de la vida, es una fuente de consuelo. Para nosotros, que hemos recibido la llamada a ser pastores del Pueblo de Dios, es importante estar cimentados en esta cercanía del Señor, “estructurarnos en la oración”, estando horas delante de Él. Sólo así se acerca al Buen Pastor el pueblo que nos ha encomendado y sólo así nos convertiremos verdaderamente en pastores, pues nosotros, sin Él, no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Seríamos emprendedores, empresarios. Seríamos maestros entre comillas, pero no estaríamos detrás de la vocación del Señor. Sin Él no podemos hacer nada. Que no vaya a suceder que nos creamos autosuficientes, mucho menos que se vea en el episcopado la posibilidad de escalar posiciones sociales y de ejercitar el poder. ¡Ese feo espíritu del carrerismo! Y, sobre todo, que no entre el espíritu de la mundanidad, que nos hace interpretar el ministerio según criterios de beneficio personal, que nos vuelven fríos y alejados de la administración de cuanto nos ha sido confiado, que nos lleva a servirnos del rol antes que a servir a los demás, y a no cuidar más esa relación indispensable, la de la oración humilde y cotidiana. No olvidemos que la mundanidad es lo peor que puede sucederle a la Iglesia, lo peor. A mí siempre me tocó el final del Cardenal de Lubac sobre la Iglesia. Las últimas tres o cuatro páginas que dicen así: La mundanidad espiritual es lo peor que puede suceder. Peor aún que la época de los papas mundanos y concubinos. Es peor. La mundanidad está al alcance de la mano. Estemos atentos.

Queridos hermanos obispos, cuidemos la cercanía con el Señor para ser sus testigos creíbles y portavoces de su amor ante el pueblo. Él quiere ungirlo a través de nosotros con el aceite de la consolación y de la esperanza. Son ustedes la voz con la que Dios quiere decir a los congoleses: «Tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios» (Dt 7,6). El anuncio del Evangelio, la animación de la vida pastoral y la guía del pueblo no pueden resolverse con principios distantes de la realidad de la vida cotidiana, sino que deben tocar las heridas y comunicar la cercanía divina, para que las personas descubran su dignidad de hijos de Dios y aprendan a caminar con la frente en alto, sin agachar la cabeza ante las humillaciones y las opresiones. Por medio de ustedes este pueblo tiene la gracia de sentir dirigidas a él palabras similares a las que el Señor dijo a Jeremías: «Eres un pueblo bendito, antes de formarte yo ya te había pensado, conocido, amado». Si cultivamos la cercanía con Dios, nos sentimos impulsados hacia el pueblo y sentiremos siempre compasión por aquellos que nos son confiados. Esa actitud de la compasión que no es un sentimiento. Es una “padecer con”. Animados y fortalecidos por el Señor, nos hacemos, a su vez, instrumentos de consuelo y de reconciliación para los demás, para sanar las llagas de los que sufren, mitigar el dolor de los que lloran, alzar a los pobres, liberar a las personas de tantas formas de esclavitud y de opresión. De manera que la cercanía con Dios da profetas para el pueblo, capaces de sembrar la Palabra que salva en la historia herida de la propia tierra.

Para adentrarnos en este segundo punto, la profecía para el pueblo, miremos de nuevo la experiencia de Jeremías. Después de haber recibido la Palabra amorosa y consoladora de Dios, está llamado a ser «profeta para las naciones» (Jr 1,5), enviado para llevar luz en la oscuridad, para dar testimonio en un contexto de violencia y corrupción. Y Jeremías, que devora la Palabra del Señor, pues es para él gozo y alegría del corazón (cf. Jr 15,16), confiesa que esa misma Palabra siembra en él una inquietud imposible de suprimir, y lo conduce a encontrarse con otros para que sean abrazados por la presencia de Dios. Y dice así: «Pero había en mi corazón —escribe— como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía» (Jr 20,9). No podemos retener sólo para nosotros la Palabra de Dios, no podemos contener su fuerza; es un fuego, un fuego que quema nuestra apatía y enciende en nosotros el deseo de iluminar a quien está en la oscuridad. La Palabra de Dios es un fuego que quema por dentro y que nos empuja a salir. Esta es nuestra identidad episcopal: encendidos por el fuego de la Palabra de Dios, en salida hacia el Pueblo de Dios, con celo apostólico.

Pero —podríamos preguntarnos—, ¿en qué consiste este anuncio profético de la Palabra? Al profeta Jeremías el Señor le dice: «Yo pongo mis palabras en tu boca. Yo te establezco en este día sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y derribar, para perder y demoler, para edificar y plantar» (Jr 1,9-10). Son verbos fuertes: primero arrancar y derribar, para luego poder edificar y plantar. Se trata de colaborar en favor de una historia nueva que Dios desea construir en un mundo de perversión e injusticia. Así que también ustedes están llamados a seguir alzando su voz profética, para que las conciencias se sientan interpeladas y cada uno pueda ser protagonista y responsable de un futuro diferente. Por tanto, es necesario arrancar las plantas venenosas del odio y el egoísmo, del rencor y la violencia; derribar los altares consagrados al dinero y a la corrupción; edificar una convivencia fundada en la justicia, la verdad y la paz; y finalmente, plantar semillas de renovación, para que el Congo del mañana sea verdaderamente el que el Señor sueña, una tierra bendecida y feliz, ya no más maltratada, oprimida ni ensangrentada.

Pero tengamos cuidado, pues no se trata de una acción política. La profecía cristiana se encarna en muchas acciones políticas y sociales, pero la tarea de los obispos y de los pastores en general no es esta. Es más bien la del anuncio de la Palabra para despertar las conciencias, para denunciar el mal, para alentar a los que están abatidos y sin esperanza. “Consuela a mi pueblo”. Ese lema que regresa y que regresa es una invitación del Señor: Consolad al pueblo. Consuela, consuela a mi pueblo.  Es un anuncio hecho no sólo con palabras, sino con cercanía y testimonio: cercanía, ante todo, con los sacerdotes (los sacerdotes son el primer prójimo de un Obispo: cercanía a los sacerdotes), escucha de los agentes pastorales, apoyo al espíritu sinodal para trabajar juntos. Y testimonio, porque los pastores, primero y en todo, deben ser creíbles, y en particular al cultivar la comunión, en la vida moral y en la administración de los bienes. En este sentido, es esencial saber construir armonía, sin subirse a pedestales, sin asperezas, sino dando buen ejemplo con el sostén y perdón mutuos, trabajando juntos, como modelos de fraternidad, de paz y de sencillez evangélica. Que nunca suceda que, mientras el pueblo sufre de hambre, se diga de ustedes: “a aquellos no les importa y se va uno a su campo, otro a su negocio” (cf. Mt 22,5). No, por favor, los negocios dejémoslos fuera de la viña del Señor. Un pastor no puede ser un negociante, no puede. Seamos pastores y servidores del pueblo de Dios, no administradores de las cosas, no hombres de negocios. ¡Pastores!

La administración del obispo debe ser la del pastor. Delante del rebaño, detrás y en el medio. Delante para señalar el camino. En medio para sentir el olor. Y detrás para ayudar a los que van más lentos. Y, es más, para dejar un poco el rebaño solo para que vea dónde encuentra el pasto. El pastor debe encontrarse entre estas tres situaciones. 

Queridos hermanos obispos, he compartido con ustedes lo que sentía en mi corazón, es decir, cultivar la cercanía con el Señor para ser signos proféticos de su compasión por el pueblo. Les ruego que no descuiden el diálogo con Dios y no dejen que el fuego de la profecía se extinga por cálculos o ambigüedades con el poder, ni tampoco por la vida tranquila o por la rutina. Ante el pueblo que sufre y ante la injusticia, el Evangelio nos pide alzar la voz. Cuando, según Dios, alzamos la voz, arriesgamos. Alzar la voz lo hizo un hermano de ustedes, el siervo de Dios Mons. Christophe Munzihirwa, pastor valiente y voz profética, que protegió a su pueblo ofreciendo su vida. El día antes de morir envió un mensaje a todos, diciendo: “En estos días, ¿qué más podemos hacer? Permanezcamos firmes en la fe. Confiemos en que Dios no nos abandonará y que de alguna parte surgirá para nosotros un pequeño destello de esperanza. Dios no nos abandonará si nos comprometemos a respetar la vida de nuestros vecinos, sea cual sea la etnia a la que pertenecen”. El día después fue asesinado -fue asesinado- en una plaza de la ciudad, pero su semilla, plantada en esta tierra, junto a la de muchos otros, dará fruto. Es bueno recordar, con gratitud, a los grandes pastores que marcaron la historia de vuestro país y de vuestra Iglesia; que los evangelizaron y precedieron en la fe. Hermanos, son vuestras raíces, que los robustecen en el ardor evangélico. Pienso también en el bien que me ha hecho conocer al cardenal Laurent Monsengwo Pasinya.

Estimados hermanos, no tengan miedo de ser profetas de esperanza para el pueblo, voces armónicas de la consolación del Señor, testigos y anunciadores gozosos del Evangelio, apóstoles de la justicia, samaritanos de la solidaridad; testigos de misericordia y reconciliación en medio de la violencia desencadenada no sólo por la explotación de los recursos y por los conflictos étnicos y tribales, sino también y sobre todo, por la fuerza oscura del maligno, enemigo de Dios y del hombre. Pero no se desanimen nunca, el Crucificado ha resucitado -¡el Crucificado ha resucitado!- Jesús vence, es más, ya ha vencido al mundo (cf. Jn 16,33) y desea resplandecer en ustedes, en vuestra valiosa labor, en vuestra semilla fecunda de paz. Quiero agradecerles, hermanos, vuestro servicio, vuestro celo pastoral y vuestro testimonio.

Llegando ya al final de este viaje, quisiera expresarles mi agradecimiento a todos ustedes y a cuantos lo han preparado. Tuvieron la paciencia de esperar un año. Son muy buenos. Mucha gracias por esto. Tuvieron que trabajar el doble, porque la primera vez la visita fue cancelada, pero yo sé que son misericordiosos con el Papa. De verdad, gracias. El próximo mes de junio van a celebrar en Lubumbashi el Congreso Eucarístico Nacional. Jesús está verdaderamente presente y operante en la Eucaristía; ahí da paz y restaura, consuela y une, ilumina y transforma; ahí inspira, sostiene y hace eficaz su ministerio. Que la presencia de Jesús, pastor manso y humilde de corazón, vencedor del mal y de la muerte, transforme este gran país y sea siempre vuestra alegría y vuestra esperanza. 

Y quisiera añadir una sola cosa. Dije: “Sean misericordiosos”. La misericordia. Perdonar, siempre. Cuando un fiel viene a confesarse, viene a pedir la caricia al padre y no el dedo acusador. “¿Y cuántas veces?” “¿Y cómo lo hiciste?” No, eso no. Perdonar. “Pero no sé, porque el Código me dice…” bueno, el Código debemos verlo porque es serio. Pero el corazón del pastor va más allá. Arriesguen, por el perdón, arriésguense. Perdonen siempre en el sacramento de la Reconciliación y así sembrarán perdón para toda la sociedad.

Los bendigo de corazón. Y, por favor, sigan rezando por mí. Gracias.

2/03/2023 12:35:00 a. m.
REDACCIÓN CENTRAL, 03 Feb. 23 (ACI Prensa).- San Blas fue obispo de Sebaste, Armenia, muy conocido en su tiempo por haber obrado numerosas curaciones milagrosas. Fue médico y vivió como eremita incluso después de haber sido nombrado obispo, convirtiendo la cueva en la que vivía, ubicada en el bosque del monte Argeus, en su sede episcopal.

Cuenta la tradición que cierto día San Blas salvó a un niño que se había atragantado con una espina de pescado. De ahí la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta, 3 de febrero. Eso también le valió convertirse en patrono de los otorrinolaringólogos y de quienes padecen alguna afección a la garganta.

Otras historias refieren su amor por los animales, a quienes también curaba. De acuerdo a una antigua historia, animales enfermos o heridos se acercaban a su cueva en Argeus para que los cure. Estos, en retribución, no le hacían daño ni lo molestaban cuando oraba.

Los días de San Blas terminaron cuando Agrícola, gobernador de Capadocia, inició una de las últimas persecuciones contra los cristianos. Cuando un grupo de cazadores fue a buscar animales al bosque de Argeus para los juegos de la arena, encontraron a muchos de ellos agrupados fuera de la cueva de San Blas, probablemente buscando protección. El Santo se encontraba orando en ese momento y fue tomado prisionero.

Puesto en presencia de Agrícola, se le exigió con amenazas que reniegue de la fe, pero él rechazó la propuesta de plano. Inmediatamente fue enviado a prisión, donde permaneció algunos días predicando entre cautivos y condenados a muerte. En ese lugar, curó enfermos y bautizó a quienes querían hacerse cristianos.

De acuerdo a las Actas de San Blas, fue condenado a morir por ahogamiento pero, cuando fue arrojado a las aguas, el Santo empezó a caminar sobre estas, repitiendo el milagro que hizo Jesucristo. Entonces fue conducido al cadalso, torturado y, finalmente, decapitado. Murió, como mártir, el año 316 D. C, en tiempos del Emperador Licinio.

San Blas es patrono de la República del Paraguay y se le cuenta entre los catorce santos auxiliadores de la Iglesia Católica.

Más información:

Biografía Oración a San Blas para para pedir favores San Blas en la Enciclopedia Católica Especial de San Blas

2/01/2023 02:35:00 p. m.
Vaticano, 01 Feb. 23 (ACI Prensa).- Nuevas interrogantes surgieron después de que el Papa Francisco hablara, en una reciente entrevista, acerca de una indemnización otorgada a una de las víctimas del P. Marko Rupnik, famoso sacerdote y artista jesuita acusado de abusar sexualmente de varias religiosas.

Uno de los primeros testimonios que salió a la luz a inicios de diciembre de 2022, sobre los supuestos abusos sexuales cometidos por el P. Marko Rupnik a religiosas en Eslovenia, se refirió a una “compensación” dirigida a algunas de las presuntas víctimas.

El testimonio de esta fuente, que dijo conocer a tres de las presuntas afectadas y que escribió una carta al Papa Francisco explicando lo ocurrido, fue publicado por el diario italiano Left.it, el pasado 2 de diciembre. 

En su declaración, la fuente indicó que “algunas hermanas que habían pertenecido a la Comunidad Loyola y se habían marchado hacía años fueron indemnizadas con 43.000 euros de los fondos de la Comunidad por iniciativa del Obispo Mons. Libanori”. 

Mons. Daniele Libanori es Obispo Auxiliar de Roma y comisario del Vaticano. Fue enviado en 2019 a Eslovenia para investigar las acusaciones de abuso de poder presuntamente cometidas al interior de la Comunidad de Loyola, fundada en la década de 1980 por el artista jesuita y la Hermana Ivanka Hosta.

Esta compensación no se habría enviado como reparación, sino que, según el testimonio recogido en la prensa italiana, “fue disfrazada de ayuda por el grave estado de pobreza en el que se encontraban” las mujeres, después de que la Comunidad de Loyola fuera intervenida y puesta bajo vigilancia por el Vaticano.

En una entrevista publicada por Associated Press el pasado 25 de enero, el Papa Francisco fue consultado por el caso del P. Rupnik, y habló sobre una “indemnización”.

“Estaba en proceso la cosa por un caso que se arregló. No sé cómo, pero se arregló en el sentido de común acuerdo. Creo que se pagó una indemnización, pero ahí no tengo claro el arreglo, pero se arregló”, comentó el Papa Francisco.

“La pregunta debería plantearse al Santo Padre”

Consultado por ACI Prensa, Mons. Daniele Libanori señaló que no tiene “conocimiento de ninguna compensación, y mucho menos de un acuerdo”.

Asimismo, indicó que “probablemente el Santo Padre se refería a casos distintos de los que afectan a la Comunidad de Loyola” y precisó que “la pregunta debería plantearse al Santo Padre”.

El Prelado expresó luego no estar en condición de “decir nada más”, ya que “aprendo muchas cosas de los periódicos”.

En conversación con ACI Prensa, el P. Johan Verschueren, autoridad de los jesuitas en Roma y superior del P. Rupnik desde 2020, reveló que fue informado acerca de “un acuerdo formal” entre la víctima a la que se habría referido el Papa Francisco y el P. Rupnik.

El alto cargo de los jesuitas aseguró creer que “existe un acuerdo”, pero lamentó que “a pesar de que pedí varias veces recibir una copia de este acuerdo, nunca la he recibido”.

Dos investigaciones diferentes

En la cronología publicada por los jesuitas el 18 de diciembre, se precisa que son dos las investigaciones a las que se ha sometido al P. Rupnik.

La primera hace referencia a una sola víctima, y la otra incluye a varias mujeres de la Comunidad de Loyola, en torno a los años 1991 y 1993.

Por un lado, se encuentra la investigación por la absolución de una cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento. Al haber confesado a una mujer con la que había tenido relaciones sexuales, el P. Rupnik incurrió en excomunión automática, conocida en la ley de la Iglesia Católica como latae sententiae.

En mayo de 2020, la entonces Congregación (hoy Dicasterio) para la Doctrina de la Fe, declaró que se produjo esa absolución y, por lo tanto, el P. Rupnik se encontraba en estado de excomunión. Esa sanción fue levantada mediante un decreto de la Congregación ese mismo mes.

En segundo lugar, el P. Rupnik ha sido investigado por acusaciones relacionadas con algunas integrantes de la Comunidad de Loyola. 

Según la cronología de los jesuitas, en julio de 2021 el Superior General de la Compañía de Jesús, el P. Arturo Sosa, abrió una investigación preliminar dirigida por una persona externa a la Congregación e impuso restricciones a Rupnik. 

En octubre de 2022, la Congregación para la Doctrina de la Fe declaró que los hechos habían prescrito y que, por ello, no se puede proceder a ningún juicio. 

Además de estas dos investigaciones, numerosos testimonios de víctimas supuestamente abusadas por el P. Rupnik han salido a la luz en los últimos meses, incluso durante su tiempo en Roma al frente del Centro Aletti. 

Los jesuitas confirmaron a ACI Prensa haber pedido al acusado que no abandone la región italiana del Lazio para que esté disponible mientras se realizan nuevas investigaciones. 

2/01/2023 01:37:00 p. m.
Kishasa, 01 Feb. 23 (ACI Prensa).- En su segundo día de visita a la República Democrática del Congo, el Papa Francisco dirigió este 1 de febrero un discurso a los representantes de algunas obras caritativas en la Nunciatura Apostólica.

A continuación, el discurso completo del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas:

Los saludo con afecto y les agradezco los cantos, los testimonios y las cosas que me han contado; pero, sobre todo, gracias por todo lo que hacen. En este país, donde hay tanta violencia, que retumba como el estruendo ensordecedor de un árbol que es derribado, ustedes son el bosque que crece todos los días en silencio y hace que la calidad del aire mejore, que se pueda respirar. Es verdad, hace más ruido el árbol que cae, pero Dios ama y cultiva la generosidad que germina en el silencio, dando fruto; y posa su mirada, con alegría, en quien se pone al servicio de los necesitados. Así crece el bien, en la sencillez de manos y corazones abiertos a los demás; en la valentía de los pasos pequeños que se dan para acercarse a los más débiles en el nombre de Jesús. Es muy cierto aquel proverbio que citó Cecilia: “Mil pasos comienzan siempre por el primero”.

Me sorprendió una cosa, y es que no me refirieron simplemente los problemas sociales ni enumeraron muchos datos sobre la pobreza, sino que sobre todo hablaron de los pobres con cariño. Hablaron de ustedes y de personas que no conocían antes, y que ahora son para ustedes familiares, con nombres y rostros. Gracias por esta mirada que sabe reconocer a Jesús en sus hermanos más pequeños. Hay que buscar y amar al Señor en los pobres y, como cristianos, tenemos que estar atentos si nos alejamos de ellos, porque hay algo que no está bien cuando un creyente mantiene a distancia a los predilectos de Cristo.

Hoy, mientras tantos los descartan, ustedes los abrazan; mientras que el mundo los explota, ustedes los promueven. La promoción contra la explotación, este es el bosque que crece mientras que la deforestación del descarte hace estragos violentamente. Yo quisiera darle voz a lo que ustedes hacen, favorecer el crecimiento y la esperanza en la República Democrática del Congo y en este continente. He venido aquí animado por el deseo de dar voz a quien no la tiene. Cuánto quisiera que los medios de comunicación social dieran más espacio a este país y a toda África; que se conozcan los pueblos, las culturas, los sufrimientos y las esperanzas de este joven continente del futuro. Se descubrirán inmensos talentos e historias de verdadera grandeza humana y cristiana; historias nacidas en un clima auténtico, que conoce bien el respeto por los más pequeños, por los ancianos y por la creación.

Es bueno darles voz aquí en la Nunciatura, porque las Representaciones Pontificias, las “casas del Papa” diseminadas por el mundo, son y deben ser amplificadores de promoción humana, centros de caridad, en primera línea en la diplomacia de la misericordia, favoreciendo ayudas concretas y promoviendo redes de cooperación. Esto ya se hace, discretamente, en tantas partes del mundo, y aquí desde hace mucho tiempo. Esta casa es una presencia cercana desde hace décadas. Inaugurada hace noventa años como Delegación Apostólica, está por celebrar, dentro de pocos días, el sexagésimo aniversario de haber sido elevada a Nunciatura.

Hermanos y hermanas que aman este país y se dedican a su gente, todo lo que hacen es maravilloso, aunque no es para nada sencillo. Dan ganas de llorar al escuchar historias como las que me han contado, sobre personas que sufren por la indiferencia generalizada que las entregó a una vida errante, que las llevó a vivir en las calles, exponiéndose al riesgo de violencia física y de abusos sexuales, y también a ser acusadas de brujería, cuando sólo necesitan amor y cuidados. Me conmovió lo que me dijiste tú, Tekadio, que a causa de la lepra te sientes aún hoy, en el 2023, “discriminado, observado con desprecio y humillado”, mientras que la gente, con una mezcla de vergüenza, de incomprensión y de miedo, se apura a limpiar incluso ahí por donde pasó simplemente tu sombra. La pobreza y el rechazo ofenden al hombre, desfiguran su dignidad; son como ceniza que apaga el fuego que se lleva por dentro. Sí, cada persona, en cuanto creada a imagen de Dios, resplandece con un fuego luminoso, pero sólo el amor quita la ceniza que lo cubre. Sólo devolviendo la dignidad se restituye la humanidad. Me ha entristecido escuchar que también aquí, como en muchas partes del mundo, niños y ancianos son descartados. Además de escandaloso, esto es nocivo para la sociedad entera, que se construye precisamente a partir del cuidado de los ancianos y de los niños, de las raíces y del futuro. Recordemos que un desarrollo verdaderamente humano no puede estar privado de memoria y de futuro.

Hermanos, hermanas, hoy quisiera compartir con ustedes y, por medio de ustedes, con los numerosos operadores de bien en este gran país, dos preguntas. En primer lugar, ¿vale la pena? ¿Vale la pena comprometerse frente a un océano de necesidades en constante y dramático aumento? ¿No sería trabajar en vano, además de ser muchas veces desalentador? Nos ayuda lo que dijo sor María Celeste: “A pesar de nuestra pequeñez, el Señor crucificado desea tenernos a su lado para sostener el drama del mundo”. Es verdad, la caridad sintoniza con Dios y Él nos sorprende con prodigios inesperados que se realizan por medio de quien ama. Sus historias son ricas de acontecimientos impresionantes, conocidos por el corazón de Dios e imposibles para las solas fuerzas humanas. Pienso en lo que nos contaste tú, Pierre, al decir que en el desierto de la impotencia y de la indiferencia, en el mar del dolor, junto con tus amigos, descubriste que Dios no los había olvidado, porque les envió personas que no se dieron la vuelta cruzando la calle donde estaban. Así, en sus rostros ustedes descubrieron el de Jesús y ahora quieren hacer lo mismo por los demás. El bien es así, es difusivo, no se deja paralizar por la resignación ni por las estadísticas, sino que invita a donar a los demás cuanto se ha recibido gratuitamente. Se necesita que principalmente los jóvenes vean esto: rostros que superan la indiferencia mirando a las personas a los ojos; manos que no empuñan armas ni manipulan dinero, sino que se extienden hacia quien está en el suelo y lo levantan a su dignidad, a la dignidad de hija e hijo de Dios.

Por tanto, vale la pena, y es un buen signo que las autoridades, por medio de los recientes acuerdos con la Conferencia Episcopal, hayan reconocido y valorado la obra de quienes se comprometen en el campo social y caritativo. Ciertamente, eso no significa que se pueda delegar sistemáticamente al voluntariado el cuidado de los más frágiles, ni el esfuerzo en la asistencia sanitaria y en la educación. Son tareas prioritarias de quien gobierna, con la atención puesta en garantizar los servicios básicos también a la población que vive lejos de los grandes núcleos urbanos. Al mismo tiempo, los creyentes en Cristo nunca deben mancillar el testimonio de la caridad, que es testimonio de Dios, buscando privilegios, prestigio, visibilidad o poder. No, los medios, los recursos y los buenos resultados son para los pobres, y quien se ocupa de ellos siempre está llamado a recordar que el poder es servicio y que la caridad no lleva a dormirse en los laureles, sino que requiere urgencia y concreción. En este sentido, entre las muchas cosas por hacer, quisiera subrayar un reto que compete a todos y en gran medida a este país. Lo que causa la pobreza no es tanto la ausencia de bienes o de oportunidades, sino su distribución no equitativa. El que pertenece a una clase acomodada, en particular si es cristiano, está llamado a compartir lo que posee con quien está privado de lo necesario, más aún si pertenece al mismo pueblo. No se trata de una cuestión de bondad, sino de justicia. No es filantropía, es fe. Porque, como dice la Escritura, «la fe sin obras está muerta» (St 2,26).

Un segundo interrogante, justamente sobre el deber y sobre la urgencia del bien, es ¿cómo realizarlo? ¿Cómo hacer caridad, qué criterios seguir? A este respecto, quisiera ofrecerles tres ideas sencillas. Son aspectos que las instituciones caritativas aquí operantes ya conocen, pero hace bien recordarlos, para que el servicio a Jesús en los pobres sea un testimonio cada vez más fecundo.

Antes que nada, la caridad requiere ejemplaridad. De hecho, no es sólo una cosa que se hace, sino que es expresión de aquello que se es. Se trata de un estilo de vida, de vivir el Evangelio. Por tanto, se necesita credibilidad y transparencia. Pienso en la gestión financiera y administrativa de los proyectos, pero también en el compromiso por ofrecer servicios adecuados y cualificados. Justamente este es el espíritu que caracteriza tantas obras eclesiales de las que este país se ve beneficiado y que han marcado su historia. ¡Que siempre haya ejemplaridad!

En segundo lugar, la amplitud de miras, es decir, el saber mirar hacia adelante. Es fundamental que las iniciativas y las obras de bien, además de que respondan a las exigencias inmediatas, sean sostenibles y duraderas; no simplemente asistencialistas, sino realizadas sobre la base de lo que realmente se puede hacer y con una perspectiva a largo plazo, para que perduren en el tiempo y no terminen con quien las comenzó. En este país, por ejemplo, hay un suelo increíblemente fecundo, una tierra extremadamente fértil. La generosidad de quien ayuda no puede dejar de abrazar esta característica, para favorecer el desarrollo interno de quienes habitan esta tierra, para enseñarles a cultivarla, dando vida a proyectos de desarrollo que pongan el futuro en sus manos. Más que distribuir bienes, lo cual será siempre necesario, es mejor transmitir conocimientos y herramientas que hagan el desarrollo autónomo y sostenible. A este respecto, pienso también en el gran aporte que ha ofrecido la asistencia sanitaria católica, que, en este país, como en muchos otros del mundo, da alivio y esperanza a la población, saliendo al encuentro de los que sufren, con gratuidad y con seriedad, buscando siempre —tal como debe ser— socorrer con instrumentos modernos y adecuados.

Ejemplaridad, amplitud de miras y, finalmente, el tercer elemento: conexión. Es necesario crear una red, no sólo virtualmente, sino concretamente, tal como sucede en este país en la sinfonía de vida del gran bosque y de su variada vegetación. Crear una red, es decir, trabajar cada vez más juntos, estar en constante sinergia entre ustedes, en comunión con las Iglesias locales y con el territorio. Trabajar en red, cada uno, con su propio carisma, pero juntos, relacionados, compartiendo los asuntos urgentes, las prioridades, las necesidades, sin cerrazones ni autorreferencialidad, prontos para apoyar a otras comunidades cristianas y a otras religiones, así como a muchos organismos humanitarios presentes. Todo por el bien de los pobres.

Queridos hermanos y hermanas, les dejo estos puntos y les agradezco lo que han depositado el día de hoy en mi corazón. Ustedes valen mucho. Los bendigo y les pido, por favor, que sigan rezando por mí.

2/01/2023 11:37:00 a. m.
Redacción Central, 01 Feb. 23 (ACI Prensa).- A continuación, el discurso completo del Papa Francisco durante el encuentro con las víctimas de la parte oriental de la República Democrática del Congo y con representantes de algunas organizaciones caritativas en la Nunciatura Apostólica, ubicada en Kinshasa.

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias. Gracias por estos testimonios. Ante la violencia inhumana que han visto con sus ojos y experimentado en su propia carne, nos quedamos impresionados. Y no hay palabras; sólo llorar, permaneciendo en silencio.

Bunia, Beni-Butembo, Goma, Masisi, Rutshuru, Bukavu, Uvira, lugares que los medios de comunicación internacionales no mencionan casi nunca; aquí y en otros sitios, muchos de nuestros hermanos y hermanas, hijos de la misma humanidad, son tomados como rehenes por la arbitrariedad del más fuerte, por el que posee las armas más potentes, armas que siguen circulando. Mi corazón está hoy en el oriente de este inmenso país, que no tendrá paz hasta que la paz no haya llegado allí, a la zona oriental.

Queridos habitantes del este, quiero decirles que estoy cerca de ustedes. Sus lágrimas son mis lágrimas, su dolor es mi dolor. A cada familia en luto o desplazada a causa de poblaciones incendiadas y otros crímenes de guerra, a los sobrevivientes de agresiones sexuales, a cada niño y adulto herido, les digo: estoy con ustedes, quisiera traerles la caricia de Dios. Su mirada tierna y compasiva se posa sobre ustedes.

Mientras los violentos los tratan como objetos, el Padre que está en los cielos mira su dignidad y le dice a cada uno: «Tú eres de gran precio a mis ojos, porque eres valioso, y yo te amo» (Is 43,4). Hermanos y hermanas, la Iglesia está y estará siempre de vuestra parte. Dios los ama y no se ha olvidado de ustedes, ¡pero que también los hombres se acuerden de ustedes!

En su nombre, junto a las víctimas y a quienes se comprometen por la paz, la justicia y la fraternidad, condeno la violencia armada, las masacres, los abusos, la destrucción y la ocupación de las aldeas, el saqueo de campos y ganado, que se siguen perpetrando en la República Democrática del Congo. Y también la explotación sangrienta e ilegal de la riqueza de este país, así como los intentos por fragmentarlo para poderlo controlar.

Causa vergüenza e indigna saber que la inseguridad, la violencia y la guerra que golpean trágicamente a tanta gente, son alimentadas no sólo por fuerzas externas, sino también internas, por intereses y para obtener ventajas. Me dirijo al Padre que está en los cielos, que quiere que todos en la tierra seamos hermanos y hermanas. Inclino la cabeza humildemente y, con dolor en el corazón, le pido perdón por la violencia del hombre contra el hombre.

Padre, ten piedad de nosotros. Consuela a las víctimas y a los que sufren. Convierte los corazones de los que cometen crueles atrocidades, que deshonran a toda la humanidad. Y abre los ojos de aquellos que los cierran o miran para otro lado ante estas abominaciones.

Se trata de conflictos que obligan a millones de personas a dejar sus casas, que provocan gravísimas violaciones de los derechos humanos, que desintegran el tejido socio-económico, que causan heridas difíciles de sanar.

Son luchas en las que se entrecruzan dinámicas étnicas, territoriales y de grupos; conflictos que tienen que ver con la propiedad de la tierra; con la ausencia o la debilidad de las instituciones; con odios en los que se introduce la blasfemia de la violencia en nombre de un dios falso. Pero, sobre todo, es la guerra desatada por una insaciable avidez de materias primas y de dinero, que alimenta una economía armada, la cual exige inestabilidad y corrupción. Qué escándalo y qué hipocresía: la gente es agredida y asesinada, mientras los negocios que causan violencia y muerte siguen prosperando.

Dirijo un vehemente llamado a todas las personas, a todas las entidades, internas y externas, que manejan los hilos de la guerra en la República Democrática del Congo, depredándola, flagelándola y desestabilizándola. Ustedes se están enriqueciendo por medio de la explotación ilegal de los bienes de este país y el sacrificio cruento de víctimas inocentes.

Escuchen el grito de su sangre (cf. Gn 4,10), presten atención a la voz de Dios, que los llama a la conversión y escuchen la voz de su conciencia: hagan callar las armas, pongan fin a la guerra. ¡Basta! ¡Basta de enriquecerse a costa de los más débiles, basta de enriquecerse con recursos y dinero manchado de sangre!

Queridos hermanos y hermanas, y nosotros, ¿qué podemos hacer? ¿Por dónde comenzar? ¿Cómo actuar para promover la paz? Hoy quisiera proponerles comenzar de nuevo con dos “no” y dos “sí”.

En primer lugar, no a la violencia, siempre y en cualquier caso, sin condiciones y sin “peros”. Amar a la propia gente no significa alimentar el odio hacia los demás. Al contrario, querer al propio país supone negarse a ceder ante los que incitan al uso de la fuerza. Es un engaño trágico: el odio y la violencia nunca son aceptables, nunca son justificables, nunca son tolerables, con mayor razón para los cristianos. El odio sólo genera más odio y la violencia, más violencia. Un “no” claro y fuerte también debe decirse a quienes propagan esto en nombre de Dios.

Queridos congoleses, no se dejen seducir por personas o grupos que incitan a la violencia en su nombre. Dios es Dios de la paz y no de la guerra. Predicar el odio es una blasfemia, y el odio siempre corroe el corazón del hombre. El que vive de la violencia, en efecto, nunca vive bien; piensa que salva su vida y, en cambio, es devorado por un torbellino de mal que, llevándolo a combatir a los hermanos y a las hermanas con los que ha crecido y vivido durante años, lo mata por dentro.

Pero para decir verdaderamente “no” a la violencia no es suficiente evitar actos violentos; es necesario extirpar las raíces de la violencia. Pienso en la codicia, en la envidia y, sobre todo, en el rencor. Mientras me inclino con respeto ante el sufrimiento que tantos han padecido, quisiera pedirles a todos que se comporten como nos han sugerido ustedes, testigos valerosos, que tienen la fuerza de desarmar el corazón.

Lo pido a todos en nombre de Jesús, que perdonó a quienes le traspasaron las manos y los pies con los clavos, sujetándolo a una cruz; les ruego que desarmen el corazón. Eso no quiere decir dejar de indignarse frente al mal y no denunciarlo, ¡esto es un deber! Tampoco significa impunidad y condonación de las atrocidades, siguiendo adelante como si nada pasara.

Lo que se nos pide, en nombre de la paz, en nombre del Dios de la paz, es desmilitarizar el corazón, quitarle el veneno, rechazar el odio, aplacar la avaricia, eliminar el resentimiento. Decir “no” a todo eso pareciera que nos hace débiles, pero en realidad nos hace libres, porque nos da paz. Sí, la paz nace de los corazones, de corazones libres de rencor.

También hay que decir un segundo “no”: no a la resignación. La paz requiere combatir el desaliento, el malestar y la desconfianza, que llevan a creer que es mejor recelar de todos, vivir separados y distantes, en vez de darse la mano y caminar juntos. Nuevamente, en nombre de Dios, reitero la invitación para que cuantos viven en la República Democrática del Congo no bajen los brazos, sino que se esfuercen por construir un mundo mejor.

Un futuro de paz no caerá del cielo, pero será posible si se destierra de los corazones el fatalismo resignado y el miedo de involucrarse con los demás. Un futuro diferente llegará, si es para todos y no para algunos, si es en favor de todos y no contra algunos.

Un futuro nuevo llegará, si el otro, sea tutsi o hutu, ya no es más un adversario o un enemigo, sino un hermano y una hermana en cuyo corazón es necesario creer que existe, aun escondido, el mismo deseo de paz. ¡También en el este la paz es posible! ¡Creámoslo! Y trabajemos por ello, sin delegar el cambio.

El futuro no se puede construir quedándose encerrados en los propios intereses particulares, replegados en los propios grupos, etnias y clanes. Un dicho suajili enseña: «jirani ni ndugu» [el vecino es un hermano]; por tanto, hermano, hermana, todos tus vecinos son tus hermanos, sean burundeses, ugandeses o ruandeses. Somos todos hermanos, porque somos hijos del mismo Padre; así nos enseña la fe cristiana, que profesa gran parte de la población.

Entonces, elevemos la mirada al cielo y no permanezcamos prisioneros del temor. El mal que cada uno ha sufrido necesita ser transformado en bien para todos; que el desánimo que paraliza ceda el paso a un ardor renovado, a una lucha indómita por la paz, a valientes propósitos de fraternidad, a la belleza de gritar juntos nunca más: nunca más violencia, nunca más rencor, nunca más resignación.

Y he aquí finalmente los dos “sí” para la paz. Ante todo, sí a la reconciliación. Amigos, es maravilloso lo que están por hacer. Quieren comprometerse y perdonarse mutuamente, y repudiar las guerras y los conflictos para resolver las distancias y las diferencias. Y quieren hacerlo orando juntos, dentro de unos momentos, unidos alrededor del árbol de la cruz, bajo el cual, con gran valentía, desean deponer los signos de la violencia que han visto y sufrido: uniformes, machetes, martillos, hachas, cuchillos.

También la cruz era un instrumento de dolor y de muerte, el más terrible en los tiempos de Jesús, pero, atravesado por su amor, se convirtió en instrumento universal de reconciliación, en árbol de vida.

Quisiera decirles: sean también ustedes árboles de vida. Hagan como los árboles, que absorben contaminación y devuelven oxígeno. O, como dice un proverbio: “En la vida haz como la palmera: recibe piedras, entrega dátiles”. Esta es la profecía cristiana: responder al mal con el bien, al odio con el amor, a la división con la reconciliación. La fe lleva consigo una nueva idea de justicia, que no se conforma con castigar y renunciar a la venganza, sino que quiere reconciliar, desactivar nuevos conflictos, extinguir el odio, perdonar. Y todo esto es más poderoso que el mal. ¿Saben por qué? Porque transforma la realidad desde dentro en vez de destruirla desde fuera.

Sólo así se derrota el mal, precisamente como hizo Jesús en el árbol de la cruz, tomándolo sobre sí y transformándolo con su amor. De ese modo, el dolor se convirtió en esperanza. Amigos, sólo el perdón abre las puertas al mañana, porque abre las puertas a una justicia nueva que, sin olvidar, rompe el círculo vicioso de la venganza. Reconciliarse significa generar el mañana, creer en el futuro en vez de quedarse anclados en el pasado, apostar por la paz en lugar de resignarse a la guerra, huir de la prisión de las propias razones para abrirse a los demás y disfrutar juntos la libertad.

El último “sí”, decisivo: sí a la esperanza. Si se representase la reconciliación como un árbol, como una palmera que da frutos, la esperanza sería el agua que la hace fecunda. Esta esperanza tiene una fuente y esta fuente tiene un nombre, que quiero proclamar aquí con ustedes: ¡Jesús! Jesús: con Él, el mal ya no tiene la última palabra sobre la vida; con Él, que ha hecho de un sepulcro —final del trayecto humano—, el inicio de una historia nueva, siempre se abren nuevas posibilidades. Con Él, cada tumba puede transformarse en una cuna, cada calvario en un jardín pascual.

Con Jesús nace y renace la esperanza; para quien ha sufrido el mal e, incluso, para quien lo ha cometido. Hermanos, hermanas del oriente del país, esta esperanza es para ustedes, tienen derecho a ella. Pero también es un derecho que debe ser conquistado. ¿Cómo? Sembrándola cada día, con paciencia. Vuelvo a la imagen de la palmera. Un refrán dice: «Cuando comes el coco, ves la palmera, pero el que la plantó volvió a la tierra hace mucho tiempo».

En otras palabras, para conquistar los frutos esperados es necesario trabajar con el mismo espíritu de los que plantan palmeras, pensando en las generaciones futuras y no en los resultados inmediatos. Sembrar el bien hace bien, libera de la lógica estrecha del beneficio personal y regala a cada día su razón; aporta a la vida el aliento de la gratuidad y nos asemeja a Dios, sembrador paciente que esparce esperanza sin cansarse nunca.

Hoy agradezco y bendigo a todos los sembradores de paz que trabajan en el país; a las personas y a las instituciones que se prodigan en la ayuda y la lucha por las víctimas de la violencia, la explotación y los desastres naturales; a las mujeres y los hombres que están aquí animados por el deseo de promover la dignidad de la gente. Algunos perdieron la vida mientras servían a la paz, como el embajador Luca Attanasio, el guardia Vittorio Iacovacci y el conductor Mustapha Milambo, asesinados hace dos años en el este del país. Eran sembradores de esperanza y su sacrificio no se perderá.

Hermanos, hermanas, hijos e hijas de Ituri, de Kivu del Norte y del Sur, estoy con ustedes, los abrazo y los bendigo a todos. Bendigo a cada niño, adulto, anciano, a cada persona herida por la violencia en la República Democrática del Congo, en particular a cada mujer y a cada madre. Y rezo para que la mujer, toda mujer, sea respetada, protegida y valorada. Agredir a una mujer y a una madre es hacérselo a Dios mismo, que tomó de una mujer la condición humana, de una madre.

Que Jesús, nuestro hermano, Dios de la reconciliación que plantó el árbol de la vida de la cruz en el corazón de las tinieblas del pecado y del sufrimiento, Dios de la esperanza que cree en ustedes, en su país y en su futuro, los bendiga y los consuele; que derrame la paz en sus corazones, en sus familias y en toda la República Democrática del Congo.

Diocesis de Celaya

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