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Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo

En el anterior episodio, los discípulos que seguían a Jesús bordeando el río Jordán, Andrés y probablemente Juan, “encontraron al Maestro”, entraron en su intimidad y experimentaron una nueva orientación para su vida.

Hoy sucede al revés, es el Maestro el que busca a los discípulos y éstos se dejan encontrar. ¿Qué implica dejarse encontrar? Implica dejar que Jesús nos encuentre en nuestra situación vital, en nuestro entorno laboral y de relaciones, y en nuestros deseos de trascender.

Dejarse encontrar por el Maestro requiere estar dispuestos a un cambio profundo en la estructura de nuestro ser. No se puede ser un discípulo; es decir, estar siguiendo a un Maestro, estar haciendo escuela, y seguir conduciéndose con los mismos paradigmas. En el momento mismo de echarse a andar en el seguimiento del Maestro Jesús, es preciso, modificar nuestros criterios y permitir que la sabiduría y los criterios del Maestro, nos contengan.

Así ha sucedido con las dos parejas de hermanos que se dejaron encontrar por Jesús. Cambiaron radicalmente la estructura de sus personas y sus proyectos de vida: “Dejaron las redes y lo siguieron”, dejaron su actividad diaria para incursionar en una nueva, quizás la que habían esperado por mucho tiempo. Los otros dos hermanos: “se fueron con Jesús”, aceptaron su itinerario, prefirieron su ruta a la propia.

Cuando unos y otros escucharon las palabras de Jesús: “El tiempo se ha cumplido”, escucharon “tiempo, como kairòs” no como kronos, es decir: tiempo como momento de salvación, la hora para la que hasta entonces habían vivido; el tiempo en el que Dios interviene en la historia personal y comunitaria.

En sus mentes esa expresión los persuade para dejarse encontrar.
También escucharon: “Conviértanse y crean en el Evangelio”; es decir: cambien de mentalidad y crean en el Evangelio”.

La palabra que escucharon fue: “metanoèite”, que significa no solo “conviértanse”, sino que cambien de mentalidad, tengan otros criterios más allá de los propios, adquieran una manera diferente de pensar.

Dejarse encontrar por Jesús Maestro, implica cambiar y dejarse guiar por Él. ¿Cómo se hace un cambio consistente, para permitir que el Maestro nos desarrolle o nos rehaga?
Cada uno de nosotros ha realizado cambios importantes en su vida, algunos de esos cambios nos habrán liberado y abierto el horizonte.
Sin embargo, la Palabra de Dios nos permite intentar tres niveles de cambio, para dejarnos encontrar por el Maestro:

1- Hay que cambiar de conducta

Los habitantes de Nínive lo hicieron; cambiaron su mala vida. Este cambio, al igual que el cambio de un vicio o una adicción no sucede solo por una buena intención, es preciso aceptar que se ha hecho un camino equivocado y que nuestra conducta equivocada desagrada a Dios y afecta a los demás.
Para cambiar de conducta, es necesaria la autodisciplina, la templanza, el ayuno, el arrepentimiento y la oración. Se cambia solo si se está convencido de la bondad del cambio.

2- Hay que cambiar de actitud

 San Pablo habla de vivir nuestras vidas y relaciones como si no contaran: “que los casados vivan como si no lo estuvieran…” claro que no entendemos desentenderse del gozo y la responsabilidad que implica el matrimonio, o el sufrimiento y la alegría, sino vivir las realidades de nuestro tiempo con una actitud más universal y trascendente. Abrirse a una realidad que está por venir, una realidad en la que seremos colmados, porque las realidades de este tiempo son caducas e imperfectas.
El cambio de actitud ante la vida, implica entender que aquí nada es definitivo, solo vamos de paso. Hacer lo propio en razón de lo que viene, vivir con una visión creyente.

3- Hay que cambiar de mentalidad

Permitir que el tiempo kairòs suceda, en una conversión-metanoèite que nos abre al reinado de Dios que está cerca, y cuyas leyes son distintas a las que estamos acostumbrados.

Jesús ya había realizado su metanóia, Él no miraba las leyes religiosas y políticas igual que los demás, por ello pudo hacer un camino distinto del de los demás. Como ejemplo podemos recordar la liberación de la pecadora arrepentida. Si Jesús la liberó fue en razón de este cambio de mentalidad, de criterios; lo más importante de la persona humana no está al descubierto, sino en el interior, que es desde donde se toman las grandes decisiones de la vida.

La verdadera metanóia de los discípulos que hoy encuentra Jesús Maestro está aquí, en salir de sus esquemas de vida: los primeros, Simón y Andrés, inquietos, estaban pescando, pero esa actividad no los satisfacía del todo.

Los segundos, Santiago y Juan, estaban retenidos por su padre, inactivos, solo arreglando las redes, estaban insatisfechos de su vida, por eso es que Jesús los atrae con su propuesta en un solo golpe. Podría decirse que para ese momento habían vivido para ser alcanzados por el Maestro, para ser encontrados.

Después viene el cambio principal; una vez que realiza el cambio de mentalidad, viene la nueva persona: “Haré de ustedes pescadores de hombres”; es decir, los llevaré al desarrollo más pleno de sus habilidades primarias, saciaré sus ansias de universalidad.

Si estos discípulos no se hubieran dejado encontrar por Jesús, habrían terminado sus vidas ahí, pescando, y no habrían llegado al magis, al plus.

Nosotros podemos preguntarnos hoy: “¿Cómo me dejo encontrar por el Maestro, cómo me dispongo para el cambio?”. O: “¿Qué es lo que me ata y me mantiene estático, inactivo, inacabado?”.


Pbro. Carlos Sandoval Rangel


III domingo del tiempo ordinario

Nos vamos adentrando en el año y, desde el inicio, muchos le pedimos a Dios que no nos dejara de su mano, que estuviera con nosotros. Él ha tomado en serio nuestra petición, por eso, como parte de esta súplica que le hemos hecho, ahora Jesús nos responde: “Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc. 1, 15). Él se toma muy en serio lo que le decimos y por eso nos va mostrando su ayuda, nos quiere decir cómo.

El llamado de Jesús a la conversión no es un tema meramente moralista, es mucho más integral. En la antigüedad convertirse indicaba un regresar al camino. Como decir: antes no eras tan malo y ahora andas un poco fuera del camino, por tanto es bueno que regreses; vuelve a lo que eras. Pero, en la dinámica del evangelio, convertirse es mucho más, encierra una visión antropológica completa. El llamado de Jesús es: atrévete a dar un paso significativo en tu vida. No es volver, es adelantar. No es volver a lo de antes, como conformándote con no hacer cosas malas, sino descubrir una realidad nueva que está a tu alcance y que Dios dispone para ti. Por eso Jesús une conversión con creer en el Evangelio. Es un descubrir que la salvación ha llegado a ti.

Dios no viene a condicionarte esperando que des el primer paso. No, Él ya lo dio, ahora tú únete y toma este camino nuevo que es el Evangelio. Esto marca la gran diferencia de la fe Cristiana respecto a cualquier otra religión: Cristo no te llama a un deber que has de cumplir, en base a lo cual harás méritos. Te llama a recibir un Don. El don del amor divino, el don de ser amigo de Dios, el don de una sabiduría que nace el Evangelio.

Por eso, Jesús no inició su ministerio en el templo o en la sinagoga, como diciendo, si no vienen se la pierden. Tristemente así queremos enfocar, a veces, el trabajo de la Iglesia; sólo llamamos a que vengan o, lo peor, nos contentamos con los que estamos adentro. Jesús no fue así. Él salió a ofrecer un mensaje muy preciso: “Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios ya está cerca” (Mc. 1, 15), es decir, el Amor está entre ustedes. ¿Ahora qué falta? “Arrepiéntanse y crean en el evangelio” (Mc. 1, 15). El Reino de Dios, en esencia, no significa la llegada de una religión más ni de un sistema moral nuevo, sino el encuentro del Amor Divino con la condición humana. Por eso Cristo sale a encontrarse con las multitudes y a la vez toca cada corazón. A partir de ahí, cada ser humano concretiza ese vínculo de amor convirtiéndose y creyendo.

Encontramos la experiencia del pueblo de Nínive, al cual, el profeta Jonás, le anuncia su inminente destrucción (Jon. 3, 1-5). En un juicio muy humano, podríamos decir: pues que se pierdan, ellos quisieron portarse mal, que asuman sus consecuencias. Por su parte, el profeta, en lo que menos piensa es en la posibilidad de la conversión del pueblo y mucho menos espera el perdón de Dios. Más aún, sube a la montaña para contemplar cómo Nínive va a arder en llamas. Pero si a Dios le duele cada hijo, cuanto más no le va a doler un pueblo entero; por lo que la lógica del Profeta y en general la lógica humana, se vienen abajo, pues el pueblo se abrió a la misericordia de Dios y encontró ese Don amoroso de Dios.

El salmo 24 nos presenta la expresión de quien ha experimentado la pobreza humana, pero también se ha abierto a la grandeza de Dios, es decir, la experiencia de quien quiere dar un paso adelante: “Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Según ese amor y esa ternura, acuérdate de nosotros”. El salmista no acude a Dios recordándole que antes fueron buenos y que ahora prometen volver a esa conducta buena, sino que acude a lo más grande: “Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura”.

Entremos en la dinámica del Evangelio, que renueva el modo de pensar, de actuar y, por tanto, de proyectar la vida. Esa es la dinámica que renueva nuestro ser y nuestra historia.

Hagamos la prueba, pero no olvidemos lo que dice San Pablo: “el tiempo apremia” (1 Cor. 7, 29), porque este mundo es pasajero.


Mons. Cristóbal Ascencio García
Obispo de Apatzingán

Hoy iniciamos un paréntesis de cinco domingos del tiempo ordinario, entre la Navidad y la Cuaresma. En ellos seremos invitados a vivir la normalidad de la fe haciendo camino con Jesús.

Hoy precisamente recibimos un mensaje sobre la vocación: Dios llama, y las personas desde nuestra libertad, podemos o no responder a su llamado. Al hablar de vocación, no pensemos sólo en la vocación a la vida consagrada o a la sacerdotal, porque todos somos llamados a hacer el camino con Jesús, en cualquier estado de vida.

Así pues les invito hoy, a la luz de la Palabra de Dios, a recordar la llamada que nos hizo el Señor; y si alguien no se siente llamado busque esa llamada, es decir, busque al Señor, que es quien llama. Pero no sólo recordemos, también agradezcamos esa llamada, y sobretodo renovemos la respuesta al Dios que nos ama y por eso nos llama.


   En la primer lectura y el Evangelio tenemos casos muy concretos de vocación: La del joven Samuel que servía en el templo y la de dos discípulos de Juan Bautista, uno de los cuales, era Andrés el hermano de Simón Pedro.

En ambos casos, encontramos mediadores que ayudan a reconocer el llamado de Dios: Samuel al escuchar su nombre, corría ante el sacerdote Elí diciendo: “Aquí estoy. ¿Para qué me llamaste?”. Así por tres veces, hasta que el sacerdote comprendió que era Dios quien le llamaba y le dijo: “Ve a acostarte, y si te llama alguien, responde: ‘Habla Señor, tu siervo te escucha’. De nuevo la voz del Señor: “Samuel, Samuel”. Éste respondió: “Habla, Señor; tu siervo te escucha”. Samuel creció y el Señor estaba con él.

   En el texto evangélico, Juan el Bautista, el intermediario, fijando los ojos en Jesús que pasaba, dijo a dos de sus propios discípulos: “Este es el Cordero de Dios”. Al oír estas palabras, siguieron a Jesús. La postura de Juan, como mediador, es paradigmática: Él habla y sus discípulos lo escuchan, pero siguen a Jesús. “¿Qué buscan?”, les pregunta.

 Ellos le contestaron: “¿Dónde vives Maestro?”. Él les dijo: “Vengan y lo verán”. Fueron pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él. Quedarse con él, significa hacerse itinerantes con él. Es precisamente caminando con el maestro, como alguien se constituye en creyente.

 Aparece tres veces el verbo seguir, este verbo indica cómo el creyente se separa de sus puntos de seguridad, de sus proyectos, del inmovilismo de sus esquemas y de sus costumbres, para emprender un camino largo y aventurado, que sólo Cristo sabe por dónde tendrá que pasar, y dónde irá a terminar.

 Qué grande importancia tiene el que reconozcamos la calidad del llamado y mostremos la docilidad del joven Samuel, y de los dos discípulos, porque así, el llamado del Señor se convertirá en experiencia vital que irá transformando la existencia. De Samuel se nos dice que, el Señor estaba con él y todo lo que el Señor le decía, se cumplía. Y de los discípulos, se nos dice que, se quedaron con Él.

 La vida, a partir de ese momento, a partir de la llamada, muestra un antes y un después, que la marca de manera decisiva. Quien se ha encontrado con Jesús y ha escuchado su llamado, anima a que los demás se encuentren con Jesús. El primero a quien encontró Andrés fue a su hermano Simón y le dijo: ¡Hemos encontrado al Mesías! Lo llevó a donde estaba Jesús.

   Hermanos, preguntémonos: ¿Me he encontrado con Jesús y me ha llamado?, ¿Cómo ha sido mi respuesta?, ¿He animado a alguien a que se encuentre con Jesús?
   Les bendigo a todos, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Feliz domingo para todos!



Fr. Arturo Ríos Lara, ofm
Guardián del Templo de
San Francisco en Celaya, Gto.



¡Buenos días, gente buena!

Domingo Ordinario II B
Evangelio según san Juan 1, 35-42:

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿ dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él…

La llave del corazón, que abre también la puerta del Reino… Las primeras palabras de Jesús que el Evangelio de san Juan registra están en forma de pregunta.

Es la pedagogía de este joven rabí, que parece casi olvidarse de sí mismo para poner en primer plano a los dos jóvenes casi diciéndoles: primero vengan ustedes. El amor verdadero pone siempre el tú antes que el yo.

También en el amanecer de la Pascua, en el huerto afuerita de Jerusalén, Jesús se volverá a María de Magdala con las mismas palabras: Mujer, ¿a quién buscas?

 Las primeras palabras del Jesús histórico y las primeras del Cristo resucitado, dos preguntas iguales, revelan que el Maestro de la existencia no quiere imponerse, no le interesa impresionar o someter, ni adoctrinar, sino que su pasión es hacerse cercano, ponerse al lado, aminorar el paso para hacerse compañero de camino de todo corazón que busca.
¿Qué buscan?

 Con esta pregunta Jesús no se dirige a la inteligencia, a la cultura o a las competencias de los dos discípulos que dejan a Juan, no cuestiona la teología de Magdalena, sino su humanidad. Se trata de un interrogante al cual todos están en grado de responder, los cultos y los ignorantes, los laicos y los religiosos, los justos y los pecadores. Porque él, el maestro del corazón, hace las preguntas verdaderas, las que hacen vivir: se dirige sobre todo al deseo profundo, al tejido secreto del ser.

¿Qué buscan? Significa: ¿cuál es su deseo más fuerte? ¿Qué es lo que más desean en la vida? Jesús, que es el verdadero maestro y exegeta del deseo, nos enseña a no conformarnos, enseña hambre de cielo, el anhelo de más…, salva la grandeza del deseo, lo salva de la depresión, del achicamiento, de la banalización.

Con esta simple pregunta: ¿qué buscan? Jesús hace entender que nuestra identidad más humana es ser creaturas de búsqueda y de deseo. Porque a todos hace falta algo: y pues, la búsqueda nace de una ausencia, de un vacío que pide ser llenado.

¿Qué me hace falta? ¿De qué me siento pobre? Jesús no pide como primera cosa renuncias o penitencias, no impone sacrificios sobre el altar del deber o del esfuerzo, pide antes que nada que entres en tu corazón, lo comprendas, conocer que deseas más que nada, qué te hace feliz, qué sucede en tu intimidad.

Escuchar el corazón. Y después abrazarlo, “acercar los labios a la fuente del corazón y beber” (San Bernardo).

Los antiguos padres definieron este movimiento como “la vuelta al corazón”: “encuentra la llave del corazón.

Esta llave, lo verás, abre también la puerta del Reino”.
¿Qué buscan? ¿Por qué caminan?
Yo lo se: camino por uno que hace feliz el corazón.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!



Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo


Andrés y otro discípulo encontraron al Maestro ahí, en su vida privada, en su intimidad. Esto se escucha simple; sin embargo, fue muy complejo. Digamos que estos dos discípulos encontraron el tesoro por el que una persona podría pasar toda una vida buscando.

Los especialistas coinciden en afirmar que el otro discípulo es el mismo narrador, Juan Evangelista. Ambos eran personas inteligentes, en búsqueda de algo verdaderamente importante para sus vidas. Podemos hoy, después de dos mil años, asomarnos al espejo de estos dos discípulos; en muchos de nosotros aparece desde lo más profundo este deseo de hacer algo importante con nuestra vida; así eran los discípulos de todos los tiempos, desde Samuel en el siglo XI antes de Cristo, Andrés y Juan, hace dos mil años, y hoy nosotros mismos. Se requiere estar en búsqueda, pagar el precio de buscar y esperar, hasta encontrar a la persona que redireccionará nuestra vida.

En el fondo, un discípulo es alguien que tiene esta exigencia máxima en su conciencia: “¿Qué he de hacer con mi vida?” Es uno que sabe que Dios se trae un asunto importante con él, que su vida es importante no solo para sí, sino para otros, y teme fallar.

Así estaban estos dos discípulos; primero, buscando en Juan bautista, pero esperando al Maestro de Maestros, al Mesías, al Ungido.

Parece que el mundo en el que vivimos necesita nuevos discípulos; es decir, gente que se haga la pregunta importante sobre la dirección que tomará su vida; y, al mismo tiempo, necesita nuevos maestros.

Nosotros queremos pensar esta idea: “Encontrar al Maestro”, en un momento importante de la historia, cuando el mundo ya no está en búsqueda de estas cosas, cuando hace falta que muchos se encuentren con el Maestro, cuando hacen falta maestros en todos los ámbitos; maestros, educadores, padres de familia que esclarezcan la dirección de muchas vidas… sobre todo, hacen falta maestros espirituales.

Cada uno habrá experimentado a Jesús como su Maestro, cuando hemos tomado decisiones fincadas sobre los criterios del Evangelio. Más aún, si hacemos memoria, habrá alguien que ha experimentado la cercanía con Jesús en su intimidad, como ha sucedido hace dos mil años con estos discípulos. Sin embargo, para este momento de nuestra vida, conviene encontrar de una manera nueva al Maestro Jesús. Para iniciarnos, hay que intentar estos tres pasos:

1- Conocer por intuición

 Desde una sabiduría que no dominamos, que no es nuestra, que nos sobrepasa. La intuición aquí no significa un conocimiento pobre, no comprobable o poco científico, sino un conocimiento que inicia donde la razón topa.

 Aquí es preciso abandonarse a las incursiones del Espíritu, esperando como el joven Samuel en el templo de Elí. Al principio no se sabe de quién es la voz, de dónde viene, porque no hemos tenido la experiencia de Dios. Conocer a Dios así, implica discernimiento y humildad, para dejarse guiar por otro, “un Maestro”, y mejor, “Jesús Maestro”.

 ¿Cuántas cosas has alcanzado por intuición? ¿Fueron ciertas o no? ¿Fueron muy importantes en tu vida? Es verdad; cuando permitimos que nuestro Espíritu se ensanche libremente en sus búsquedas, quizás en sus imágenes no claras de la noche, como a Samuel, en la incomprensión de gran parte de lo que estamos alcanzando, viene el acontecimiento importante para el que hemos hecho escuela.
Quizás un poco atrevido, digo que: la intuición es, en este caso, como una sonda hacia el infinito, que nos permite asomarnos a un universo que no está al alcance de nuestros sentidos, y no en el solo fenómeno de nuestra existencia humana.

2- Conocer en espíritu

 Porque en Cristo somos un solo ser, miembros de su cuerpo, lo que nos sucede, sucede en Él. Conocer en espíritu, implica ir más allá del conocimiento superficial de nuestras personas, más allá del cuerpo.

 Sería limitante entender la frase “El cuerpo no es para fornicar” con una interpretación meramente sexual. Cierto que Pablo habla a una comunidad de costumbres relajadas en Corinto, pero en la base está su concepción de persona humana, de ser en Dios, una concepción aristotélica de cuerpo y alma.
 Creo que San Pablo quiere llevar a los suyos a un nivel de conocimiento superior. En lenguaje bíblico del Antiguo Testamento, conocer significaba pasar una noche en la intimidad. Pues ahora hay que conocer en espíritu, un conocimiento superior.

Conocer en el espíritu, es dejar que el otro me aborde con el peso de su espíritu, con la especificidad de su persona espiritual que me topa y me embarga; esto sucede en mi cuerpo, pero de una manera distinta. Cuando nos encontramos, su espíritu se asoma y me permite ver más allá de su cuerpo, quizás deteriorado o feo, la belleza irrepetible de su ser espiritual, entonces su espíritu gravita en nuestra relación, a veces hasta permitir la posesión. Si esto es con las personas con quienes nos amamos, ¡cuanto más con Dios!

3- Atreverse a habitar Su morada

Me encanta imaginar a esos dos discípulos siguiendo a Jesús, entenderlos en la ternura de quienes lo siguen respetando el entorno del Maestro, su andar y su silencio. Les llegó el momento más importante de sus búsquedas, cuando Jesús voltea y les hace la pregunta clave: “¿Qué buscan?”.
 Pudo haberles preguntado: “¿Qué quieren?”. Ellos podrían haber respondido: “Queremos tu enseñanza, tu ciencia o tus conocimientos”. De responder así, quizás todo habría terminado en un encuentro impersonal y poco comprometido; pero no, los discípulos fueron inteligentes al decir: “¿Dónde vives, Rabí?” Y con eso le dijeron entre líneas: “No buscamos algo, te buscamos a Ti”.

Jesús se habrá complacido en la respuesta de aquellos discípulos; pudo ver que no eran cualesquiera discípulos, sino unos que estaban dispuestos a llegar hasta donde el Maestro los llevara. Siempre nos goza mostrar nuestro “hábitat más personal”, el lugar donde somos nosotros mismos… pudo ser igual para Jesús.

Los discípulos, al preguntar: “¿Dónde vives, Rabí?”, se están invitando a entrar en la esfera privada y espiritual del Maestro; quieren saber de sus rutinas, no solo sus conocimientos, sino cómo surgen sus conocimientos, cómo realiza la “alquimia” de ser el gran Maestro interior; experimentar las producciones de su amor, hacer una sola causa con Él en Su proyecto, en Su espíritu, en Su intimidad. Su unción los tiene prendidos, “El Ungido” les hace experimentar la impronta de Su espíritu, lo inagotable de Su fuerza comunicadora de vida y de amor.

Jesús dice: “Vengan y lo verán”, porque el camino para conocer a Dios no es la sola razón, sino la experiencia personal, la experiencia de la comunicación gozosa de la persona interior.

Y al final, “Atreverse a habitar en la morada del Maestro”, implica recibir la redirección de la vida. Para Andrés y Juan, a partir de ese momento, la vida tuvo una orientación decisiva, tan definitiva y profunda que la existencia toda no les bastó para terminar su escuela ni para comprender la totalidad del misterio de su Maestro.

Pedro recibió su redirección: “…Tú te llamarás Kefás”. No lo invitó en ese momento a seguirlo, solo dio dirección y sentido a su vida.

Encontrar al Maestro nos conviene, especialmente hoy, cuando hace falta tanto el rumbo de nuestra vida personal y colectiva, cuando hacen falta discípulos y maestros, maestros espirituales.
Si hoy Jesús te pregunta: “¿Qué buscas?” Tú, ¿qué respondes?


Pbro. Carlos Sandoval Rangel


Segundo domingo del tiempo ordinario

Pasó la navidad, pero Jesús no. Él ya no está en el pesebre, por lo que ahora tenemos que preguntarle, como los discípulos: “¿dónde vives?” Démonos tiempo para preguntarle ¿dónde vives, Maestro? Démonos tiempo para estar con Él. De hecho, “la fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con Él. Y ese estar con Él nos lleva a comprender las razones por las que se cree” (Benedicto XVI, Porta Fidei n. 10).

Jesús ya no está en el pesebre, pero ahora ha escogido lugares predilectos para vivir: en la Eucaristía y, en general, en los sacramentos, en cualquier espacio de la oración, en su palabra, en el hermano, en los pobres, enfermos, encarcelados, en los niños y en los ancianos. Pero también desea estar, de modo vivo, en nuestro corazón.

No tengamos miedo de ir a Jesús para estar con Él, para decirle como Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha” (1 Samuel, 3, 3-10). Que de verdad lo escuchemos, pues en realidad ¡cuánto podemos aprender de Jesús! No tengamos miedo a decirle: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. No sólo quiero saber, teóricamente, dónde vives. Quiero estar contigo, quiero escucharte y deseo hacer tu voluntad.

Encontrar a Jesús en esas realidades concretas y dejarnos interpelar por Él, es lo que sigue del pesebre. Sólo así, Dios, mostrado en Jesús, deja de ser el Dios ambiguo, lejano e impersonal. Sin esas realidades concretas que nos permiten palpar a Jesús, la navidad se queda reducida una vez más a un sentimentalismo religioso o a una intensa tradición que nos cansa y nos deja vacíos.

Reconocer a Jesús y darnos tiempo de estar con Él, para aprender y hacer nuestros sus beneficios, nos permitirá descubrirlo también como el “Codero de Dios”, como lo señala Juan el Bautista. Pues, la imagen del cordero hace alusión a su mansedumbre, su inocencia y a la misericordia que viene a compartirnos. Precisamente, eso es lo que nos ofrece Jesús. Él es el Cordero que viene a ofrecer misericordia. Está con nosotros que somos pecadores, para ofrecernos su misericordia. Hasta sus enemigos se quejaban de él diciendo: “recibe a los pecadores y come con ellos”.

Señor, yo también soy pecador, permíteme sentarme a tu mesa, estar contigo y nutre mi corazón.


Fray Arturo Ríos Lara, ofm


¡Buenos días, gente buena!

Epifanía del Señor B
Mateo 2, 1-12 Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.» …

Caminantes. La bendición que Dios nos envía, la sonrisa de Dios que somos llamados a experimentar, a ver en nuestras frágiles vidas, las podemos percibir sólo cuando tenemos el valor de hacer como María, de guardar un espacio de silencio y de interioridad en nuestras vidas. Entonces todo es posible.
El Dios hecho hombre, el Dios hecho mirada y sonrisa, el Dios accesible y presente, se deja encontrar, se deja apretujar en los brazos.

Entonces, todo cambia, pues nuestra mirada ha cambiado. Y vemos ángeles que suben y bajan sobre nuestras vidas. Y gloria anunciada a los hombres que orientan su voluntad hacia la paz. Gloria luminosa que alumbra la noche. Y que se hace estrella en el cielo. Estrella que orienta, estrella que guía, estrella que conduce. Pero solo a quien sabe levantar la mirada.

Estrellas. Como han hecho aquellos extraños personajes, los magos. No los que adivinan, sino los orientados por una comprensión mayor, los que no se detienen ante las apariencias… Han levantado la mirada, han osado ir más allá. Han encendido el deseo. Deseo, un término que tiene que ver, de nuevo, con las estrellas, con el cielo. Han seguido su intuición, se han aventurado. Se permiten afrontar un largo viaje para verificar su teoría.

Son constantes, porque la verdad se encuentra solo después de un camino largo hecho de desiertos y de estepas. Y han llegado.

Ya no hay una estrella que les oriente. Sino una corte, un rey sanguinario, los sacerdotes arrogantes y presuntuosos, la gente de Jerusalén, curiosa por la caravana de camellos y caballos. De las estrellas a los hombres. Estos, tramposos, contradictorios y que sin embargo saben dar explicaciones.
La indicación de los escribas y sacerdotes, inmóviles custodios de la Palabra, a la que tienen arrinconada, les revela el lugar donde ha nacido el rey Mesías. Señales claudicantes, como somos nosotros, como son los cristianos… Y, sin embargo, indican Y retoman el camino, medio perdidos, pero confiados. A la ciudad de David.

Belén. Ningún rey los espera. Solo una pareja. Una joven campesina aprieta en sus brazos a un recién nacido. Semejante a todos los recién nacidos.

Pero aquello es un misterio. Esa es la revelación. Dios se esconde entre las cosas pequeñas, entre los rostros de quienes están a nuestro lado.

El cielo se ha mezclado con la tierra, con la tierra, contradictoria y llena de sombras.
Entonces los magos caen en la cuenta. Entienden.

Ofrecen al infante, llenos de verdad y de asombro, regalos improbables: el oro, porque reconocen en el niño al rey; incienso, porque reconocen en el niño la presencia de Dios; mirra, ungüento usado para embalsamar, porque ya ven en este niño al crucificado, el signo de contradicción que nos urge a optar.
Caminantes. Nunca como en estos tiempos somos llamados a ponernos en camino, en salida, a seguir el deseo de plenitud que nos habita, el anhelo de felicidad que nos inquieta.

El deseo mueve el corazón de los hombres. Hoy es la fiesta del deseo que no se rinde, la fiesta que ve protagonistas a algunos buscadores que dedican el tiempo a descubrir nuevas teorías y a verificarlas.
Hoy es la fiesta de la esencia del ser humano que, al final, despojado de todo condicionamiento, se descubre simplemente como uno que busca.

Esto somos, esto son: Buscadores. Buscadores de infinito, de Dios.

Se termina el tiempo de Navidad. Con la invitación a abandonar nuestras presuntas certezas, para osar, para seguir tantas estrellas que Dios pone en  nuestro camino. Estrellas que a veces desaparecen, sustituidas por las indicaciones de hombres que claudican, pecadores, viles,  pero que sin siquiera saberlo, cumplen su tarea de ser señales.

Somos lo que deseamos.

Somos, si tenemos el valor, cada año, cada instante, de ser caminantes. No vagabundos que viven al día, sino caminantes que buscan, que anhelan, que se aventuran.

Buen camino, buena búsqueda, buen encuentro.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!


Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo


La “Epifanía”, como manifestación de Dios, se da en un movimiento continuo de respuesta a Dios. El arranque del movimiento es la encarnación, es el movimiento de Dios hacia nosotros, y la continuidad del movimiento sucede en la Epifanía, es el movimiento de nosotros hacia Dios.
Las imágenes intensas de los “Reyes Magos”, pueden inspirar en nuestra vida diaria una actitud esperanzadora y sabia ante la vida. Los que buscan al Niño son personas inteligentes, de estudio; sabios o científicos de Oriente, según la narración de Mateo. Personas que no están satisfechas con el mundo en el que viven ni con los hallazgos que han alcanzado hasta ahora. Esta actitud es atrayente; en verdad, la gente inteligente sigue por naturaleza la luz, busca alcanzar el tope de todo cuanto existe.

Para los no creyentes, podría bastar con la apertura a nuevos conocimientos, como lo hicieron los Reyes Magos, para desinstalarse de sus lugares y ponerse en marcha, siguiendo los signos y las intuiciones de su ciencia. Al final de todas sus búsquedas, lo que el hombre quiere es a Dios; puede ser desde los trascendentales: Verdad, Bondad y Belleza.

Los Reyes Magos han alcanzado La Verdad en el Niño recién nacido; si no hubiera sido así, no se habrían postrado y no lo hubieran adorado. Pero, ¿qué es la Verdad? ¿Cómo se permanece frente al trascendente? Es una respuesta que aparece clara en este Evangelio: la Verdad se encuentra en el diseño de Dios sobre la persona humana. Al final de todos los avances científicos y tecnológicos, La Verdad permanecerá en el ser humano que Dios modeló. Es con el hombre de cada tiempo que Dios tiene un diálogo y un encuentro de salvación.

Estos personajes de hace dos mil años provocaron al rey Herodes, hicieron temblar a toda Jerusalén con él, porque siendo gente de ciencia, se desinstalaron de sus palacios para buscar al Rey Universal, para encontrarse con el que trasciende todo conocimiento, con el que es origen de la vida.

Así también nosotros hoy, queremos ser espejo de estos Reyes Magos, queremos ser nuevos Reyes Magos, capaces de provocar al hombre de nuestro tiempo, tan distraído en los particulares de su propia producción y ajeno al verdadero movimiento de sabiduría y de vida en Dios.

¡Qué importante que aceptemos ser “Signos de encuentro” en un mundo tan lastimado por los desencuentros; un mundo que pierde el universo de lo simbólico, que se ha vaciado de los signos que trascienden el hombre!
Para iniciarnos como “Signos de encuentro” podemos intentar estas tres ideas:

1- Hay que levantarse

 Como canta Isaías a Jerusalén en la primera lectura. Como se levantan los Reyes Magos, desinstalándose de sus comodidades para ir en búsqueda de lo que trasciende.  Levantarse implica buscar en el sagrario de nuestras conciencias La Verdad que va a satisfacer nuestras ansias de eternidad. Implica permitir que resplandezca Dios en nosotros, antes que nosotros sin Dios.  Al levantarnos, podemos entender que el corazón se ensancha, preparándose para un conocimiento y una vivencia mayor, se agolpa en la intuición del misterio que está por develar y, entonces, se sacia de certezas.

2- Hay que interpretar signos

Seguir el rastro de las manifestaciones de Dios, estar atentos en los lugares donde Dios aparece: los Reyes Magos veían una estrella, ¿nosotros qué vemos? La verdad del ser humano en la vida del Niño. La igualdad de los hombres ante Dios, el Niño nos iguala a pastores y a sabios. La autenticidad del Nuevo rey, ¿cuál es nuestro rey… por qué caminos lo encontramos?
Una cosa nos debe igualar a los reyes: ellos sabían que no habían llegado al “magis”, al tope de sus conocimientos ni de su experiencia de vida, por eso buscaban ir detrás de las representaciones sociales de su tiempo, detrás del signo que nos da el contenido.

3- Hay que postrarse

 Ante el Rey Universal, ante la pareja real, ante la propuesta de alianza que Dios nos presenta en Jesús.
Nos cuesta trabajo postrarnos, no estamos acostumbrados, porque nos hemos erigido en el lugar de Dios. Pero realmente nos hemos postrado ya alguna vez y no ante Dios, sino ante las expresiones de nuestra soberbia, ante las ventajas de la riqueza, del poder o de la fama; quizás ante la violencia y más…

Postrarse ante el Dios Niño, ha permitido el encuentro de miradas entre los sabios y el Hijo de Dios. Si estos personajes de hace dos mil años nos pudieran responder a la pregunta: ¿qué vieron en aquel pequeño que los postró en adoración y los llevó a entregar los dones que por todo el tiempo de su viaje guardaron para Él? Quizás responderían: “Nos vimos a nosotros mismos; en un instante nos fueron claras todas las cosas, las del cielo y las de la tierra; por un instante nos asomamos al universo insondable de Dios”. Y nos dirían, además, que encontraron su propia identidad en aquel que los hizo desde su eternidad.

Finalmente, estos Reyes Magos se postraron para sacar de su interior, en la intimidad de ese encuentro, el don de Dios que ya habían recibido.

¿Cuál es el don que Dios nos dio y que podemos presentar a Jesús como garantía de vida? ¿Cómo me aproximo al misterio de la encarnación de Dios para asirme de su movimiento de trascendencia?
El mundo en que vivimos nos necesita, más que nunca, como “Signos de encuentro”; necesita que en la imagen de aquellos sabios de Oriente, nosotros nos veamos reflejados.


Pbro. Carlos Sandoval Rangel


Fiesta de la Epifanía

Cada día el ser humano encuentra más justificaciones para no creer ni acercarse a Dios. Hay quienes dicen no creer porque, buscando razones científicas que demuestren la existencia de Dios, no las han obtenido. Hay otros a quienes simplemente la soberbia nos les permite reconocer la grandeza de Dios. Unos más han creado sus propios dioses y algunos son fruto solo de una inercia pragmática sin Dios.

Pero hoy los Magos nos dan una lección contundente: nos enseñan que para encontrar a Dios solo necesitamos un corazón humilde y siempre abierto para descubrirle en las expresiones más simples y cotidianas. Ellos encontraron la grandeza de Dios vivo y glorioso en la pobreza de un niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Ellos buscaban la verdad en el estudio de las estrellas, pero descubrieron una diferente que les permitiría dar un sentido nuevo y definitivo a su vida.

Abrir el corazón a Dios, con la sencillez que lo hicieron los magos, nos da siempre la dicha de convivir con Dios tal cual Él es, evitando así dar a la fe un tono individualista y subjetivo. Estos hombres, venidos de Oriente (Mt. 2, 1-12), representaban a las diversas razas de la tierra, como ya lo había profetizado el profeta Isaías (60, 1-6) y, por tanto, representaban también los variados modos de entender a Dios. Pero, ahora, su humildad les permitía conocer y adorar al verdadero Dios, como Él mismo quiso manifestarse en aquel pequeño niño envuelto en pañales.

Por desgracia, muchos corazones cerrados a las cosas de Dios, cegados en las visiones más pobres de la vida por estar llenos de sí mismos, nunca entenderán una Verdad tan alta y noble como la entendieron los magos en el pesebre. Así sucedió con Herodes y con las autoridades religiosas de Jerusalén, a quienes el miedo y las inseguridades les marginó del bien supremo. Aquel niño no pretendía quitarle el trono a Herodes, solo le hubiera ayudado para reinar de modo digno. Aquel niño no venía a destruir la fe de los grupos religiosos del tiempo, solo les quería ayudar a creer con claridad. No quería anular a los líderes religiosos, solo quería enseñar que a Dios no podemos manipularlo ni podemos ser sus dueños.

Herodes y todo Jerusalén con él buscarían al niño para matarlo, porque así es el mundo ciego, el mundo que desde la ignorancia, desde la soberbia, desde la ceguera del poder y desde las falsas seguridades reacciona contra Dios.

¡Vamos también nosotros a adorar al niño! Pero no bajo un ritualismo vacío e idólatra, sino bajo un culto que celebra la presencia de Dios y que aprende a vivir de Él.

Pbro. Carlos Sandoval Rangel


Pbro. Carlos Sandoval Rangel


 “El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” (Nm. 6, 22-27). De esta manera era bendecido el pueblo de Israel. Y a Dios le gustaba que se le invocara de este modo, por eso Él mismo dice: “Así invocarán mi nombre… y yo los bendeciré”.

                Después de que estos días hemos reafirmado nuestra fe en un Dios cercano y lleno de amor, que se manifiesta en el pesebre, ¿por qué nuestro corazón no habría de doblegarse con humildad para invocar la bendición de Dios? ¿Por qué no habríamos de aceptar que necesitamos que su bendición nos acompañe a la largo del nuevo año que se abre?

El año entrante no será nada fácil, pues las sombras con que cerramos un año son las mismas con que iniciamos uno nuevo. Iniciamos con una enorme incertidumbre, como pocas en la historia de nuestro amado México, debido a la violencia extrema, los desajustes económicos, corrupción, trastornos ecológicos, pobreza religiosa, monopolios políticos, desajustes familiares, etc. Pareciera que tenemos el marco ideal para enfrentar un nuevo año marcado por la impotencia y la desesperanza; pero ojalá no lo permitamos.

¿Qué necesitamos para poco a poco darle un giro a la historia? Necesitamos trabajar mucho todos los días para tener la convicción de que no podemos seguir tejiendo la historia sin la mano de Dios.

El misterio de Dios, revelado en el pesebre, nos recuerda que Dios no es algo ambiguo o abstracto, sino el Dios cercano, concreto y personal, que comparte, redime y hace trascender nuestra vida. Él está con nosotros, con cada uno y con todos, para compartir nuestras inquietudes, luchas, limitaciones, esfuerzos y todo cuanto vivimos en el día a día. Está para redimir nuestras equivocaciones y caídas. De nuestra flaqueza sacará fuerza; se valdrá también de nuestro pecado para reafirmarnos su misericordia. No tengamos la menor duda de que Él nos dará la posibilidad de ir más allá de lo que nosotros por sí solos no podemos.

Al cerrar un año e iniciar otro, no podemos permitirnos ni fatalismos ni triunfalismos. Simplemente, es momento de reafirmar nuestra decisión de continuar el camino y sobre todo hacerlo “confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum! debemos remar mar adentro.

Cerramos un año e iniciamos otros, también de la mano de María santísima. Ella es la Madre del amor, por eso no dudemos buscar en ella la fortaleza del amor que lo puede todo. Ella es la mujer de la esperanza, por eso cuando las fatigas y confusiones nos generen incertidumbre, no dudemos tomarnos de su mano, ya que ella siempre nos mostrará el camino; por algo la Iglesia, al inicio de cada año, nos invita a recordar a María como nuestra Madre.

María Santísima es la Mamá peregrina que nos acompaña en todas las circunstancias. Como buenos hijos, seamos humildes y no nos soltemos de su mano amorosa.

Por último, los invito a iniciar el nuevo año con dos propósitos que nos sumarán muchísimo: Uno, no olvidarnos en ningún momento a los más necesitados, son muchos, pero ojalá que nosotros les ayudemos un poco para que su vida no sea tan dura. El otro, siempre seamos agradecidos con las personas que nos apoyan en las tareas más sencillas: quienes nos abre la puerta, nos limpia los zapatos, nos apoyan en la limpieza, nos cortan el pelo, etc. Responder a estos dos propósitos nos dará la posibilidad de mantener vibrante y bien ubicado el corazón en la realidad que vivimos. Desde, ahí empezamos a construir una historia con mayor responsabilidad y amor.

¡Dios les bendiga! ¡Feliz año nuevo!


Por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo


Al celebrar hoy “La Sagrada Familia”, podemos tomar esta hermosa imagen de La Familia de Nazaret. No es una familia normal desde nuestras categorías culturales; parece más bien una familia “atípica” si consideramos que la madre es virgen, el padre es Dios, José ejerce una paternidad legal y espiritual, y el hijo es divino y humano. Sin embargo, esta misma condición a través de la cual Dios ha querido venir al mundo, nos permite comprender que la familia tiene un universo insondable de formas de manifestarse. En el centro de esta familia y de todas las familias del mundo encontramos esta constante: la necesidad de una relación de pertenencia y el lugar en el cual ser educados, instruidos y ayudados a descubrir nuestra vocación más alta.

 Incluso nuestras familias disfuncionales, ¡cuánta riqueza alcanzan cuando se esfuerzan por vivir una sana pertenencia y un proyecto mínimo de familia!

 José y María han insistido en educar a Jesús en la tradición de los que esperaban la liberación de Israel. Llevan al Niño para presentarlo y consagrarlo al Señor. No solo por mera tradición, sino para marcar en la historia personal, familiar y comunitaria, la ascendencia y la pertenencia de Jesús a la familia de Abraham y, así, a la de su Padre Dios.

 A nosotros hoy, nos viene muy bien retomar este sentido vivencial y ritual de nuestra pertenencia. Especialmente ahora, cuando vivimos un tiempo en el que las raíces se pierden en las ideologías del relativismo y el secularismo. Un mundo, además, que no se interesa mucho en dar continuidad a sus instituciones y a la memoria de sus antepasados.

 ¡Qué tesoro tan grande recuperar nuestra pertenencia familiar y religiosa, y tomar vida de esta experiencia!

Intentemos tres actitudes para reavivar nuestra pertenencia

1-Mantengamos el vínculo por la honra

 Nuestros referentes vitales siempre estarán ahí: son nuestros padres y hermanos. Honrar a los padres en la sabiduría sapiencial de Eclesiástico, nos permite recoger las bendiciones de Dios: quedar limpio de pecado y acumular tesoros. Encontrar alegría en los propios hijos y en la oración escuchada, tener larga vida y consuelo.
 ¡Qué gozo inmenso tener la posibilidad de cuidar a nuestros padres en la vejez, y experimentar que nuestra vida tiene un grado de pertenencia a ellos!

2-Vivamos la vida familiar con un sentido de consagración

 En este sentido hay que celebrar la pertenencia cuantas veces nos lo permitan las circunstancias de la vida. Implica crecer en una fuerte espiritualidad de comunión y dejar de lado el pensamiento individualista.
La consagración a la vida y al amor familiar no depende de ceremonias, sino de actitudes; por eso podemos enseñarnos mutuamente, acompañarnos y mostrarnos magnánimos, humildes, afables y pacientes.

3- Hay que sostenerse como piedras vivas

 El anciano Simeón, movido por el Espíritu fue al templo, y encontró a la familia de Nazaret. Estuvo seguro de ver en aquel Niño al Salvador.
Lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios por permitirle tan grande don. Simeón reveló que Jesús sería puesto como piedra de toque para ruina y resurgimiento de muchos.

 Nosotros podemos sostener la vida familiar así, como piedra de cimiento, para levantar el proyecto familiar. La pertenencia implica también esta carga, similar a la de María: “…y a ti, una espada te atravesará el alma”, pero en el propio ejercicio de carga, viene dada la capacidad para dejarse atravesar.
 ¿Quién soy desde mi pertenencia familiar y religiosa?


Por Hermanas Misioneras Servidoras de la Palabra


Iniciamos el 2018 en un ambiente  de fiesta y celebración, todos  nos hacemos  propósitos personales y de superación.

Del ser humano es propio el espíritu de  evolución, el deseo de avanzar y de renovarse; si no es de  esta  manera algo anda mal.

Sin embargo, el panorama que  augura para este año 2018 no es nada  alentador, tenemos  en puerta una creciente  crisis económica, por mala administración y corrupción de  nuestras  autoridades; amenazas de guerra nuclear y un panorama electoral sin propuestas que se acerquen a las verdaderas necesidades de nuestro pueblo.

Cerramos el año 2017 con más de 96 mil ejecuciones, más 56 mil desaparecidos, otros tantos miles de abortos y miles de niños que han sido abusados sexualmente, explotados y que viven  en marginación o sufren el abandono de sus padres; además de cientos de divorcios... México teñido en sangre y con muchas familias divididas no deja de ser un país joven, rico en cultura, identidad y valores; un país con gente  mayoritariamente  buena y trabajadora; además con un territorio con multiforme cantidad de recursos naturales.

Al iniciar el año, no bastan los buenos propósitos que nacen de una inteligencia que tiene inscrita de manera  natural el deseo de superación.

Es necesario cultivar la fuerza de voluntad y alentarla  con la sana disciplina: los mejores propósitos sin fuerza de voluntad  no sirven de nada.

La inteligencia más prodigiosa sin voluntad puede  ser caprichosa y autodestructiva.
Si tú y yo creemos en Jesús, el cultivo de la fuerza de voluntad  es algo natural que brota de la  enseñanza del maestro: <<El que  quiera venir  en pos de mí que cargue  con su cruz y que me siga… El que pierda su vida  por mí la ganará; pero el que  quiera ganar  su vida para sí mismo la perderá>> (     ). De tal manera  que  nadie quiera vivir una  vida  a su gusto y una religiosidad a su medida.

Si creemos en Jesús debemos dejar resplandecer la conducta  cristiana, hacerle violencia a nuestra pasividad, pereza, sensualidad… de modo que  aunque al parecer  se pierde, en realidad se gana.
Ánimo en los propósitos de este año 2018, que todos nuestros deseos  más nobles sean cumplidos y que  el 2018 sea un año para  evolucionar y crecer.

Para amar la vida, custodiar la vida y gozar la vida.



Fray Arturo Ríos Lara, ofm.
Guardián del Templo de San Francisco
de Celaya


¡Buenos días,gente buena!

La Sagrada Familia B
Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.

La vejez del mundo y la eterna juventud de Dios. María y José llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Una joven pareja con su hijo llega, llevando la pobre ofrenda de los pobres, dos tórtolas, y la más preciosa ofrenda del mundo: un niño. En los brazos de los dos ancianos lleno de caricias y sonrisas, pasa del uno al otro el futuro del mundo: la vejez del mundo que acoge entre sus brazos la eterna juventud de Dios. El pequeño niño es acogido no por los hombres de las instituciones, sino por un anciano y una anciana sin rol oficial, pero dos enamorados de Dios que tienen los ojos velados por la vejez pero aún encendidos por el deseo.

Porque Jesús no pertenece a la institución, sonó a la humanidad. La encarnación es Dios que se desborda por todas partes en las creaturas, en la vida que termina y en la que florece. Es nuestro, de todos los hombres y de todas las mujeres. Pertenece a los sedientos, a los que no dejan nunca de buscar y de soñar, como Simeón; a los que saben ver más allá, como la profetisa Ana; a los que son capaces de encantarse ante un recién nacido, porque sienten a Dios como futuro. El Espíritu había revelado a Simeón que no habría visto la muerte sin haber visto antes al Mesías. Son palabras que el Espíritu ha conservado en la Biblia para que yo, nosotros, las conserváramos en el corazón: también tú, como Simeón, no morirás sin haber visto al Señor. Es esperanza. Es palabra de Dios. Tu vida no terminará sin respuestas, sin encuentros, sin luz. Vendrá también para ti el Señor, vendrá como ayuda cuando llegue el sufrimiento, como fuerza cuando hay que levantarse.

No moriré sin haber visto la ofensiva de Dios, la ofensiva del bien, la ofensiva de la luz que está ya en acción en todas partes, la ofensiva de la levadura. Después Simeón canta: he visto la luz preparada para todos. Pero, ¿cuál luz emana de Jesús, de este pequeño hijo de la tierra que solo sabe llorar, amamantarse y sonreír ante los abrazos?

Simeón ha descubierto lo esencial: la luz de Dios es Jesús, luz encarnada, carne iluminada, historia fecundada, amor en todo amor.

La salvación no es una obra particular, sino Dios que ha venido, se deja abrazar por el hombre, y es quien ahora mezcla su vida con nuestras vidas y nada las podrá ya nunca separar. Entonces volvieron a casa. Y el Niño crecía, y la gracia de Dios estaba con él.

Volvieron a la santidad, a la profecía y al magisterio de la familia, que son antes que los del templo. A la familia que es santa porque la vida y el amor le celebran fiesta y la hacen la más viva figura y manifestación del infinito.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!


Por Pbro. Carlos Sandoval Rangel

La persona humana, además de su valor único e irrepetible, fue pensada en clave de familia. Desde el origen, Dios formó al hombre y a la mujer con el fin de que la riqueza y la belleza femenina y masculina, en su complementariedad, expresen de manera plena la grandeza y el encanto del ser humano. Sobre esta esencial complementariedad quedó fundamentada la familia como espacio vital de pertenencia amorosa, de formación y realización de cada persona. Así, desde el origen, la familia es el camino imprescindible para el bien ser de la humanidad.

Y aunque el pecado no destruyó la naturaleza de la familia, sin embargo, sí la manchó y la debilitó; de ahí que, en su plan salvífico, Dios dispuso que dicha salvación iniciara precisamente en el seno de una familia, la familia de Nazaret.

La redención iniciada desde la familia de Nazaret, queda patente no sólo por el hecho de que en ella nació Jesús, sino también en la manera como ellos conjugaron la vida de la fe con la vida cotidiana y con su proyección social.

En el seno familiar, Jesús, por ejemplo, sin perder ni hacer menos su divinidad, aprendió un oficio con el cual se ganaba el sustento. Así nos enseña que en el trabajo hecho con dignidad también santificamos la vida cotidiana y se sirve a los demás.

Jesús aprendió en su familia a relacionar la grandeza del Reino de los cielos con los quehaceres domésticos. Imaginemos aquel niño preguntando a su madre: ¿Por qué le pones levadura a la masa? ¿Por qué no remiendas el vestido viejo con una tela nueva? O, igual, ¿Papá, por qué no usas los odres viejos para guardar el vino nuevo? Desde estas prácticas y otras, Jesús nos explicaría más delante los misterios del Reino de los cielos. Por tanto, la educación más alta y sagrada siempre se recibe en el seno familiar. Por algo el Papa Juan Pablo II nunca se cansó de decir que el papel de la familia es insustituible.

Hoy, que somos conscientes de la situación difícil que está viviendo la familia, urge, como dijo Pablo VI, que las familiar acudan a la escuela de Nazaret. “La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura…” (Juan Pablo II, carta a las familias). Por eso urge que Jesús, José y María nos muestren lo que significa hacer de la familia una escuela de alto humanismo y de fe clara y firme. Ellos nos enseñaron lo esencial que es que la familia esté cimentada en los principios con que Dios la creó y la manera como Cristo la redimensionó a partir de la redención.

El deterioro de la familia lo vemos concretizado de muchas maneras. Unas de las más destacadas son las múltiples formas de disolución del matrimonio, el «matrimonio a prueba» y hemos llegado hasta el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo. Como señala Benedicto XVI, son expresiones y consecuencias de una libertad anárquica que se presenta erróneamente como auténtica liberación del hombre. Una pseudo-libertad, así, se basa en la banalización del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalización del hombre. ¡Por Dios, no nos sigamos atreviendo! Está más que comprobado que todo atentado contra la familia es un atentado contra las personas concretas y contra la humanidad.

El Papa Francisco, en Amoris Laetitia, nos regala unos matices muy especiales respecto a la familia. Por una parte nos pide una atención misericordiosa para quienes por diversas circunstancias viven en una familia diferente. No tenemos por qué juzgar, al contrario, debemos ver con amor a quienes, después de un gran esfuerzo, no lograron mantener su matrimonio. Ni podemos enjuiciar a quienes no tienen la posibilidad del sacramento o a quienes son madres o padres solteros, sobre todo cuando, en ambos casos, viven comprometidos para educar responsablemente a sus hijos.

Desde luego, lo anterior no puede verse como ideal; al contrario, más allá de las situaciones especiales, el Papa resalta la belleza de la familia y deja en claro que formar una familia significa ser parte del sueño de Dios, pues la familia construye la humanidad y hace posible que nadie se sienta solo. La familia es el ámbito del amor que nos hace sentir que pertenecemos. Los esposos son “el recuerdo permanente para la Iglesia de lo que acaeció en la Cruz; son uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el sacramento les hace participes” (n. 72).

Si la familia de Nazaret fue la escuela donde se inició la vida de Jesús, es decir, fue la escuela del Evangelio… porque ahí todo era importante, lo mismo debe suceder en todo hogar, si es que de verdad se quiere educar para la vida. Jesús, María y José nos enseñan que el amor, el respeto, el estudio, la convivencia, el trabajo, el silencio y cada elemento por ordinario que parezca, son algo fundamental para la familia y, desde ahí, para la humanidad.

Que resurja la familia, bajo el ejemplo de Jesús, José y María. ¡Que ellos sean las estrellas de nuestra esperanza, que sean la luz que ilumine a las familias!


Por Las Servidoras de la Palabra

Escuchando una conversación entre dos mujeres una de ellas embarazada decía: <<Estoy esperando otra niña>>  “¡otra niña! ¡tienes que tenerles más cuidados y sufren más!”.

En otra ocasión escuche a una mujer que le detectaron un tumor en la matriz, después del diagnostico el ginecólogo le comento: “Pobres de ustedes las mujeres, sufren desde que nacen”.

Bueno, que las niñas requieran mayores cuidados es verdad, que sufran es inevitable toda persona pasa por el sufrimiento desde que nace hasta que muere, es la realidad más cercana al ser humano independientemente del sexo.

¿Por que hay gente que piensa que las mujeres somos más sufridas?

Es verdad que la mujer ha sido pensada como un ser más delicado y todo lo que es delicado requiere mayor cuidado: ya desde el arreglo personal la mujer requiere de mayor tiempo, en la educación y formación también requiere de más dedicación e incluso que se le hable de modo y tono diferente.
Lo anterior se debe a que la mujer tiene una naturaleza, ser, origen y fin específicamente femeninos, además de las particularidades que de manera individual manifiesta cada mujer.

Es necesario tener claras las cualidades especificas del ser femenino que no deben entenderse sólo desde el punto de vista biológico y anatómico sino también desde el aspecto espiritual y racional: más inclinada a la piedad, a las manifestaciones religiosas; tendiente a la caridad, comprensiva, afectiva y emotiva.

Pues en general hay un modo específicamente femenino de concebir el mundo.

Ser mujer implica tener una vocación y misión especifica en el mundo con todas nuestras cualidades y limitaciones.

El libro del Génesis dice: <<No es bueno que el hombre este sólo… le daré una compañera>> (Gn 2, 18), más adelante San Pablo afirmará: <<Sin embargo, en la vida cristiana ni el hombre existe sin la mujer, ni la mujer sin el hombre>> (1Co 11, 11).

Tales expresiones bíblicas nos ayudan a comprender que ser mujer es también una maravilla con todos nuestros altibajos emocionales, con todos los cambios físicos, psicológicos y hormonales que podamos padecer en breves periodos.

Pues  nuestro llamado es a ser compañeras, perfeccionar lo hay en nuestras manos, tratar con delicadeza nuestro entorno e incluso a la unión física con el hombre para continuar la generación humana: maternidad y en esas funciones podemos alcanzar realización y plenitud.

Cuanto más vivimos de acuerdo a nuestro ser femenino más alegría experimentaremos; alegría entendida como el entusiasmo natural para cumplir con nuestros deberes y superar las dificultades que cada día nos aquejan.

En la historia no faltan ejemplos de  mujeres que han asumido este gran reto de vivir con toda feminidad una misión especifica en su tiempo y a si han marcado e influido en  la historia.


Por Pbro. Dante Gabriel Jiménez Muñoz-Ledo


Escuchamos a Lucas describir con toda precisión el momento histórico en que Dios interviene en la historia humana: cuando se promulgó el censo de Cesar Augusto y Quirino era gobernador de Siria; y la manera en que Dios nace: en la contingencia de un viaje, en la precariedad de las necesidades básicas de una familia, envuelto en pañales y puesto en un pesebre.

Jesús nace en nuestra condición humana. Este es el gran misterio a vivir, el hombre no necesita otro camino que su misma condición para ser salvado. Dios no se equivocó desde la creación del mundo y del hombre, tampoco se equivocó en una noche como hoy, al asumir nuestra condición humana. Su proyecto de amor por nosotros sigue vigente, este es uno de los contenidos al que nos acercamos esta noche: constatar una vez más que Dios viene a salvarnos desde nuestra pobreza, desde nuestra necesidad de Él, en la realidad de nuestra condición humana.

Cuando el mundo espera la salvación, que venga de arriba, de afuera o –como se escucha en estos momentos de nuestro desarrollo– desde el solo avance tecnológico, Dios nos remite una vez más a la condición de nuestra humanidad, a la esencia de nuestro ser de humanos: seres en relación y en diálogo de amor con Él, que es principio de toda vida y de eternidad.

Nos acercamos esta Noche Santa al nuevo pesebre de Belén, desde la situación histórica de nuestra vida familiar, en el lugar de familia, en casa, para volver a creer en la persona humana, por más que a veces nos hemos defraudado mutuamente, o hemos descubierto a un humano tan fuera de sí, generando tanta violencia, que parece haberse vuelto lobo para el mismo hombre. Queremos apostar a nuestra condición humana, porque es desde esta condición nuestra que Dios nos salva.
Sigamos estas tres ideas…

1- Retomemos nuestro signo imperial

 Al igual que en el anuncio de Isaías, desde nuestra condición humana llevamos sobre los hombros un signo reflejo de Jesús: “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la paz”. ¿Cuál es el nuestro? ¿Con qué signo aportamos para reencontrar el valor que el Creador dio a nuestra humanidad?
En este signo que hoy podemos descubrir en la intimidad de nuestra oración y de nuestra donación a Dios, pervive el contenido de lo esencial humano.

2- Manifestemos la gracia que define

 Si la gracia de Dios se ha manifestado, nosotros podemos contribuir a que el favor de Dios se haga visible. Cuando al mundo le faltan definiciones para entenderse y para continuar, podemos ser maestros de conducta humana ante Dios, purificando nuestra propia vida y haciendo patente que la vida de religión es el único camino para salir al encuentro con Dios.

3- Apostemos una vez más a la persona humana

 Entrando en su universo, entrando en su historia, como lo hizo Dios en María. Hay que apostar a la persona humana desde la paradoja del desarme, de la pobreza. Esta es la imagen que contemplamos en el pesebre: que Dios salva desde abajo, aquí estorba toda soberbia, o pretensión de dominio. Dios quiere salvar así, desde los marginados.
Nosotros podemos recoger el reflejo luminoso del Niño en cada ser humano, porque cada uno hemos sido hechos por Él, llevamos las huellas de su hechura; quizás esta sea una buena tarea en Navidad, encontrar en nuestra condición frágil y dependiente del amor de Dios, al hombre y a la familia que Dios quiere amar y salvar.


Por Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Cuarto domingo de adviento

Estamos a la puerta de la navidad y hoy la liturgia nos pone por delante a María Santísima. Ella nos inspira y guía para entender y entrar al misterio que se nos revela en el pesebre.

La figura de María, de manera breve, profunda y sustanciosa, queda revelada en el evangelio en tres momentos:

Primero, desde las circunstancia del mundo, donde se describe como “una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María”. Se trata de una visión meramente histórica, así la ubicaban en su pueblo de Nazaret. Descripción que pareciera sin mayor relevancia. Pero no es así, pues Dios siempre nos busca para estar con nosotros en las circunstancias precisas que vivimos.

Pero en María, se vuelve aún más relevante el modo como Dios la define a través del Ángel: “Llena de gracia”. Dice el evangelio que entró el Ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. ¿Por qué llena de gracia?  Nos explica Juan Pablo II: porque en su alma “se ha manifestado, en cierto sentido, toda la gloria de su gracia, aquella con la que el Padre nos agració en el Amado” (Redemptoris Mater n. 8). El Ángel no la llama con el nombre civil, María, sino con el nombre con que Dios la identifica y nos la presenta: “Llena de gracia”. Sigue explicando el Papa: Gracia, significa un don especial que, según el Nuevo Testamento, tiene la propia fuente en la vida Trinitaria de Dios mismo, de Dios que es amor (Cfr. 1 Jn. 4, 8)” (Ibidem). Es participar en la vida sobrenatural, para ser germen de santidad, para ser fuente de donde surge el don mismo de Dios. Dios desde toda la eternidad la eligió y la preparó como Madre, para que por su medio, su Unigénito tomara carne y habitara entre nosotros.

Esta grandeza de María queda reconocida en el Nuevo Testamento, por eso Isabel no duda en decirle: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a verme?” (Lc. 1, 42). Por eso la obediencia que el mismo Jesús le rinde en las bodas de Caná, cuando se acabó el vino y ella solicita a su Hijo que les ayude. Por eso la exclamación de aquella mujer que le gritó a Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”. Pero igual, toda la historia del caminar de la Iglesia está marcada por el gran reconocimiento de María como la aurora de salvación, como la puerta del cielo, como el arca de la alianza, refugio de los pecadores y tantos modos más de reconocerle su aportación directa a la salvación.

Pero la grandeza de María no se queda sólo en el modo como Dios la define, sino también en el modo como ella se autodefine: “Yo soy la esclava del Señor”. De este modo, ella ya estaba dando cumplimiento al evangelio de su Hijo, no solo por ser partícipe de la redención al ser preservada de pecado, sino también porque ella, como efecto de esa redención, de inmediato empieza a vivir el evangelio. Si Jesús más tarde enseñaría: “El que quiera ser el más grande en el Reino de los cielos, que sea el servidor de todos”, María, desde que el Ángel le anuncia que será la Madre del Salvador, ya se define como la esclava del Señor, la servidora de todos, por eso nunca ha dejado de ofrecernos su servicio de amor.

Como dice San Bernardo: “Dentro de lo asombrosa que resulta la acción de Dios entre los hombres, que quiere confiar la salvación a nuestra libre respuesta, entendemos que para ello elija a una persona tan singular”. Hace más de dos mil años Dios eligió a María, pero hoy nos elige a nosotros. Eligió a la “llena de gracia” y eso fue un hecho asombroso. Hoy es más asombroso porque nos elige a pesar de que somos pecadores.

María decidió vivir para agradar a Dios y servir a la humanidad, por eso, se autodefinió como “la esclava”. ¿Nosotros qué elegimos? De nuestra respuesta depende lo grande y bella que será esta navidad.

¡María Santísima, con tu sí al Ángel, te convertiste en la estrella de la nueva esperanza! Ahora, con tu dulcísimo encanto, toca nuestro corazón y ábrelo al amor de tu Hijo, que quiere nacer en nosotros.
l



Por Fray Arturo Ríos Lara, ofm.
Guardián del Templo de San Francisco de Asís
en Celaya, Gto.


¡Buen día, gente buena!

IV Domingo de Adviento B

Lucas 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.» Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó.
Palabra del Señor.

 Bueno o no, cada uno de nosotros es “amado-por-siempre”. Como si fuera una toma de película, el relato del Evangelio parte del infinito del cielo y reduce progresivamente el campo, como en una larga travesía hasta enfocar un caserío, una casa, una jovencita. En medio, siete nombres propios: Gabriel, Dios, Galilea, Nazaret, José, David, María. El número siete indica la totalidad de la vida, el ritmo incansable de la vida, y es ahí donde Dios viene. En un sexto mes marcado en el calendario de la vida, el sexto mes de una vida nueva dentro de Isabel.

El cristianismo no tiene su comienzo en el templo sino en una casa. A la gran ciudad, Dios prefiere una aldea polvorienta, nunca nombrada antes en la Biblia; a las liturgias solemnes de los sacerdotes, prefiere el cada día de una jovencita adolescente.

Dios entra en el mundo desde abajo y escoge la vida de la periferia. Un día cualquiera, en un lugar cualquiera, una joven mujer cualquiera: el primer anuncio de gracia del Evangelio es dado en la normalidad de una casa. Algo colosal sucede en el cotidiano, sin testigos, lejos de las luces y de las liturgias solemnes del templo.

En el diálogo, el ángel habla tres veces, con tres palabras absolutas: “alégrate”, “no temas”, “vendrá la Vida”. Palabras que llegan a la profundidad de toda existencia humana. María responde entregándonos el arte de la escucha, del estupor lleno de preguntas., y de la aceptación. Alegría es la primera palabra. Y no un saludo respetuoso, sino casi una orden, un imperativo: “alégrate, exulta, se feliz”.

Palabra en la que vibra un perfume, un sabor bueno y raro que todos buscamos, todos los días: la alegría. El ángel no dice: reza, arrodíllate, haz esto o aquello. Sino simplemente: ábrete a la alegría, como una puerta se abre al sol. Dios se acerca y trae una caricia, Dios viene y aprieta en un abrazo, viene y trae una promesa de felicidad.

Eres llena de gracia. Eres llena de Dios, Dios se ha inclinado sobre ti, se te ha dado y te ha llenado de luz. Ahora tienes un nombre nuevo: Amada-por-siempre.Con ternura, y libertad, amada sin remilgos. Ese nombre suyo es también el nuestro: buenos y menos buenos, cada uno amado-po-siempre.

Pequeños y grandes, cada uno lleno de cielo. Como María que es “llena de gracia” no porque ha respondido “si” a Dios, sino porque Dios antes le ha dicho “si”. Y dice “si” a cada uno de nosotros antes de cualquier respuesta nuestra. Para que la gracia sea gracia y no mérito o cálculo. Dios no se merece, se recibe.

Dios busca madres, y nosotros, como madres amorosas, como fragmentos de cosmos acogedores, ayudaremos al Señor a encarnarse y a habitar este mundo, haciéndonos cargo de su palabra, de sus sueños, de su Evangelio entre nosotros.

¡Feliz Domingo!
¡Paz y Bien!

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