Para muchos fieles de la Diócesis de Celaya, hablar del Padre José Margarito Ceballos Vázquez es recordar homilías dichas con vehemencia, con voz fuerte y ronca y con mucho real sentimiento y emoción.

Es recordar a un confesor con palabras recias para el pecador que no se arrepiente, buscando hacerle conciencia de sus pecados y de lsa ofensas cometidas contra Dios, y de palabras de consuelo para el pecador que se arrepiente, reiterándole lo grande de la misericordia de Dios y el amor que el Señor tiene para con sus hijos.


Al cumplir en este 2012, el 30 de agosto, 53 años de vida sacerdotal, era obligado entrevistarlo. No costó mucho trabajo. Sus palabras fluyen,, los recuerdos se agolpan en su memoria y a sus 79 años de edad pareciera estar viendo pasar con nitidez y claridad las escenas que componen toda una vida dedicada a Dios y al prójimo.

No puede quitarse de encima, para quienes lo vemos y lo hemos conocido de cerca, la sencillez que le viene de sus raices familiares.

José Margarito fue el cuarto de los 11 hermanos nacidos del matrimonio de Don Leonardo Ceballos Cervantes y de Doña María de Jesús Vázquez Rivera, quienes ya gozan de de Dios y que eran originarios del municipio de Abasolo, a unos pocos minutos de la ciudad de Irapuato, rumbo a Pénjamo y a La Piedad, Michoacán.

Hace 13 y 9 años respectivamente, dice el padre Margarito, a quien cariñosamente así llamamos desde hace muchos años, entraron ellos a la Casa del Padre. Siempre los tuvo junto a él en sus años de ancianidad hasta que el Señor los llamó a su presencia, cuando estuvo en la Parroquia Inmaculada Concepción, en la ciudad de Villagrán, Guanajuato.

Fuimos una familia numerosa, reconoce el sacerdote diocesano. Empieza a pasar lista: Catalina, María del Socorro, finada. María Leonor, finada. José Margarito, María de Jesús, Jorge. Daniel, María Dolores, María del Carmen, Luz Maria y Salomón.

Abasolo, Guanajuato, a principios del Siglo XX, lugar
de origen del Padre José Margarito Ceballos Vázquez.
Creció en un ambiente de piedad. Mi papá fue un administrador de una hacienda muy grande, pero nunca faltaba a la Santa Misa del domingo. Recuerdo que mi mamá le decía: "Oye, dinos que dijo el Padre en Misa", y mi papá nos llevaba la hojita del domingo, donde venía la Palabra de Dios y nos explicaba el Evangelio del día.

Mis padres fueron personas muy piadosas. En la casa se rezaba el rosario y recuerdo, cita el Padre Margarito, que de niños mi mamá nos llamaba de uno por uno. Ella en su silla, y nos ponía todos los días y de rodillas a rezar un Padre Nuestro, tres Ave Marías y la oración que toda madre enseña a sus hijos: "Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día".

Sobre el cómo se dio el llamado a la vocación, que fue lo que activó el encaminarse a la formación sacerdotal, tiene una explicación que se asemeja mucho a la de otros sacerdotes de nuestra diócesis: Fui acólito, responde.

¿Cómo me fui al Seminario? Responde rápido y empieza a hablar con ese tono de emoción que ya le reconocemos cuando habla de las cosas queridas, de los recuerdos amados y nostálgicos. Habla con respeto de quien le acompañó en esos momentos de su vida. Pareciera que está en el instante mismo en que los vivió.

Fui del grupo de acólitos de mi pueblo, explica. Era en ese entonces mi párroco, allá en Abasolo, el padre Ramón López Lara. Fue un hombre de intensa piedad eucarística y siempre lo veia haciendo oraciòn ante el santísimo.

Cierra los ojos. Pareciera estar viendo al padre López Lara de rodillas, frente al sagrario, frente al Santísimo Sacramento del altar: "Cuando se ponía a orar, parecía una estatua. Estaba inmóvil. Concentrado". Narra el padre Margarito que admiraba también mucho al Señor Cura por sus homilías, sencillas pero profundas y recuerda que este buen sacerdote, para el bien de sus fieles y la formación humana y cristiana de ellos fundó una pequeña escuela parroquial auxiliado por su vicario, el Padre Guadalupe Patiño, quien fuera condiscípulo de quien fuera posteriormente Arzobispo de Morelia, Mons. Estanislao Alcaraz y del padre Don Manuel Pérez Gil, reconocidos en la historia de la Iglesia diocesana de Morelia.

Fueron estas cosas las que empezaron a mover en el interior del entonces jovencito José Margarito el deseo y el discernimiento a la vocación sacerdotal. Nos daba clase el Señor Cura y su Vicario, recuerda y fue entonces que me conmovió, por todo lo que he dicho, la figura del Señor Cura y fue lo que me hizo pensar.

Sigue y dice con emoción: Es donde vi la encarnación de Cristo en un hombre. Su modo de mucha caridad para con la gente. Era un hombre muy amable. Mostraba, plasmaba los rasgos del pastor fuera de serie.

Nuevamente, el Padre Margarito cierra los ojos. Pinta a detalle la escena en donde ve que en su natal Abasolo había dos centros de vicio y el párroco López Lara, acompañado de una persona minusválida, de nombre Carlos Lara, salían por las noches en dirección de dichos tugurios, no para sumarse a la clientela, sino para sacar a cuanto personaje encontrara en esos lugares y mandarlos a sus casas.

Pero no solo eso. Al Padre López Lara le fluía la imaginación, y a semejanza de los primeros misioneros que recorrieron las México y las tierras de la Arquidiócesis de Morelia, escribía sus propios dramas teatrales y con ello catequizaba a la gente. No olvida el Padre Ceballos Vázquez que su párroco formó un equipo de gentes que se destacaron en el arte dramático.

Fue esta gracia externa del Padre López Lara lo que me hizo pensar en el sacerdocio.

Fue así como llegó el momento de darles a sus padres la noticia. Cuando les comunqué que me iba al Seminario, nos cuenta, como que no vi mucho entusiasmo, pero mi mama era muy respetuosa. Me dieron la bendicion, y dejaron que Dios hiciera el resto.

De ahí, sólo una vez me visitaron en el Seminario, precisamente cuando estaba yo en segundo de Latín, recuerda con precisión y nostalgia.

Fuí alumno fundador de la Escuela Apostólica Santa María de Guadalupe, que se ubicó en Salamanca, Guanajuato. Corrían los años cuarentas. Esta escuela fue fundada por Mons. Luis María Altamirano y Bulnes, Arzobispo de Morelia de 1941 a 1970. Este centro fue un lugar para recibir a los aspirantes al Seminario de Morelia en la zona del Bajío. Se envió como director al Padre David Gómez y como subdirector al padre Jesús Murillo Díaz, recién llegado del Seminario de Montezuma.

Montezuma era un seminario localizado en los Estados Unidos, cerca de nuestra frontera, donde fueron enviados seminaristas mexicanos en tiempos de la persecución cristera.

De esta escuela apostólica en Salamanca pasamos al Seminario de Morelia. Era diciembre de 1947, cuando el Padre Margarito tenía 15 años de edad.

Recuerdo que en ese entonces entramos cerca de 100 estudiantes al Seminario y el grupo se fue conservando. Cuando llegamos a primero de filosofía todavía eramos un grupo muy numeroso, cerca de 60, siendo vicerrector en ese entonces el padre Antonio Álvarez.

La Arquidiócesis de Morelia, de gran tradición en la formación de muchísimos sacerdotes en la historia de la Iglesia en México y de muchos obispos y arzobispos que ha dado a la Iglesia Católica tenía una característica que el mismo Padre Margarito expone: Se nos enseñaba mucho sobre la obediencia y entender y hacer nuestro que el superior, en este caso los padres formadores, el rector, eran imagen de la voluntad de Dios.

Esto respondía mucho al concepto de Santo Tomás de Aquino en cuanto a la obediencia: es la obediencia el abandono de la propia voluntad en manos del superior y al principio paulino de que toda autoridad, viene de Dios.

Es así que se formó en los sacerdotes de la Arquidiócesis de Morelia un concepto fundamental que es propio de la disciplina en la Iglesia. Se nos reiteraba constantemente que el clero de Morelia debía distinguirse por su obediencia. No dejaba de recordársenos y poner de ejemplo la actitud de obediencia del mismo Cristo y sus palabras en Getsemaní: Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya.

Mons. Manuel Pérez Gil,
quien le dijo al entonces seminarista
Ceballos Vázquez:
Tu no eres estrella fugaz.
Hubo un aparente momento de crisis vocacional en el camino de formación de quien llegaría a ser el Padre Margarito. Explicó que empezó a ver que de aquel nutrido grupo de 100 seminaristas, la cifra empezó a disminuir.

Comencé a darme cuenta que los mejores, los compañeros de más calidad empezaban a desertar. Recuerdo, narra a detalle, que me acerqué al Padre Manuel Pérez Gil, director espiritual y quien llegaría a ser con el tiempo primer Obispo de Mexicali y luego Arzobispo de Tlanepantla, y le dije: "Ya me voy, los mejores ya se estàn saliendo".

Sentado frente al escritorio donde se desarrolla nuestra entrevista, el padre Margarito clava la mirada fijamente hacia el mueble en cuestión y pinta la escena.

Al final, el padre Pérez Gil me dijo -cuenta-: Tú no eres estrella fugaz.

Pascual Ortiz Rubio.
Luego, como para animarme, saca una caja de galletas, de esas de Surtido Rico. Me la pone enfrente y sin esperar más, el entonces jovencito José Margarito se emociona y dice al padre Pérez Gil: "¿Todas?"

La respuesta parece sacar de balance a un desprevenido padre director espiritual que solamente contesta: "Ándale pues".

Como detalle interesante y sólo para pintar de quién se trataba el Padre Pérez Gil, el Padre Margarito señaló que había sido sobrino de un expresidente de la República, de Don Pascual Ortiz Rubio, un hombre bueno que fue fastidiado durante su corta estancia en la primera magistratura por el iniciador de la persecución contra la Iglesia, Plutarco Elías Calles.

Los padres formadores en el Seminario, siempre deben ser de lo más selecto de la diócesis.

Al entrar al tema de quiénes fueron sus formadores en el Seminario de Morelia, el padre Margarito hace patente una memoria fotográfica y un recuerdo con cariño, nostalgia, cariño y respeto.

Mons. Jesús Tirado Pedraza
En Morelia, explica el presbítero, era un equipo de maestros sacerdotes que he considerado como lo maximo. Ya desde ese entonces, la Iglesia  marcaba que el equipo formador fuera integrado por lo mas selecto del clero de la diocesis.

Fue una gracia tremenda para nosotros. ¿Quiénes integraban este equipo formador de aquel entonces?

Don Jesus Tirado Pedraza era el rector y quien con el paso del tiempo se convertiría en Obispo Auxiliar de Morelia y luego primer Obispo de la Diócesis de Ciudad Victoria, Tamaulipas y al final, Arzobispo de Monterrey, tocándole el honor de ser el encargado de recibir y ser visitado en ese tiempo por el Beato Juan Pablo II, Papa.

Luego, como vice-rector, el Padre Don Antonio Álvarez, hombre que amaba con pasión al Seminario. Hombre inteligente y sabio y que era muy callado.

El multicitado sacerdote Don Manuel Pérez Gil y González, maestro formador que nos daba clase de castellano, geografìa y luego director espiritual. El padre Manuel Castro Ruiz, quien daba clase de Matemáticas y director espiritual, quien después se convertiría en Arzobispo de Yucatán.

Mons. Manuel Castro Ruiz, uno de los
maestros del Padre Margarito.
Entre estos formadores se encontraba también alguien muy amado y querido por la diócesis de Celaya y quien entonces fuera el padre Don Victorino Alvarez Tena, ecónomo del seminario, originario de Puruándiro, Michoacán y quien dio clase de latín al ahora padre Margarito.

 Con el tiempo, este maestro se convertiría en el primer Obispo de la Diócesis de Apatzingán y luego primer Obispo de la Diócesis de Celaya.

También fue de ese equipo de formadores el padre Nicanor Escobedo, quien tenía como ascendente genealógico en línea recta a Tangáxoan Tzíntzicha o Tangáxoan II, último rey purépecha y quien pidió a Hernán Cortés le cediese a uno de Los Doce, llamados así los primeros doce franciscanos enviados por la Iglesia Católica a México para evangelizar nuestro paísprimer franciscano a las tierras de Michoacán. Este sacerdote nos daba clase de filosofía.

Otro de mis maestros lo fue el ahora Mons. Luis Muñoz Ledo Cabrera. El nos daba clase de latìn y fìsica. El padre Muñoz Ledo pasaría a ser con el tiempo segundo vicario general de la Diócesis de Celaya y ahora rector del Templo de la Preciosa Sangre, en Apaseo el Grande, Guanajuato. Mons. Muñoz Ledo fue también egresado del Seminario de Montezuma.

En sus anécdotas, el Padre Margarito recuerda que Mons. Muñoz dijo esto: "El día que cumpla la edad canonica -75 años de edad- voy a poner mi renuncia para dar buen ejemplo al clero". Y efectivamente, cumplió lo dicho.

Otro maestro lu fue el Padre Eliseo Albor. Nos daba clase de Teología Dogmática.

Ejecución de Tangáxoan II. Mural
de O´Gorman.
También fue mi maestro, sigue narrando nuestro entrevistado, Don Juan Pierres, sacerdote que habia egresado de Roma con doctorados en Teología, Filosofía, Derecho Canónico y Sagrada Escritura. Fundador de las peregrinaciones a pie al Tepeyac en la Arquidiócesis de Morelia y en el Bajío. El padre Pierres nos daba, en otro curso, Teología Dogmática.

Mons. Joaquín Campos nos daba clase de Álgebra y Trigonometrìa.

Aparece en escena otro gran personaje. Me dio clase de Historia de la Edad Media el Padre José Luz Ojeda, poeta y autor de libros, ya desaparecido y muy querido por los fieles y quien fuera sacerdote de nuestra Diócesis de Celaya,

La ordenación sacerdotal del Padre Margarito

Antes, explicó, para llegar al presbiterado se pasaba por una serie de etapas que en aquel entonces se denominaban órdenes menores. Recordó tener entre sus objetos personales una fotografía donde Mons. Don Salvador Martínez Silva me está haciendo la tonsura, un corte de pelo que se realizaba en la cabeza, en la parte de la llamada coronilla

Empieza a emocionarse el Padre Margarito y narra que en aquel entonces exhumaron los restos de Don Leopoldo Ruiz y Flores, quien había sido Arzobispo de Morelia. Este santo varón fue también fue el primer delegado apostólico de ortigen mexicano en México, tras la expulsión de Mons. Ernesto Philippi, nuncio apostólico y que colocara la primera piedra del Monumento a Cristo Rey en el cerro del Cubilete.

A este acto de exhumación acudieron obispos y arzobispos de varias partes del país, entre los los que se contó Mons. Fortino Gómez León, Arzobispo de Antequera-Oaxaca, tío de Mons. Pedro Gómez, y quien luego radicara como Arzobispo emérito en Celaya y pidió permiso de invitar a alumnos de teologia para incardinarse en Oaxaca.

Yo, con un grupo de compañeros, me emocioné y fui a ver al padre rector. me dijo: "En lo personal, primero haga la solicitud para diácono. Sírvale al arzobispado 5 años y luego se va a Oaxaca".

Mons. Salvador Martínez Silva.
 Me ordenaron y pasó al olvido el irme a Oaxaca. Con el tiempo, encontré a Don Fortino radicando en Celaya, ya como Arzobispo Emérito.

Cuando se llegó el tiempo de la ordenación, llevaba el peso del arzobispado S.E.R. Salvador Martínez Silva, Obispo Auxiliar y el fue quien me ordenó sacerdote hace 53 años. Sólo ordenó a cuatro: Al ahora Mons. Lauro Gómez Zamudio, actual vicario general de la Diócesis de Celaya. Jaime Hernández Alcalá, Javier Andaluz Aguilar y a José Margarito Ceballos Vázquez.

Fue una cosa impresionante, dice el padre. Me emocionó mucho.

Esta uno en el momento de la postración, haciendo oración, plantado totalmente en el suelo, boca abajo, y uno escucha a la Iglesia Peregrina pidiendo la intercesión de la Iglesia Triunfante por estos candidatos que son presentados al Obispo. Eso me motivó y me emocionó, recuerda entusiasmado.

Tras esto, me nombraron vicario cooperador de la Parroquia del Señor del Hospital, en Salamanca, Guanajuato. Cómo sería de grande esta parroquia que limitaba al norte con Guanajuato capital. Así de extensa era. Eran tiempos en que esa zona norte de la parroquia era boscosa y peligrosa porque había fieras, entre ellas, pumas. Mi primer párroco lo fue el Pbro. Luis Gonzaga Flores y duré sólo un año ahí.

Angangueo: "El congelador de
Michoacán".
Estando en esta parroquia, el Sr. Cura me llama y me dice que el Sr. Arzobispo desea que vaya de vicario coadjutor, con derecho a sucesión, a la Parroquia de Tzitzio, en Michoacan, ya que el párroco era una persona de edad.

Sin embargo, la falta de experiencia parroquial hizo que me enviaran a la Parroquia de Angangueo, poblado que le llamaban en aquel entonces "El congelador de Michoacán" por las bajas temperaturas que se llega a sentir en este lugar y ahí mi párroco fue el padre Javier Murillo Díaz. Con el duré tres años y medio. Luego lo nombrarían Abad y Párroco de la Basílica de Nuestra Señora de Pátzcuaro.

Posteriormente me enviaron a la Parroquia de Puruandiro. El párroco de ese lugar era el Padre Josè Garcidueñas Sánchez, monumento de virtudes, hombre ya entrado en años.

Se me indicó preparar el terreno para una nueva parroquia en la comunidad de Santa Clara, municipio de Puruándiro. Ahí construí la casa parroquial y el primer párroco lo fue otro sacerdote que perteneciera posteriormente al clero de la Diócesis de Celaya, el padre José Bautista Ponce, quien luego llegaría a ser párroco en la Parroquia La Resurrección y rector del Templo de Nuestra Señora de la Salud, ahora parroquia, en Celaya. Quienes lo recordamos, dijo el Padre Margarito, sabemos que era un hombre humilde y entregado al confesionario.

Nace el Centro Vocacional Campesino, en Puruándiro

Es en Puruándiro donde empiezo a vivir realidades con los fieles. Ahí me encontré con casos de miseria tremenda.

En un rancho llamado Huatajo, se dio una tragedia. Un pobre campesino no tenia que darle de comer a su esposa embarazada, a sus dos hijos y a su esposa embarazada y a la madre anciana, que vivía con ellos.

Ante esta situación, se le hizo fácil coger unos elotes ajenos de una parcela de otro campesino. Al encontrarlo este, le reclama el hecho, lo agrede y lo tira al suelo. Estando el pobre hombre tirado en el suelo, es rematado con un golpe de roca en la cabeza, muriendo poco después.

Ante este hecho, acudo a encontrarme con la familia y empiezo a hablarles de Dios, del amor que nos tiene y que Dios nos atiende y hace caso en nuestras desgracias y necesidades.

Noto que mientras les hablo, la vista de ellos no está puesta en mí, sino que se encuentra esta fija, mirando hacia el horizonte. Les llamo la atención y ellos mr miran. Recibo su respuesta como una bofetada, reconoce: "Padre, ¿como cree que a gentes como a nosotros nos va a hacer caso Dios?"

Son estas palabras y esta realidad las que me mueven a reflexionar y a ver muchas realidades. El efecto de la miseria es el conformismo.

Me doy cuenta de esto y entro en diálogo conmigo mismo y con mi Arzobispo. La gente en su pobreza ya no desea sólo palabras. Ya no debo sólo predicar palabras. Debo actuar. Me duele la miseria de la gente. Deseo buscar a los niños mas pobres y que tengan algún grado de inteligencia y despertar en ellos liderazgo, que busquen luchar contra la miseria.

Ante estas consideraciones y que son aceptadas por Mons. Luis María Altamirano y Bulnes, Arzobispo de Morelia y me puse a conseguir una casa vieja que proporcionó un caritativo médico.

Reuní a cerca de 60 criaturas. Los ranchos empezaron a aportar frijol. Un hermano benedictino, Benito Berber, quien esta actualmente en un monasterio en Acapulco me proporcionò material con carisma benedictino para realizar un proceso de formación en lo personal y a los chicos. Se trataba, explicó el Padre Margarito, dedicar tiempo a la oracion y otro tiempo al trabajo.

Sin embargo, empezaron a enfermarse los niños. La causa fueron situaciones de la desnutricion. Salimos avantes y nace así el Centro Vocacional Campesino. Esta casa que a su vez fue un centro de formación llegó a entregar a 25 alumnos al Seminario de Morelia. Otros, otros terminaron carreras profesionales, otros no llegaron a nada. Los menos, desviaron sus caminos, pero todos, al final, recibieron una formación cristiana y humana.

Interrogado sobre algunos personajes destacados egresados de este lugar, el padre Margarito nuevamente hace uso de una gran memoria y empieza a enumerar: Padre Antonio Meza, sacerdote párroco de san Francisco Angamacutiro.  Padre Salvador Corona, párroco de Villachoato, en Michoacán. Padre Serafin Elizarraraz, actual párroco en la Catedral de la Diócesis de Lázaro Cárdenas.

En Santa Clara estuve apoyando como vicario y luego quede de director del Centro Vocacional Campesino con nombramiento de rector del Santuario de Guadalupe, en Puruándiro.

En este Centro, la Arquidiócesis me proporcionó el auxilio de un seminarista mayor, entre ellos, el después sacerdote Padre Francisco Amaya, ya fallecido, quien fue luego Abad de la Basílica de Nuestra Señora de la Salud en Pátzcuaro.

Tras esta experiencia, me enviaron a fundar la ciudad de los niños a Celaya, pero presente algunas objeciones.

Supe que en esta zona se tenía el proyecto de fundar una parroquia en la comunidad de Teneria del Santuario y entonces presenta el Arzobispo el Edicto de Erección Canónica. Es así como me dan el nombramiento.
 Ya siendo el párroco, veo que la situacion economica del lugar era dificil. Además de las labores parroquiales, empecé a emitir un periodiquito que se llamaba el líder local. Compré una copiadora Gestetner, que en ese tiempo era lo máximo. Duré ocho años como párroco en este sitio. es en este sitio donde pasamos a formar parte dela Diócesis de Celaya. Por los datos, calculamos que el Padre Margarito arriba a Tenería del Santuario en 1970-1971 y tres años después, nace la Diócesis de Celaya.

Termino mi labor como párroco aquí, y, ya siendo Obispo Mons. Victorino Alvarez Tena, soy enviado a la Parroquia San Diego de Alcalá, en San Diego de la Unión, Guanajuato. Mi mamá enfermó y ello llevó a que durara poco tiempo en este lugar.

La parroquia de San Diego de la Unión tenía 145 ranchos para atender. De ahi, Mons. Álvarez Tena me envía como párroco a la Parroquia San Antonio de Padua, en la ciudad de Celaya, sustituyendo al ahora Mons. Antonio García Paredes, actual rector del Templo de La Piedad, y es este distinguido sacerdote, quien también llegaría a ser Párroco del Sagrario Catedral de Celaya, quien pasa a ser párroco en San Diego de la Unión, sustituyendo al Padre Margarito.

Ahi duré 8 años de sacerdote y se me asignó como vicario al ya fallecido Mons. Alberto Freire Casillas, quien tendría como último lugar de su labor ministerial la Parroquia La Asunción, en el barrio de El Zapote.

Decide  Mons. Alvarez Tena enviareme como párroco a la Parroquia Inmaculada Concepción, en Villagrán, Gto donde duré 16 años.

Pasan los años y el segundo obispo de la Diócesis de Celaya, Mons. Jesús Humberto Velázquez Garay, me envía como párroco a la Parroquia María Auxiliadora, en Empalme Escobedo, municipio de Comonfort donde pasé de cuatro a cinco años. Cumplo ahí mi edad canónica, 75 años de edad y entonces, el tercer obispo de Celaya, Mons. Lázaro Pérez Jiménez me envía al Templo de Los Remedios, en Comonfort para finalmente llegar al sitio en el que actualmente me encuentro, rector del Templo de María Auxiliadora, en la ciudad de Celaya.

El paso del Padre Margarito por las parroquias de Villagrán y Empalme Escobedo dejaron huella en los fieles. Signos de este paso fueron precisamente los trabajos en favor de la catequesis y el remozamiento de sus templos. Cuando el padre Ceballos Vázquez finalizo sus períodos en ambos lugares, dejó recuerdo y nostalgia por su persona en eso sitios, hechos que son reconocidos por personas como el actual párroco de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, Pbro. Jesús Rico Negrete, originario de Villagrán, Guanajuato, quien ve con afecto filial al Padre Margarito y que recibe recíprocamente el cariño paternal de nuestro querido sacerdote de Abasolo.

Parte final.

El Padre Margarito nos confiesa que la etapa más importante de su vida sacerdotal lo ha representado su paso por Puruándiro. Me puse como objetivo ver cada ocho dias acudir a visitar a Mons. Manuel Martín del Campo, Arzobispo de Morelia y lo tenía al pendiente de todo lo que sucedia en el centro vocacional y las consideraciones del entonces Gobernador del estado de Michoacán, Agustin Arriaga Rivera.

Eran tales sus detalles para conmigo, que me invitaba a sus giras de trabajo, asi como sus fiestas y ello llevó a apoyarme en la obra de atencion a los campesinos. Insistí mucho en las comunicaciones.
Cuando yo llegué todo estaba incomunicado. Pude ir viendo y viviendo que luego se construyó la carretera Cuitzeo-Puruándiro y luego de ahi a La Piedad. Ello ayudó mucho y en esos tiempos el lograr conectarnos al Bajío.

En Anguangueo, también pude vivir el encontrar encarnado en el pueblo el respeto al sacerdote. El Cristo en la tierra. Era esa calidad que habia.

Antes, explicó, no habia campanas en ese lugar, y se llamaba a Misa con cohetes.

Cierra otra vez los ojos, se lleva la mano a la frente. Se recarga en el escritorio que sirve de testigo mudo a la entrevista y empieza a repetir un canto que le viene a la memoria y que se entonaba, al parecer, a la llegada del sacerdote:

Jerusalen dichosa, ya viene el Salvador. Salgamos a su encuentro con cánticos de amor.

 Sigue narrando: Llegaba el sacerdote, visitaba al Santisimo. Luego, confesiones, la Santa Misa y predicacion. La gente no se iba hasta que salía el sacerdote.

Viene a su mente nuevamente el Seminario y recuerda las palabras de Don Manuel Castro Ruiz, quien era en ese entonces Director Espíritual: El padre director nos insitia mucho: sacerdos alter Christus (El sacerdote, otro Cristo). Me acuerdo que en la entrada de las capilla, allá en Morelia, habían dos cuadros en ceramica que decian esto.

Se cierra la entrevista. Se levanta de la silla donde nos habló de parte de su vida. ya los años pesan. Lo conocí sin bastón. Ahora trae uno, pero eso no le quita agilidad, le acompaño hasta la puerta y se le nota contento, diría yo, feliz.

Nos despedimos. Nos abrazamos con afecto entre fraterno, entre filial de mi parte y paternal de su parte y me viene a la mente lo último que me dijo en la entrevista y que en este instante me emociona el corazón:

El sacerdote debe tener siempre presente lo que es...